domingo, 2 de julio de 2017

Pobreza, revolución y el capital. La startup-ización y el cuentapropismo digital

I.
Hace ya unos años Naomí Klein expuso los experimentos de la doctrina del shock de Milton Freideman para domar o desestabilizar gobiernos e imponer las políticas de ajuste, eufemismo de la creación de pobreza. Implementadas de distinta forma según los países, las circunstancias y los tiempos. El shock que anuncia, produce o amenaza un desastre. Se funda en el olvido y el miedo. El terror paraliza, elimina la memoria y genera nuevos sujetos obedientes. También induce a consentir la pobreza con otro nombre o con la ilusión de escapar de ella.
Algo de esto parece ocurrir con las nuevas clases medias (en realidad, cuasi-medias), que por su misma denominación ocultan el papel de dominados o de sujetos de una nueva pobreza. Paradójicamente  una pobreza consumista. En su mayoría en el borde, según los parámetros de medición. Ya que es una obviedad repetir que la pobreza es un estado relativo. Para un pobre que realiza servicios, un teléfono móvil es parte de sus medios de sobrevivencia. O, una motocicleta. Más aun, un automóvil.  
Por eso mismo las estrategias de dominación y las promesas cambian, y el cambio mismo es una promesa. Convincente, porque satisface un anhelo. Quizá  individualmente, en cada individuo singular, el más común.
Una manera oculta de escapar a la pobreza. Que opera siempre como una amenaza, velada por una promesa. Cambiar la situación de “desventajado”, diría Rawls. Obtener “logros”, diría Amartya Sen.

Ahora aparece la amenaza nueva, y no descabellada, del desplazamiento por medio de la robótica y las nuevas tecnologías, que pueden dejar millones de desempleados. No solamente en el ámbito de lo que usualmente llamamos industria. También en el agro que, como ya lo anunciara Marx es una industria, y ahora llamamos agro-industria. Donde, además de la incorporación de la robótica en la maquinaria, la biotecnología (con todas sus contradicciones ecológicas) ha desplazado al clásico campesino agricultor o ganadero.
Así lo afirman algunos estudios y algunos propios tecno-pesimistas que lo consideran un mal necesario. (Acá habría que agregar la financierización y la integración de los procesos agrícolas y ganaderos y, más aun, los energéticos).

Los tecno-optimistas sostienen que la destrucción de empleo en algunos sectores, los genera en otros. Con la condición de adaptabilidad. Para lo cual, dicen, hay que implementar políticas público-privadas de educación. Donde lo privado se come el asado y lo público se queda con el humo. Lo que denominan educación dual. Preparar para las nuevas tecnologías: El Estado pone los fondos, las empresas las “residencias”, eufemismo de trabajadores baratos y sin legislación laboral.
Y esto debería funcionar como esperanza de empleo para las nuevas camadas. A través, sobre todo, de los innovadores y emprendedores, con el paradigma del Silicon Valley, donde cualquiera puede ser Bill Gates. Que ahora se replica en Shenzem, China, y en otros lugares.
Para eso está la Ley de emprendedores. Y el que no es emprendedor se embroma.
Los capitales “ángeles” ponen un dinerito, cuando son empresas (las grandes cadenas de valor global) se llaman “incubadoras”. Los inversores se reservan un porcentaje de la participación en el emprendimiento y hasta el derecho de compra total si el emprendimiento prospera. Lo hace –según dicen- uno de cada diez. Telefónica invirtió en 50 de 6000 proyectos evaluados. El resto fue trabajo inútil, desechable.
Las incubadoras de talento son un gran negocio de uso de los innovadores cubiertos por la promesa del éxito, a veces de prosumidores baratos, o gratuitos. Las grandes empresas que han adoptado este método, son las que mejor cotizan sus acciones. Es una nueva forma de apropiación del trabajo ajeno consentida.
Los P.E.I. (Pequeños Emprendedores Insolventes) o cuentapropistas digitales, reemplazan a las Pymes. Su talento se cotiza en la Bolsa en los balances de los grandes grupos o cadenas, capitalizados como bienes intangibles. La promesa de una plusvalía futura. 
La posesión de alguna impresora 3D, da al poseedor la efímera sensación de ser mucho más que un artesano: es dueño de un medio de producción. Hasta que lo que produce pasa de moda.  
Dejemos por ahora el asunto acá.

II.

Para Carlos Marx la pobreza es una condición histórica, masas empobrecidas de los modos de producción pre capitalistas, y lógica, estar obligado a trabajar para sobrevivir. Situación que se repite después del cobro del salario, destinado al consumo de sobrevivencia. Es decir reproducción de la clase de los pobres-productores, con mayores o menores habilidades y conocimientos que, junto con la energía conforman la capacidad laboral creadora de riqueza, que la distingue de los otros medios de producción.
Pero la pobreza, también era condición de la revolución, porque los productores no tienen nada que perder sino sus cadenas.
Lo que oculta todo esto es el salario que da a la apropiación del trabajo ajeno la forma de una compraventa. Una ideología jurídica que sostiene la forma de alienación una vez, según Marx, vencida la de la teología y la religión. De allí su propósito, ya juvenil, de desbrozar la ideología jurídica de la economía, enunciado ya en 1844
Pero no ha sido sólo el salario lo que oculta que, en realidad, el capital alimenta a sus obreros en la medida que los necesita, a cambio de su capacidad laboral. Simplemente porque el capital es quién dispone no sólo de los medios de producción sino de los de sobrevivencia.
Cosa que Marx escribió pero no llegó a exponer en el primer tomo por razones de método didáctico. El mundo que se veía, y aun se ve, es el de las mercancías (es decir, el de las compra-ventas) y, por ello, por ahí comenzó. Por la superficie. Lo otro quedó olvidado durante mucho tiempo, no sólo para su amigo Engels sino para sus seguidores.
Por lo que, entre otras cosas, las luchas obreras pasaron fundamentalmente por allí. Por la superficie del salario. Pero algunas veces también la resistencia y la rebelión lograron entidad de revolución política. Una de ellas signó el siglo XX bajo el nombre de socialista, es decir social. Pero el asalariado y la pobreza quedaron allí. Y acá.
Lo que no se supuso, o no se insistió en ello, fue que el consumo también podía ser una forma de trabajo ajeno, a través del crédito para el  consumo que, como toda deuda hipoteca el futuro y obliga a trabajar, esto es, a producir riqueza con la que se paga lo que el crédito adelantó. Y que nunca es mucho más de los necesario para sobrevivir, como vimos, aunque se trate de un automóvil.

III.

Pobrezas hay muchas. Cada modo de producción genera su pobreza y, como ninguno se extingue del todo, sino que es absorbido y subordinado al dominante, cada uno deja la suya. Así se forman estratos de distintas formas de pobreza.
Algunos hablan de jerarquías de pobres o, lo que es lo mismo, de dominados. Explotados o no. No me refiero a los parámetros de medición según el acceso a determinados bienes, sino a roles específicos, llegando a la necesidad de la exclusión por una especie de selectividad natural. Tras la idea del mérito, esa selección se naturaliza. Y, con ella, la desigualdad más extrema.
La nueva pobreza parece ser pobreza comunicada. Y aparece como más libre. Pero están los algoritmos que controlan y conducen hacia un consentimiento de sumisión. Un sometimiento consentido. Los usuarios, los prosumidores, los innovares y  los emprendedores (PEI). Y hasta aquellos cuyo consumo es simbólico.
Y parece que esa puede ser la nueva pobreza dominante. Conviviendo con la pobreza  de la vieja industria asalariada no digital que, según muchos expertos, será excluida de la producción. Y que ya convive con otras pobrezas. Algunos serán parte de los servicios (en el sentido literal) y otros directamente excluidos. Estas son las jerarquías que se prevén.
Pese al consentimiento de sumisión y el control algorítmico, el problema que se le plantea al capitalismo es la gobernabilidad. Para eso está la coacción, ya ni siquiera regulada por el Estado. La coacción privada del absolutismo capitalista, los ejércitos y fuerzas de seguridad mercenarios.
La cuestión es qué sucederá con tantos pobres (viejos y nuevos) si el sistema llagara a colapsar.
¿Qué pasará con los portadores de proyectos que no son evaluados o que no prosperan?
Son obreros de la inteligencia artificial. Desplazados  por no ser rentables. Sumados a los expulsados por la robótica. Y a los estratos de formas de producción no digital. Y, en algunas regiones, hasta la pobreza colonial.

   
IV.

“La revolución es un sueño eterno”, escribió Andrés Rivera. Pero hay revoluciones y revoluciones. Por ejemplo, científicas, técnológicas (Marx llegó a hablar de una “verdad tecnológica”), económicas, políticas culturales.
La revolución política que se pensó desde los sectores dominados tuvo como paradigma la Revolución Francesa, desde abajo y con el poder de un  nuevo Estado. Así eran para Marx las Comunas y para Lenin los soviets. Con una  base territorial y productiva.
Hubo una revolución en la cultura (en el arte, la educación), pese a todo. Y hubo revoluciones productivas (el fordismo) y revoluciones reformistas en  lo social (todo el constitucionalismo social), las hubo también en lo económico (altos salarios el consumo), .Y una revolución geopolítica con dos guerras mundiales. Y revoluciones anticoloniales y antiimperialistas.
En la década del setenta comienza a cuajar la revolución de los intangibles.
Bienes intangibles, que existían sobre todo en la cultura (o en el modo de producción cultural, según Giuseppe Prestipino) se autonomizaron de la producción de bienes materiales (o modo de producción material, G.P.). Pero, a la vez, se capitalizaron. Literalmente, se transformaron en capital. Y, a la vez, después de la conversión del dinero en dinero fiduciario (paradójicamente con la no conversión de la moneda de cambio internacional), se financiarizaron. Y esto constituyó una revolución. En todas las relaciones sociales, particularmente las de explotación, pero también las políticas e ideológicas.

Hoy estamos viviendo un mundo revolucionado, con débiles Estados que no configuran siquiera “ilusión de comunidad”. Consecuentemente tampoco se conservan unidas las naciones en las Naciones Unidas, ni ya tampoco las uniones regionales. Lo que significa la ausencia de reglas, ni siquiera la de las guerras, que ya no se declaran en tal estado. Es el hecho consumado de la intervención y el genocidio de poblaciones civiles. El estado de excepción global y permanente, diría Agamben.

La globalización  de la producción es casi total. La concentración en las cadenas globales de valor, que muestra la evidencia de que el capital deja vivir sólo a los que le son necesarios según sea su rentablidad. Cadenas globales que transformaron en gran medida el comercio internacional y que ya está generando su propia moneda sin cuño legal. Las propias monedas nacionales son manejadas sin reglas, a través de la inyección o el retiro de los flujos financieros de los fondos de riesgo.
Los grandes grupos financieros y sus empresas están generando una nueva geografía “política” superpuesta a la existente. La propia migración es su efecto y su evidencia. Una geografía flotante, poblaciones flotantes. Temporarias. Una revolución geográfica en la que, lo que conocemos como nacionalidad muda de territorio, para no adoptar ya otra. Contracara del turismo. Todo esto ha cambiado el propio carácter de las ciudades como lugar habitable.

La revolución pasiva (Gramsci) es, sobre todo, una revolución ideológica. A la que el sardo oponía la reforma intelectual y moral. Y reforma (o revolución) intelectual supone, por un lado un rumbo estratégico, por otro ineludiblemente unido a aquél el conocimiento del funcionamiento económico social de lo existente. De ese modo se podría operar estrategia y tácticamente. Esto es, con alianzas (o como se las quiera llamar) y punto de partida en problemas específicos, conforme a los presuntos agentes (sujetos, decíamos)y, para la acción, creo, son necesarios conceptos que no prejuzguen y re-significar la conceptuación de dominación y explotación. Conocer sus mecanismos y oponer luchas, sobre todo ideológicas, acorde a ellos.

Las nuevas tecnologías no se pueden negar, salvo las que atentan contra el planeta. Pero me parece necesario criticar el “desarrollo” por el desarrollo mismo. Innovar y emprender qué cosa.
Creo que hay que resucitar la idea de la paz.  Que parece que se da de patadas con la rentabilidad, pero no necesariamente con todas las nuevas tecnologías.

V.

A 150 años de El Capital quizá se pueda seguir soñando. Con los ojos abiertos, como decía Bloch. Mientras tanto al menos debemos, me parece, como imperativo moral, es decir de la especie, vincular cada lucha con el destino del planeta que habitamos.

Edgardo Logiudice,

Junio 2017

martes, 18 de abril de 2017

“El Estado somos nosotros”. Neo fascismo y absolutismo. Apuntes sobre la derecha radicalizada.

Post-fascismo.

Hay bastante consenso, o costumbre, en llamar neo-fascismo a los nuevos procesos políticos de la derecha. Para algún periodismo es el recurso a una fácil evocación. Para algunos discursos políticos es, además, retórica efectista. Nada de malo, previsible.
Distinto es cuando algunos cientistas políticos, analistas, sociólogos u opinadores, recurren a él como categoría fundada en una analogía acrítica. Porque así no se arriesga a dar cuenta de lo nuevo, cuando -como lo indicara ya Agamben- viejas instituciones pueden orientar la dimensión de nuevos fenómenos, aunque no más que como paradigma iluminador. De ese arcano de formas políticas sacamos el absolutismo.
Entre quienes no se conforman con la analogía conceptual está el historiador Enzo Traverso. Éste acepta honestamente que, a falta de algún término más preciso, asiente en adoptar provisoriamente el de post-fascismo para las derechas radicales (Herramienta n° 58).      
Lo hace para señalar las diferencias históricas con el fascismo, cuya definición además ha sido y es objeto de mucha polémica en el terreno de las llamadas ciencias políticas.

En todo caso, siempre se trata de formas de gobierno del Estado-nación moderno, es decir el que nació con el desarrollo del capitalismo y que se fue transformando tanto para generar diversos mecanismos para gobernar sus crisis o mantener el sistema frente a las reacciones que fue enfrentando, conforme fueran sus formas de dominación y de explotación.
Y es allí, alrededor del Estado-nación, aún el “estado ampliado” (Gramsci), donde giraban los conceptos de política y soberanía.


Estado-nación.          

Decía ya el Sub Marcos en 1997 que los gobiernos nacionales se encargaban de la tarea de administrar los asuntos en nombre de las megaempresas.
Pero muchos sostienen que hoy, frente a lo que en general llamamos globalización, el Estado-nación ha perdido la mayor parte de sus funciones clásicas. Un ejemplo claro y evidente es el de la soberanía sobre la moneda, gobernada por las especulaciones de los mercados de futuros y los flujos y reflujos de los fondos financieros. Los propios Bancos Centrales han perdido su autonomía. Ésto para no referirnos más que al papel económico, pero se podría decir algo similar de otras esferas sociales, hasta del campo idiomático, cuyos generadores oficiales de hecho ya no son las Academias sino el mundo de los negocios, cuya jerga inunda las legislaciones “nacionales”.

La ilusión teórica de la “autonomía de lo político”, como función de garantía de acuerdos y regulación social, se ha reducido a un escenario de técnica electoral en el que la pretendida representación de grupos sociales e ideológicos solamente ha generado una capa (casi una casta) de profesionales de la gestión (no siempre legal) de intereses dominantes.
En materia económica hoy, la gestión de colocación y recaudación de los créditos y deudas respectivamente de los grandes grupos financieros que alimentan y dirigen la producción y  el comercio y las grandes cadenas de valor global, con su propios mecanismos endógenos de acumulación (Serfaty) .
Del Estado-nación queda, con mayor o menor intensidad según los países, la nación como signo de identidad (más mítico que efectivo). Y, con él, cierto nacionalismo con orígenes históricos o tradicionales. Manipulados y azuzados por intereses económicos-geopolíticos. Como a contrapelo de la globalización.
Y, como a contracorriente también, aparecen algunas tendencias escisionistas, reclamando nuevas soberanías estatales. Como si las viejas naciones pudieran todavía devenir estados autónomos. Ésto fue intuido ya por Hobsbawm en los setenta y recordado y actualizado por Bauman en los 90, después del desmembramiento del bloque “socialista”. “Paradójicamente -decía este último-, fue la muerte de la soberanía estatal, no su triunfo, lo que dio tremenda popularidad a la idea de ser Estado”.
El proceso ha llegado al punto en que la soberanía es mentada casi exclusivamente al mencionar la paradójica “deuda soberana”, que es la que aherroja cualquier soberanía.


Política.    

Estudiosos de distintos signos aceptan definir la política como el poder de tomar decisiones que afectan las conductas de grandes grupos humanos. Así Robert Dahl, Foucault, Clauss Offe (“La capacidad de tomar decisiones colectivas vinculantes y llevarlas a cabo”). Decisiones no necesariamente emergentes de procesos formales de generación de normas, ni de las instituciones normativas reconocidas como Estados u organismos interestatales.
Hay componentes normativos de las conductas, individuales y colectivas, originadas en la información, la des-información y la publicidad, además de los clásicos aparatos ideológicos del Estado. La publicidad para el consumo, por ejemplo, es una actividad normativa, tanto o más eficaz que las clásicas normas jurídicas o religiosas.
El fenómeno del creciente endeudamiento de hogares, que significa apropiación de trabajo futuro (pues las deudas algún día hay que pagarlas), indudablemente afecta la conducta de grandes grupos humanos por fuera de los mecanismos clásicos de la política. Lo que no significa que éstos dejen de actuar, sobre todo, en su faz de sanciones económicas, ni de mantenimiento del orden: el poder de policía.
De allí la aparente paradoja del principal Asesor de Trump, Steve Bannon (ex Goldman Sachs) que al tiempo que propugna la destrucción total del Estado, ocupa un sillón permanente en el Consejo de Seguridad Nacional. Y, para volver a hacer nuevamente grande la Nación Americana dentro de los valores cristianos perdidos apela a la libre ejecución de la tortura.

“En el mundo de las finanzas globales, la tarea que se asigna a los gobiernos estatales es poco más que la de las grandes comisarías”, decía Zygmunt Bauman en 1998.
Pero mayor aún es el efecto de las decisiones de inversión o des-inversión en un país, o en áreas determinadas y no en otras. Del flujo de capitales, como el de la sangre dijo Harvey, dependen todas las condiciones de vida de los habitantes de un país.
La política no se genera entonces, en lo fundamental, es decir las condiciones de la vida humana, en los Estados ni en los organismos intergubernamentales, donde los pronunciamientos no suelen pasar de “recomendaciones”. Y sus “programas” y Agendas son sólo versiones tecno-retóricas de los Foros de Davos. El caso más evidente es el del Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas.
Las decisiones políticas se originan en acuerdos, alianzas, fusiones o resultados de relaciones de fuerza entre los grupos económicos financieros, no sujetos a otra norma que la de la acumulación. Han fracasado todos los mínimos intentos de regulación del capital financiero por los acuerdos de Basilea.


La propiedad.

Se confunden así en la práctica, los límites de la explotación y la dominación. Aunque, como señaló oportunamente Bonnet (Herramienta n° 59), estos conceptos deban separarse analíticamente. 
Con ello, las nuevas formas de propiedad dominantes sobre las viejas formas de propiedad privada, consagradas legalmente por el Estado, ya no son legales o ilegales, sino a-legales, un uso de hecho. Porque la dominación no tiene regla alguna. La reproducción de la desposesión encubierta por el salario está ahora subordinada a la desposesión política de una soberanía sin titulares aparentes. Incorpóreos, intangibles como sus activos financieros. El fantasma que recorre el mundo investido en una nueva forma de propiedad. Ni personal, ni mercantil privada, ni privada capitalista industrial. Un tipo de apropiación forzada, no necesariamente violenta pero coactiva, que las absorbe y subordina. Una coacción no regulada, ni autorizada, ilimitada. Absoluta. Coacción extorsiva: Rafael Correa en Ecuador declaró hace poco por Telesur que ante la disyuntiva minería o hambre optó por la primera.   


Poder soberano difuso.  

El capitalismo financiero, en particular el de riesgo, es decir de especulación, que subordina a los sectores industrial y comercial, nos alimenta, nos viste, no cobija, nos educa, o nos mata. Conforme le interesemos como clientes, consumidores y, en definitiva deudores. La deuda es la nueva forma de apropiación del trabajo ajeno, agregada y combinada a las anteriores.
Sobre la posibilidad del cobro de esas deudas se edifican los rascacielos especulativos. Por ejemplo, si hay expectativas de ganancias con una innovación, la expectativa se transforma en un título que se capitaliza y se vende en la Bolsa. Se vende una ganancia futura. Pero además esas acciones que responden sólo a una espera incierta, sirven como garantía para generar créditos sobre los que se montarán otros negocios similares.
Ésto necesita de consumidores, aunque sean virtuales, para que no caiga la expectativa, porque si cae, se cae todo el edificio. Explota la burbuja, es decir tenemos una crisis. Crisis que ahora son globales.
Mientras tanto los consumidores compran a crédito, es decir endeudándose. Y ésto es tanto para los particulares como para los Estados. Muchos autores denominan a ésto economía de la deuda. Entre ellos Lazzarato que ha acuñado la expresión Homo Debitor.
Los Estados dependen así, para seguir cumpliendo alguna “ilusión de comunidad” (Marx) del flujo de capitales (Harvey). Por lo tanto no tienen fuerza regulatoria, sobre todo porque su “legitimidad” se basa sólo en la técnica electoral. Para ellos y para los ciudadanos el poder del capital es una “metasoberanía”.
Se trata del verdadero estado político absolutista, aunque no encarne en la figura de un gobernante o un monarca. Por eso su soberanía no aparece evidente, es un “poder soberano difuso” (Juan-Ramón Capella). Contra el que no existe ninguna garantía legal. Del sintagma fuerza-de-ley sólo ha quedado la fuerza, por ello nuestras vidas quedan sujetas a su potencia, sin ninguna regla. Sin Estado, no hay Estado de Derecho y estamos todos en “estado de excepción” (Agamben). Pasibles de ser suprimidos por hambre, enfermedades, guerras, crímenes ambientales, envenenamiento por drogas, incapacidad para adecuarnos a nuevos trabajos. O nos pueden hacer sobrevivir. Hasta con “políticas sociales” y algunas ONGs.
El capitalismo nos da de comer, nos presta sus alimentos (sencillamente porque son quienes disponen de ellos a través de cadenas de valor que van desde la semilla hasta la góndola), que devolveremos con nuestra capacidad laboral. Si les conviene. Pero eso no lo vemos sino en sus efectos en la vida cotidiana.
A través de las formas de la Lex Mercatoria, las aparentes compraventas, que no son más que anticipos para sobrevivir si somos necesarios. Aun cuando, además de la yerba y el tabaco, para los “vicios”, nos provean de electrónicos y entretenimiento, que son sobre los que se funda su negocio y su soberanía. Su poder soberano difuso.


Refugios del riesgo.

Los capitalistas tienen sus estrategias de dominación. Algunas conscientes, elaboradas y deliberadas, otras más pragmáticas.
Estrategias ideológicas, fomentar el individualismo y hacer apología de la competencia como reguladora natural del mercado, cuyo presupuesto es la existencia de muchos competidores atomizados (muchos “emprendedores”) a la vez que entre ellos llevan a cabo fusiones, absorciones y “combinaciones de negocios”, es decir, monopolios u oligopolios: concentración.
La primera logra el debilitamiento de los jugadores, la segunda al poder soberano.
El presidente del Mercado a Término de Buenos Aires, al tiempo que se fusiona con el de Rosario, mercados donde se juega el futuro de los precios de los granos es decir la base de la alimentación, defiende esa alianza diciendo que cuanto más competidores atomizados, mejores resultados del juego de la especulación. Y sostiene que “la especulación ha dejado de ser mala palabra”.
En realidad esta afirmación es cierta para el capital financiero. Claro es que la especulación tiene el riesgo de que las expectativas sobre las que se especula no se cumplan. En la gran crisis especulativa del 2008, bancos y grupos financieros fueron “salvados” por los Estados, es decir por los contribuyentes. Cosa hoy muy poco factible, dado la saturación de deuda. Y la “hiperliquidez” pone un riesgo doble: capitales sin destino, ociosos, es decir inservibles y esa misma saturación el riesgo de que los préstamos se hagan incobrables. El alto grado de endeudamiento estatal y privado hace peligrar las garantías. De allí que tengamos recesión con sobrante de capitales. Paradójico.
Pero en el campo de la producción hay una transformación gigantesca que requiere nuevas infraestructuras. Infraestructuras que, por su naturaleza son bienes comunes, públicos y, por ello generalmente estatales o con algún control estatal, por lo menos en su forma legal.
Es necesaria entonces una nueva estrategia para refugiarse del riesgo. Así lo proclaman gerentes, consultores y analistas. El refugio serán esas infraestructuras, uno de los pilares del plan del “proteccionista” de Trump: inversiones de muchos billones de dólares en infraestructuras, viejas y nuevas. Independientemente de las formas políticas de los gobiernos de los Estados candidatos.
Energía, caminos, comunicaciones, educación, sanidad, seguridad, represión. Áreas que ya no pueden manejarse en nombre del Estado, que se encargaron de hundir práctica e idealmente como representante de lo público. Lo público ha quedado huérfano de Estado.
Se trata de bienes tan tangibles como los recursos naturales, indispensables y de absoluto carácter común como el agua. Pero también tan intangibles y no menos comunes  como el acervo cognitivo. La investigación de las universidades públicas, los consejos de de investigación nacionales, regionales y provinciales, de organismos de ciencia y técnica específicos, como los de actividades agropecuarias e industriales. Con los mentados acuerdos y “colaboración” público privado. 
El camino de la apariencia pública de estas inversiones es el de esa asociación público privada, donde el Estado lo que hace es poner el humo del asado que se comen los inversores.          
Sea a título de proteccionismo o de libertad de mercado.


Protección nacional.

En un mundo de pocos acreedores y muchos deudores, que no es más que la traducción de la tan mentada desigualdad de ingresos y patrimonial tipo Piketty, el proteccionismo nacionalista dentro de la escaramuzas verbales no parece por ahora más que un velo que cubre la garantía de los primeros (apoyados en la desposesión de bienes públicos) sin que se diferencien demasiado sus “orígenes” nacionales. Londres es la capital de grandes fondos  de inversión (no siempre blancos) de todas partes del mundo. Sin contar otras maravillosas islas de mejor clima.
Este nacionalismo electoral que se apoya en los prejuicios, la xenofobia y la religión, ya que parece no poder hacerlo más en la democracia occidental y cristiana, no parece más que un medio no sólo de trocar lo nacional por lo público, sino para elegir entre deudores útiles e inútiles para su explotación.

El cuento es que se protege la producción nacional, es decir el trabajo, la capacidad laboral.
Pero la capacidad laboral también es un recurso natural y un bien público, un bien común. Porque es un producto y resultado social, tanto en su materialidad energética como en sus habilidades y conocimientos. Pero para que sea apropiado debe ser competitivo, es lo que nos dicen. Es decir barato. Nacional sí pero barato. Y allí sí, lo es cuanto más atomizado y más son los jugadores. Mientras las grandes ligas se concentran en uniones transitorias o permanentes sin distinguir los países de origen ni de destino.
Sin embargo la capacidad laboral es la más grande infraestructura, el problema es que no sirve de refugio.  


Absolutismo metapolítico.

Des-poseedores, inversores, acreedores son el nuevo Rey Sol Global.
Poca el la diferencia entre los estados capitalistas y el capitalismo de Estado. China es el mayor acreedor e inversor de los Estados Unidos, pocos dirían que China no es absolutista. Ni que no lo es el poder de Goldman Sachs o JP Morgan. Sus decisiones son inapelables y a ellas están sometidos los Estados que operan como sus gestores,conformados precisamente en esta “radicalización de la derecha”, por sus CEOs, sus gestores de negocios y finanzas, o algún socio.

Si hasta hace poco podíamos decir que había empresas que eran un verdadero estado dentro del Estado, hoy podemos decir que los Estados son órganos dentro del estado.
Los Estados son poco más que marcas (en viejo y abdicado Rey anda vendiendo la “marca España”) o agentes de marketing (como la argentinísima Reina Sofía de Holanda promocionando microcréditos para emprendedores, para contribuir al “hambre cero”).

Luis XIV no era de éstos. Se valió de un financista para consolidar su poder. En una época de crisis y transición. Su ministro estrella fue Jean-Baptiste Colbert, administrador de patrimonios y denunciante de una malversación de fondos reales. Se valió de obras de infraestructura para impulsar y consolidar la transformación del capitalismo mercantil apoyando las manufacturas.
Puentes, caminos y una flota para el comercio con las colonias ya establecidas. Y para las que creó una orden militar especial, la de San Luis.
Creó las manufacturas reales y sancionó la “Caza de vagabundos” y las “Casas Correccionales” que proveían de mano de obra forzada a los industriales manufactureros.
Hay que  decir que embelleció París. Su ministerio terminó con una nación endeudada, pero la nueva burguesía, con la que había constituido el nuevo aparato estatal, ya había triunfado.

Este monarca que, como es sabido, dijo aquello de El Estado soy yo, era corpóreo: su cuerpo se confundía con el poder, él era su encarnación. Un poder absoluto personal.
El nuevo monarca es incorpóreo, ubicuo, intemporal. La muerte de los inversores singulares, para continuar reinando no requieren la ficción teológica del “segundo cuerpo del rey”, que garantizaba la continuidad del reino.
Los grupos financieros pueden decir El Estado somos nosotros, pero el “nosotros” no tiene cuerpo, es tan intangible como sus activos. Lo tangible son los efectos de la desigualdad, la forma de la pobreza, que genera, alimenta y reproduce la desposesión, la explotación y la dominación. El absolutismo.


Subordinación y valor.

Estos apuntes sólo pretender ser una aproximación a la designación de una forma política para lo cual recurrí a este “paradigma” histórico político. Quizá por la contundencia del término y su ya poco frecuente uso.
Debo a una previa lectura de Aldo Casas recordar que la historia, nuestra historia, sigue siendo historia de luchas de clases, que la imposición de esta forma no es precisamente pacífica. Las clases se definen por su situación respecto a la disposición de bienes y de poder. Y éstos siempre se disputan.

El absolutismo histórico no dispuso de un camino llano. En el caso francés, Francia perdió su poder en Europa, su política colonial se debilitó, la casa real se deshizo en luchas por el poder, el Estado terminó endeudado y su pueblo hambreado.
Hubo más actores que la nobleza y la nueva burguesía. El poder político papal, los intereses de los Países Bajos, los de Inglaterra. Por eso junto a las alianzas estaban las guerras.

El absolutismo financiero, o el poder político de los grupos financieros puede subordinar a los otros sectores del capital, pero tiene un límite: el valor.  
Su poder no sólo requiere no sólo de consumidores reales o virtuales, potenciales deudores. También requiere productores. La producción sigue siendo la base de la existencia de cualquier sociedad o sistema, cualquiera sea la forma de producir. Por más subordinada que se halle a la financierización y sus mecanismos de acumulación. Y en la producción capitalista lo que prima como  condicionante es la producción y reproducción de valor. Y ello requiere de productores que hay que alimentar y proveer. Si ello no ocurre no hay consumidor, no hay deudor y el castillo se viene abajo.

En su conjunto el  absolutismo financiero parece ser la forma política en el sentido descripto. Pero no se trata del juego de un solo jugador. Las alianzas y fusiones aquí aludidas tampoco son pacíficas. Y son muchos los grandes intereses encontrados por los que existen disputas feroces, además de las contradicciones propias del sistema. La más limitante de las cuales sea seguramente ya la de un “desarrollo” ilimitado con recursos ambientales limitados, degradados y agotados.
Las luchas canibalescas que sostienen este absolutismo dentro del propio mundo económico financiero incluye sus propios mecanismos. Las famosas Ofertas Públicas de Acciones (OPA) agresivas es el nombre “técnico” de las extorsiones. El espionaje, las “quinta columnas”, la corrupción, los sobornos inter-empresariales, conforman la “ética empresarial”. El rumor, los falsos balances, las evaluaciones de riesgo son armas mortíferas en las guerras entre sectores del capital.

Los cambios revolucionarios en la producción generan también intereses contradictorios respecto a las inversiones. Esto aparece evidente  respecto a la preservación del medio ambiente convertida en un negocio financiero monetizando los permisos para contaminar.
Y aquí chocan los intereses de las inversiones en el cambio de las fuentes energéticas.
Aunque aparezcan otros modos de producción de valor, particularmente cognitivo y aunque éste se halle subordinado a la ganancia financiera, esto no significa su desaparición sino su transformación.

Aunque, en conjunto, la forma política sea absolutista, ello no significa que sea homogénea ni, mucho menos, pacífica. Tampoco predestinada.
Ejemplo de todas estas luchas y contradicciones es el caso del chipp contaminante de Volkswagen. Y las resistencias de Google y análogos al “proteccionismo” de Trump, otro.      


Último apunte.

Muchas revoluciones antiabsolutistas comenzaron por exigencia de pan y acabaron con las cabezas de los monarcas. Ésta ya no es época de regicidios ni magnicidios. Lo intangible no tiene cuerpo ni cabeza.
El absolutismo del capital se apoya en la ideológica seducción de la propiedad privada. Y, ésta, como vimos ya no es tal, sino un rótulo. Lo que cuenta es el uso de hecho, los títulos ya no representan más que deudas presentes o futuras.
Creo que deberíamos pensar en el uso de hecho. El uso público de lo público, porque lo público somos nosotros. El uso común de lo común. De la tierra, sus productos y las infraestructuras.
Por ahora resistiendo a ser el refugio de los dominantes.



Edgardo Logiudice
Claromecó/ Bs.As., febrero 2017.
 

jueves, 6 de abril de 2017

La olla del hambre cero huele a podrido. La carne de Brasil.

Parece bastante claro que la clase de los capitalistas que dispone de hecho de todos los medios de subsistencia, además de los de producción, nos da de comer. A quien quiere porque le sirve, cuanto quiere porque le convenga, y qué cosa habrá de comer.
Parece bastante claro también que los famosos commodities ya no son el mejor negocio para los capitalistas de las grandes finanzas. Entre otras cosas los chinos se acordaron que tienen una muralla más antigua que el muro de Trump.
Será por eso, quizá, que se descubre ahora que estábamos comiendo carne podrida, eufemísticamente “débil”. Hamburguesas débiles.

En Junio de 2016 el Ministro Buryaile, según La Nación, minimizó el impacto de la importación de carne de cerdo frente a la protesta de los productores y “rechazó el pedido de algunos sectores de poner barreras sanitarias a las importaciones”. El ministro dialogó por teléfono con su par brasileño, Blairo Maggi. Éste acaba de declarar que “El comercio es así. No hay buenitos en el comercio. A veces hay que hacerlo a codazos”.

Hambre cero (Fome zero)  es una expresión que se hizo famosa por Lula.
Eslogan que copió primero la FAO, y luego toda la ONU a través de las declaraciones inopias del Programa de Desarrollo (PUND) hasta la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible, con el apoyo del Banco Mundial, el FMI y todos los organismos intergubernamentales de crédito. Lo terminó por mal copiar el Presidente Macri con fines electorales.
En los primeros años del 2000 era la época de los commodities, también para las vacas, los cerdos y los pollos. Lula ya en el gobierno, con Duhalde en el Mercosur y Kirchner en la Presidencia, acuerdan el comercio y las inversiones entre Brasil y Argentina. Y allí aparecen, aprovechando la bolada JBS y BRF apoyados por créditos del BNDS, el Banco de Desarrollo de Brasil y, con ello, las grandes inversiones de esas firmas en nuestro país. Se compran todo y nos venden todo (el “nos” que uso es figurado, claro, salvo para pagar). BRF es dueña de Sadia y Perdigao, tiene ocho plantas, compró las marcas de Vienísima, Avex, Bocatti, Campo Austral y Tres Cruces. JBS ESTÁ EN Swift y Cabaña Las Lilas, una de las más importantes en reproductores vacunos.

Pero los commodities se vinieron abajo, mejor dicho se hicieron riesgosos. Demasiado.
Parece que la cosa estaba podrida, y no solamente en Dinamarca, de donde también se importan chanchos. 
El juego de los commodiities no es un juego de los productores sino de la especulación de su precio a futuro, una de las grandes bolsas está en China que, como se sabe ha cambiado su política de comercio exterior. Ahora la cosa viene por las innovaciones en la Alta Tecnología (los grandes jugadores son Google, Amazon, Alibaba, etc.) y las infraestructuras.
Entonces, como en el caso Odebrech aparece los arrepentidos oficiando de fiscales acusadores. O los que, en su momento, no consiguieron entrar en el negocio.
Tal parece ser el caso de Bernardo Cané. Funcionario de María Julia Alsogaray, Fernando de la Rua y Presidente del Senasa con Kirchner, renunciante después de un escándalo precisamente con las cuotas Hilton –enfrentado a Felipe Solá-, con una cuenta en Suiza y participación en una turbia empresa vinculada a la sanidad animal. En 2009 fue Subsecretario de Recursos Naturales con Cristina Kirchner. Este “técnico” con pase libre para cualquier camiseta algo debe conocer del asunto. Clarín toma sus declaraciones: “De acuerdo con Bernardo Cané, ex titular del Senasa, se corrió la cortina de un modus operandi por parte de empresas que crecieron demasiado rápido y con plata barata prestada por el BNDS, el banco de desarrollo brasilero”; “Fue una dinámica tan acelerada que los llevó a este descontrol”. Es muy probable que este señor hable con conocimiento de causa, aunque el descontrol tenga otro nombre menos elegante.  

Lo cierto es que la “carne débil” es exportada a 150 países del mundo y uno de los principales consumidores es Mc Donald´s.
Argentina importa 6.000 Tn. de cerdo.
El actual Director del Senasa es Jorge Dillon, otro técnico con pase libre. Fue Subsecretario de Ganadería del gobierno anterior y participó en la campaña a favor de Aníbal Fernández. “El último febrero ingresaron 63 toneladas de carne de cerdo del frigorífico Larissa, una de las 22 plantas involucradas en la investigación en Brasil. Dillon aseguró: «No detectamos ninguna anormalidad»”.
Nos quedamos tranquilos. El 21 de marzo de 2016 La Capital de Rosario publicó: “Trade Winds es una prestigiosa publicación internacional de la actividad naviera comercial. En su pasada edición de febrero aseguró que buques de diferentes banderas debía pagar coimas para recalar en puertos argentinos.  Más específicamente, la revista con sede en Oslo, apuntó al  Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa), a cargo del veterinario Jorge Dillon -funcionario sobreviviente del kirchnerismo-“.

Yh…la carne es débil, que le vamos a hacer. Los negocios son negocios. Y el hambre cero podrá esperar veinte años más, cuando todos los hambrientos estén muertos, si no es por el hambre será por la carne podrida.

Esto es con lo que nos alimentan las Cadenas de Valor Global fusionadas con los fondos financieros de inversión de riesgo. La “miseria planificada”, de que hablara Rodolfo Walsh en su célebre carta y que recordara Naomi Klein hace una década, ahora con los ejecutores en el poder. 
Claro que la salud de los consumidores no es la preocupación del gobierno ni de los exportadores. Oscilan entre el miedo a que la economía de Brasil se venga abajo del todo y la esperanza de ganar los mercados que los brasileros pierdan.
Mientras tanto habrá que mandar al laboratorio los choripanes de Fraga.


Edgardo Logiudice

Marzo 2017

miércoles, 15 de marzo de 2017

La corrupción, el capitalismo y la desposesión de lo común. Pensar las fojas cero

Sí, en el Vaticano hay corrupción.
Papa Francisco

I.

Según las investigaciones judiciales Odebrecht poseía una oficina especial Para canalizar, a través de oficinas fantasmas offshore, las comisiones destinadas al soborno: la División Operaciones Estructuradas. Lo confesaron 77 CEOs. Para cambiar la prisión por multas. El periodismo la ha llamado sin eufemismos oficina de sobornos o departamento de coimas.
Parece escandaloso pero no asombra a nadie. Menos a los miembros pertenecientes a la clase de los funcionarios políticos en actividad o con mandato cumplido ¿por qué habrían de asombrarse y menos escandalizarse? Donde hay un corruptor hay un corrupto.
Los medios utilizan el asunto para lanzar nombres de acuerdo al bando político-económico al que respondan guardándose de callar los demás. Y cada uno de los nombrados protesta su inocencia. Gobernantes y ex-gobernantes de manifiesta derecha y de declarado progresismo quieren estar lejos de tal anormalidad.
Quienes pretendemos no estar en ninguno de esos lugares por el contrario solemos afirmar que en el capitalismo es lo normal. Hasta enunciando que la corrupción es de la naturaleza del capitalismo. Ínsito o connatural.
Para que no quede en una enunciación como tantas, donde por capitalismo se entiende algo distinto a un modo de producción y apropiación, más parecido al demonio o al Malo que a otra cosa, valdría la pena reflexionar un poco.

Podríamos comenzar por algunas preguntas.
Por ejemplo ¿de qué corrupción hablamos?
Y otra pregunta ¿es necesaria la corrupción para obtener plusvalía? Ésta, la plusvalía ¿es la única forma de apropiación del trabajo ajeno con la que opera el capitalismo?

Porque la corrupción es más vieja que el hambre, aunque éste esté asociado a aquélla. Y su universo es muy rico.
En el relato bíblico ya figura el soborno, en el Éxodo: el soborno ciega. Y en el Imperio Romano parece que ya sabían bastante de esto los Senadores en las Provincias a su cargo. No escaparon a él recaudadores de impuestos y gabelas.
Se trata siempre de una relación de poder donde el que está en posición dominante puede otorgar un privilegio. Por acción u omisión.
En principio no se trata necesariamente de una relación política ni económica moderna.
En el conocido caso de las indulgencias, que caro le costó a la Iglesia de Roma –entre otras cosas un apelativo procaz- se dijo quien en San Pedro estaban las llaves del Cielo pero que de vez en cuando había que aceitarlas para que funcionaran.
De modo que la corrupción, más específicamente los sobornos, tienen un origen anterior al capitalismo, aún al capitalismo mercantil.

Pero de estas corrupciones de “divisiones de operaciones estructuradas” de lo que se trata es del Poder, del Poder del Estado. Y, aun así, no de cualquier Estado, sino del moderno. De modo que la cuestión se ubica en la relación entre el Estado moderno y el capitalismo. Y ni uno ni otro han dejado de sufrir transformaciones decisivas cada uno de ellos y en su propia relación.

En principio el capitalismo, que se asienta en la matriz mercantil, es precisamente la oposición a todo trato desigual o privilegio. La explotación capitalista se desarrolla en el reino de la igualdad, base de la libertad de contratación que es lo que requiere el comercio.
Sin embargo el capitalismo es una eterna desposesión a través de la plusvalía encubierta por esa igualdad contractual. La desigualdad está en el punto de partida. Luego el Estado no hace, en principio, más que mantener las condiciones generales (la famosa seguridad jurídica) y para ello no es necesario el soborno (aunque exista).

Donde aparece el soborno en escala es en las necesidades de las grandes obras de infraestructura (flotas, caminos, energía) que requiere la producción industrial, sobre todo la gran industria. Infraestructuras de las que se hizo cargo el Estado, de acuerdo a sus arcas. En forma directa o indirecta. Y las infraestructuras requieren siempre grandes capitales. Allí aparecieron los holdings y las primeras empresas “estructuradas”. Nacionales y transnacionales. Ejemplo clásico los ferrocarriles y luego las empresas de energía. Tanto en los países centrales como los periféricos, desarrollados o subdesarrollados o como se los quiera llamar.

La desposesión tampoco tiene una sola forma. Harvey ha señalado como tales algunos procesos iniciales que se conocen como la acumulación originaria, que se vuelven a repetir. Así la desposesión de tierras que generó al obrero “libre” como, precisamente, des-poseído.
Y hay otras formas de desposesión permanente más sutiles, como el endeudamiento a través del crédito para el consumo, que apareció con Ford y se reinventó con fuerza en la postguerra, dando lugar al conocido consumismo.
Y hay otras formas más crudas de desposesión de recursos naturales como las guerras.


II.   
 
Es función del Estado moderno mantener la ilusión de comunidad (Marx) de libre e iguales que contraten. En él la forma clásica más adecuada es la de la democracia que supone la soberanía popular ejercida a través de la representación electoral.
Se han hecho suficientes estudios y críticas a ese sistema, tanto desde el punto de vista teórico como de la práctica que hace obvio volver a repetirlas acá.
No obstante la necesidad de mantener tal ilusión ideológica siempre ha chocado con la desigualdad y su consecuente i-libertad sobre las que opera el capitalismo. Particularmente con el modo de producción capitalista industrial, conforme hayan sido las relaciones de fuerza entre explotadores y explotados.

Mantener los aparatos del Estado requiere dinero y eso significa impuestos. No hay Estado sin Hacienda y Finanzas.
Cuando las relaciones de fuerza, particularmente con la forma fordista de masas, para masas y por masas, favorecieron las condiciones de los trabajadores, las políticas del “Estado Social”, independientemente de otras razones geopolíticas (el “socialismo real” por ejemplo) significaron una mayor distribución de las cargas fiscales y una mejor distribución del ingreso.
Razones histórico-sociales, económicas y políticas, de la que sobra literatura orientaron transformaciones en las formas productivas, por un lado, y la dependencia del sector industrial a favor del financiero, por otro.    
Este último fue encontrando su propio modo de acumulación (sin olvidar las desposesiones, los petrodólares, etc.) y su primer gran alojamiento fueron las llamadas deudas soberanas.
El endeudamiento fomentado, con intereses sobre intereses, condujo a la imposibilidad de pago, a sus crisis famosas, del tequila y otros alcoholes. Estas crisis abrieron el camino de las privatizaciones, es decir el desguace de los patrimonios estatales con el nombre de “modernización”. Manteniendo cierto margen de reglamentación (generalmente incumplido) y dejando la ejecución en manos privadas, “nacionales” y transnacionales.
En ese proceso quedó abierta la vía del soborno en escala.       
Los bienes de los que el Estado mantuvo su dominio formal y su aparente control fueron eminentemente bienes públicos, bienes de uso común. Muchos de infraestructura, como las comunicaciones, teléfonos, correos, suministros como el agua y la energía.
Las adjudicaciones y la falta de control fueron el abono del soborno.

Mientras tanto los grandes grupos financieros siguieron fabricando dinero fiduciario, es decir sin respaldo. Tanto a través de las nuevas deudas soberanas a través de las llamadas reestructuraciones (es decir transformar las deudas con los organismos de crédito intergubernamentales; Plan Brady) como a través de su propia ingeniería de productos estructurados (futuros, derivados, etc.). Hasta que estalló la crisis de las deudas “tóxicas”, el gran secreto de esa ingeniería. Secreto auspiciado por la ausencia de reglamentación de las actividades financieras, o escondido a la “sombra de los bancos”.
En apretada síntesis, como se dice, nadie controla a los grandes grupos financieros porque los Estados dependen de ellos. Recién ahora, cuando la hiperliquidez ahoga lo terminan por reconocer los organismos internacionales, entre ellos la CEPAL.


III.  

Y si los Estados dependen de los grandes grupos financieros ¿para qué mantener la ficción de la soberanía? ¿y de la representación popular? Hay que “sincerar”. Gobiernan los que gobiernan, eso es realpolitik en serio. Hasta la noción de Robert Dahl que, en los ochenta hablaba de “poliarquía” quedó obsoleta.
Mientras el Estado todavía podía mantener la ilusión de comunidad soberana tenían vigencia las Oficinas de Anticorrupción y varios Anti “delitos”. Para eso todavía funcionaba Transparencia Internacional, los rankings de ética de los estados y se medía el costo de los sobornos que pagaban las divisiones de “operaciones estructuradas”.
Éstas ha perdido hasta su carácter de delitos: los “arrepentidos” pasaron a ser los verdaderos fiscales.
Ahora el intento es la ocupación directa de los aparatos del estado, ya con minúscula. Hasta el Asesor Principal de Donald Trump manifiesta que se trata de destruir el Estado, a la manera de Lenin. Claro es que no se trata ahora de la dictadura del proletariado, precisamente. Y todo se plantea como una “revolución” con vistas a un futuro prometido, pleno de trabajo merced a las inversiones en infraestructuras. “Administradas” por los propios empleados de los inversores. A la luz del día, sinceramente. Aunque algunas asociaciones público-privadas porque se denominan “públicas” guarden cláusulas secretas como si fueran secretos de Estado. Trasparencia.
“El soberano garantiza la inversión” acaba de decir el representante de General Electric respecto a Vaca Muerta.
Y entonces no pueden dejar de aparecer los “conflictos de intereses”. Acá, en Estados Unidos, en Francia, en España, en China, en Italia. Conflictos que ya apuntaban con la “puerta giratoria” de los CEOs bancarios y financieros en los organismos internacionales de crédito. “Conflictos” que pretenden disimular algunos con un “Fideicomiso ciego” con el invento del expresidente-empresario de Chile, Piñera y, otros más sinceros, como Trump, al que China acaba de aprobarle allí 17 negocios a su nombre.    

Pero ahora se trata de algo más. Los grandes grupos financieros apuntan a la gran des-posesión, a través de la virtuosa confluencia de lo público y lo privado.
Los sobornos clásicos ya no son tan necesarios, se pueden dar algunas “marchas atrás”. Lo necesario ahora es la apariencia legal, darle forma legal a la desigualdad, los privilegios y el despojo. Volver a fojas cero de la historia, pero ahora no como punto de partida sino como resultado del capitalismo.
Por supuesto que los sobornos clásicos no desaparecen. Como me hace recordar el Profesor Jorge Saab, son útiles aun para “la persistencia de ciertas prácticas tales como la transferencia de los fondos de obras sociales a la burocracia sindical, los salvatajes a los gobernadores, el financiamiento a ciertos líderes de movimientos sociales, etc,, etc, siguen siendo eficaces para contener las posibles fisuras en el esquema de poder. Otro tema es hasta qué punto estas formas variopintas  de soborno garantizan la paz social”.


La privatización del correo corresponde  la época del soborno. Hay que borrarlo y olvidarlo. El uso de facto de las rutas aéreas es el intento post-soborno, la apropiación directa de la soberanía del espacio aéreo. Los actores son los mismos, cambió la estrategia. Desposesión directa de los bienes comunes. El lugar de refugio seguro del capital financiero para que no se licúen sus activos en la incertidumbre, la crisis de liquidez que, como ellos dicen, los hace volátiles.

Frente a las resistencias, la “legalización” de los despojos, del saqueo y la ocupación, no alcanza para disimular. Entonces aparece un discurso revolucionario: la “Revolución del aire”. El abuelo del Ministro del Interior también era un revolucionario. Ideólogo de la entrega del petróleo en la presidencia de Arturo Frondizi y, luego entusiasta de Menem, para convencer a los jóvenes de que los contratos petroleros eran un acto revolucionario, repetía aquello de “un paso atrás dos adelante”. Aquello también fue desposesión.
Volvemos a fojas cero.

Creo que si no reflexionamos un poco sobre estas cuestiones nos quedamos en aquello de que todos roban y que la única solución es la de Barrionuevo, dejar de robar un tiempito. Con lo cual no solamente se naturalizan sin distinguir todas las formas de corrupción, sino que además no decimos nada del capitalismo realmente existente afirmando sólo que la corrupción es su naturaleza.



Edgardo Logiudice
Marzo 2017   
      


    

sábado, 25 de febrero de 2017

La corrupción está envejeciendo. El correo de los Macri.

Con la privatización del poder político las oficinas de Anticorrupción del mundo, que al menos desde Berlusconi hasta acá poco funcionaron, están desarrollando su última gran tarea: combatir el soborno de la vieja clase política de profesión. En nombre de la “ética pública empresarial”.

Dentro de la forma del Estado soberano clásico, una de las tantas pero quizá la principal forma de corrupción es el soborno. En su nombre han sido eyectados muchos políticos, algunos realmente y otros aparentemente progresistas. Tan importante y costosa es la corrupción que de ella hay un ranking, muy útil para el cálculo costo/beneficio de una inversión de riesgo, más que para ponderar la ética de administración de un gobierno.

La tarea es dura, sirve para preparar estados de opinión, eventualmente para golpes blandos.
El problema es que los sucesores electos o golpistas constitucionales parecen ser del mismo palo. Mauricio Macri le dijo a Vargas Llosa que debería hacerse un monumento a Odebrecht por haber hecho conocer la corrupción en Latinoamérica. Clarín dice que ha sido una fina ironía. En este caso el muerto no se asusta del degollado.

La cuestión no tiene mucha solución, porque el soborno y cualquier forma de corrupción son métodos viejos, útiles para violar las formas del Estado de Derecho, pero inútiles en la presente a-legalidad que rige el mundo de la dominación política global.

Con la apropiación privada del poder público a través de empleados directos de los grandes grupos de inversores-especuladores, el soborno se hace más o menos innecesario. Y eso significa un ahorro de costos, porque a esos gestores los paga el endeudamiento del que se harán cargo los contribuyentes con su trabajo.

Con los empleados gestores de negocios o socios de los inversores en el poder empalidece una forma clásica de corrupción del poder político público, porque éste ya no lo es: es privado. Con lo que se confunden las figuras del corrupto y el corruptor. A veces, hasta en una misma persona.
Baste recordar los procesos licitatorios de las privatizaciones de las empresas del estado. Su transparencia menemista. Cuando los Soldati, los Bulgueroni, los Macri festejaban el reparto farwest con pizza y champagne. Ahora gritan ¡al ladrón!

Otros fueron más discretos. Están pagando su discreción. Ya pagaron el soborno.


Edgardo Logiudice
Febrero 2017