jueves, 27 de diciembre de 2012

Marx espigado.


Espigó, pues, en el campo hasta la noche, y desgranó lo que había recogido, y fue como un efa de cebada. Ruth 2, 17.

Se me hace que las lecturas son como siegas.

Julein Dupré fue un pintor realista de la segunda mitad del siglo XIX. Admirador de Jean-François Millet; como él, pintó la vida campesina de la Normandía y sus tareas. Entre ellas la siega donde las mujeres aparecen recogiendo el cereal para emparvarlo. Con una horquilla. Son las segadoras, erguidas en pleno día.
En el conocido cuadro de Millet las mujeres, encorvadas, recogen espigas con sus manos para guardarlas en el arremangado mandil. Son las espigadoras, ya cerca de la hora del ocaso. Al fondo se recortan las parvas y se van alejando los cosecheros y sus cargas.
Tan viejo o más que el exilio de Babilonia parece ser el derecho a espigar. El cuadro de Millet es de 1857 y en Italia, como una huella, legisla aun sobre él el Código Penal: hasta un año de reclusión si se espiga antes de que esté concluida la cosecha, como si fuera un hurto (art. 626).
Derecho de los huérfanos, de las viudas y de los pobres a recoger las espigas volcadas en la melga después de la cosecha.
Esto era mucho antes de la siembra directa. Y antes de que se declarara ilegal al chacarero guarde parte de su propia cosecha para sembrarla.
Derecho de los más pobres y desvalidos cuando aun entre el alimento de las gentes y la tierra no existían las distancias de Wallmart o Carrefour. Cuando éstas ya existen apenas se puede espigar cartón.
Sin embargo los Stallman espigan. Y bien que hacen.  
Pero no es necesario ir tan lejos. Todavía están los viejos libros.
El pensamiento, una vez expresado, es difícil de cercar y fácil de apropiar. Por ello decía Hegel que la propiedad del intelecto y el plagio eran sólo una cuestión de honor. 
Marx ha sido cosechado muchas veces, al punto que parece ya agotado. Engels, Kautsky, Lenin, Trotsky, Gramsci, Lukács, Marcuse, Althusser y tantos lo han trillado sin medida.
Sin embargo quizá no sea vano el uso de espigar. No está probado que alguna semilla no llegue a ser útil para la bolsa blanca.

Con respecto a los alimentos, algunos muebles, los remedios y algún techo, no se puede andar espigando alegremente por ahí. Por lo común esas cosas se compran, se pagan con dinero contante presente o plástico futuro. Y, por lo común también, si uno no lo tiene ya por lo que sea, habrá de procurárselo, si quiere ladear el código penal, trabajando. Entregando temporalmente su fuerza, habilidades o conocimientos a cambio de ese dinero. Este precio, en cualquier modalidad que lo cobre se llama salario.

¿Qué diríamos si a alguien se le ocurriera decir que ni el trabajador vende su fuerza de trabajo ni compra sus alimentos y demás enseres?
Pues bien, ese alguien fue Marx. Lo dijo cuando tenía veintinueve años, poquito antes de que viera la luz el manifiesto de los comunistas. Y lo ratificó veinte años después, ya madurito.
Los obreros no espigan, pero tampoco compran ni venden nada.
Decía Marx en 1847[1]: “¿Qué es el salario? […] al parecer, el capitalista les compra a los obreros su trabajo con dinero. Ellos le venden por dinero su trabajo. Pero esto no es más que la apariencia. […] Con el mismo dinero […] el capitalista podía haber comprado dos libras de azúcar o una determinada cantidad de otra mercancía. […] Al entregarle dos marcos, el capitalista le entrega, a cambio de su jornada de trabajo, la cantidad correspondiente de carne, de ropa de leña, de luz, etc. […] el capitalista no paga este salario del dinero que ha de obtener […] sino de un fondo de dinero que tiene de reserva. […] [El obrero] no pertenece a tal o cual capitalista, sino a la clase capitalista en conjunto […].”
Resumiendo el salario aparece como un contrato de compraventa del trabajo, pero se trata de una apariencia: el precio del trabajo no es otra cosa que las mercancías para el consumo de subsistencia, que ya están en manos de la clase capitalista industrial. Por lo tanto el obrero pertenece desde el vamos a la clase capitalista. De allí que el capitalista pueda decir sin ruborizarse que, cuando lo emplea le da de comer.
 Y, ya en El Capital: “[…] desde el punto de vista social, la clase obrera, aun fuera del proceso directo de trabajo, es atributo del capital, ni más ni menos que los instrumentos inanimados. Hasta su consumo individual es, dentro de ciertos límites, un mero factor en el proceso de reproducción del capital. […] El cambio constante de patrono y la fictio juris del contrato de trabajo mantienen en pie la apariencia de la libre personalidad”[2].
Si la clase capitalista es dueña de los obreros y, por lo tanto, no hay venta de la fuerza de trabajo sino manutención, entonces, tampoco hay compra sino apariencia de compra. El consumidor cree  que compra, lo están embuchando como a un pavo de Navidad. Con un voucher.
Una especie de criadero de aves, que también termina en el desplume.
“[…] el obrero lejos de poder comprarlo todo, está obligado a venderse a sí mismo y a vender su condición de hombre”[3].
“La escala mínima –la única necesaria- para establecer el salario es la subsistencia del obrero durante el trabajo, más el necesario excedente para poder alimentar una familia y para que la raza de los obreros no se extinga”[4].
“[Adam Smith] Nos dice que […] en realidad, lo que vuelve al obrero es la parte más pequeña y estrictamente indispensable del producto; justo lo necesario, no para que exista como hombre, sino para que exista como obrero; no para que perpetúe la humanidad, sino para que perpetúe la clase esclava de los obreros”[5].
“El cebo del ganado de labor no deja de ser un factor necesario del proceso de producción porque el ganado disfrute lo que coma. La conservación y reproducción constantes de la clase obrera son condición permanente del proceso de reproducción del capital”[6].

El capitalista industrial productor de alimentos no vende alimentos sino que compra obreros. No sólo como mano de obra sino como consumidor. No le vende los alimentos sino que compra su capacidad de comerlos. Paga con los mismos alimentos en forma de mercancías. El obrero no compra medios de subsistencia, le pagan con ellos, en forma dinero.
Marx citaba a Adam Smith: “Como los hombres, al igual que las demás especies animales, naturalmente se multiplican en proporción a sus medios de subsistencia, siempre hay mayor o menor demanda de alimentos. Siempre el sustento podrá comprar […] una cantidad más o menos grande de trabajo, y siempre ha de hallarse alguien dispuesto a hacer algo para ganárselo”[7].
El obrero no compra ni vende, es vendido y comprado. Enajenado, por otros hombres.
Mantenido mientras es útil, para el capitalista vale por su valor de uso: mercancía viva que transforma, genera nuevas formas a la materia. Si el obrero ni compra ni vende, nunca puede ser propietario sino en apariencia. Esa apariencia no es una ilusión religiosa sino una ilusión jurídica.
“El esclavo romano se hallaba sujeto con cadenas a su señor: el obrero asalariado se halla sometido a su propietario por medio de hilos invisibles. El cambio constante de patrono y la fictio juris del contrato de trabajo mantienen en pie la apariencia de su libre personalidad[8]. El dinero, la forma dinero, es el cebo, la carnada que tragó en el contrato de salario y que ahora, por el contrato de compra (la factura del supermercado), devuelve a su dueño. La contraseña, el vale, que se llama ticket.
Estas espiguitas quizá nos hagan dudar de algunas naturalidades que a veces escandalizan. El éxito de los shoppings en La Matanza, San Justo o González Catán donde, a pesar de haber disminuido el índice de propietarios de viviendas y aumentado el índice de hacinamiento, se venden bien las zapatillas de marca a mil pesos. Consumismo de pobreza, el ciudadano cliente. Como en Roma va todas las mañana a saludar a su patrono y recibe la sportula en dinero. Después el LCD, colgado, enganchado al palo, espigando la luz. La libre personalidad del que compra y el que vende, acompañada por otra ficción: la tarjeta Naranja. "Somos Tarjeta Naranja, la principal emisora de tarjetas de crédito de Argentina. Una empresa que brinda servicios orientados al consumo con calidad y calidez, a través de colaboradores alegres, capaces y motivados", dice su presentación. Producir consumidores, clientes y deudores. Que es necesario mantener y conservar. Fidelizar, fiel al patrono, como el cliente de la antigua Roma. La clientela, que era (es) signo de poder. Compuesta primero de hombres libres y luego de proletarios, para quienes además del pan estaba el circo. Hoy, la industria del entretenimiento[9].   

¿El capitalista me puede explotar porque es propietario privado o es propietario privado porque me compra?
¿Qué diríamos si nos dijesen que un obrero es un esclavo que se vende a sí mismo? Que nos dijesen que no es la propiedad privada la causa de la venta del trabajo sino que vender el trabajo genera la propiedad privada.
Podemos seguir espigando.
Para ser libre en la sociedad moderna, decía Hegel, otro susceptible de espigar, hay que ser propietario. Sólo el esclavo no es propietario. Si yo vendo mis capacidades y habilidades es porque soy propietario de ellas y con ellas hago lo que quiero. Pero para seguir siéndolo no las puedo vender íntegramente, mi personalidad es invendible, inalienable. Si vendiera mi personalidad, toda mi libertad, sería un esclavo. Por eso cuando vendo mis capacidades lo hago por períodos de tiempo y entonces sigo siendo libre.
La idea de Marx parece ser algo distinta.
Mientras yo aparezco vendiéndome en cuotas, en realidad me están vendiendo a mí. "[...] el obrero libre se vende él mismo y, se vende en partes”[10]. Pero, “La producción produce al hombre no sólo como mercancía, como mercancía humana, el hombre definido como mercancía […]”[11]. Una mercancía que, como cualquier instrumento de trabajo que se compra, hay que conservar mientras sea útil. Y eso significa un gasto.
“Las necesidades del obrero sólo son para ella […] la necesidad de mantenerlo durante el trabajo, pero de mantenerlo sólo de una manera que impida que la raza de los obreros de extinga. El salario posee, pues, en un todo la significación que la conservación o mantenimiento en servicio de cualquier otro instrumento productivo […] De modo que el salario forma parte de los gastos necesarios del capital y del capitalista […]”[12].
El trabajador moderno es un siervo. Los esclavos eran alimentados para trabajar y eran comprados y vendidos en el mercado al mejor postor. Un instrumento de trabajo que habla.
Porque habla, en condiciones históricas determinadas, es que puede contratar como si fuera un comerciante, dueño de sus fuerzas. Porque entrego mis fuerzas como si fuera una venta (salario) es que me declaran propietario. Es cuando me dan el alimento, o la zapatilla o el plasma, en forma de dinero que me convierten en propietario.

Marx decía una cosa aparentemente extraña: “[…] el salario y la propiedad privada son idénticos […]”[13].
En la contabilidad del capitalista el fondo destinado a salarios es el resultado de la venta de los productos que produjeron los trabajadores que se destinará a ese fin: alimentar a aquéllos.  “[…] desde el punto de vista capitalista los medios de consumo  de la fuerza de trabajo [son] la forma natural de su capital variable”[14]. Pero el capital es también la forma dinero de la propiedad privada del capitalista. De modo que la forma salario y la forma propiedad privada son la misma cosa porque es la forma dinero del trabajo. Y la forma dinero de la manutención del esclavo trabajador es la que le da carácter de venta, de salario.
Lo que da carácter de propietario a ese esclavo es que el alimento lo recibe en moneda, lo que lo hace aparecer como propietario: “porque el salario –en el que el producto, el objeto de trabajo, remunera el trabajo mismo- no es más que una consecuencia necesaria de la venta del trabajo"[15].

¿Nos sorprendería que Marx hubiese dicho que un capitalista industrial es un obrero y que, como él, está sometido al capital? ¿qué explotar es un trabajo?
Pues parece que lo dijo: “El capitalista industrial […] no aparece […] sino como funcionario […] como simple exponente del proceso de trabajo en general, como obrero y, concretamente, como el obrero asalariado”[16].
“Frente al capitalista dueño del dinero, el capitalista industrial es un obrero […]”[17].

El “proceso de explotación aparece aquí como un simple proceso de trabajo, con la diferencia de que el capitalista en activo realiza un trabajo distinto al de los obreros. Por donde se identifican como dos modalidades de trabajo el trabajo de explotación y el trabajo explotado. El trabajo de explotación es trabajo exactamente lo mismo que el trabajo al que se explota”[18]. [Subr. EL]
“El salario que reclama y percibe [el capitalista industrial] por este trabajo equivale a la cantidad de trabajo ajeno que expropia, […] siempre y cuando que se someta al necesario esfuerzo de la explotación […]”[19]. [Subr. EL]
“La explotación del trabajo productivo cuesta un esfuerzo, lo mismo si corre directamente a cargo del capitalista que si se efectúa por otro en su nombre. Por oposición al interés, la ganancia del empresario aparece pues, ante él como algo independiente de la propiedad del capital, y más bien como resultado de sus funciones de no propietario, de obrero”[20].
“El capital a interés es el capital como propiedad frente al capital como función”[21].
¿Sirve lo anterior para pensar la relación de los capitalistas industriales frente al capital financiero, hoy hegemónico?
¿Es útil para pensar las distintas formas de propiedad privada de acuerdo a la función que cumplen, no como un derecho definido y natural del hombre?
¿Sirve para pensar la propiedad privada como una ilusión producto de relaciones históricas muy específicas?

En los idílicos  cuadros de Dupré y de Millet la explotación de la tierra daba de comer a unos con su trabajo y a los excluidos del mismo con la sobras. Viudas, huérfanos y pobres sin hoces, ni horquillas, ni martillos Si estos sobrevivían o no espigando poco importaba. Lo importante era que sobrevivieran los cosecheros necesarios hasta que terminara la cosecha. Nosotros conocemos el trabajo golondrina y el que cobraba con latas. No es nuevo pero es demostrativo. También para el trabajador industrial. Pero también para el nuevo trabajador del conocimiento, tan esclavo del capital como cualquiera. Si no lo es más. Eso sí, si no se asumen como propietarios, lo suelen hacer como emprendedores.

Please Marx, replay. Que pueden haber quedado otras espigas olvidadas.

Edgardo Logiudice
Noviembre 2012



[1] MARX, Carlos. Trabajo asalariado y capital. En MARX, Carlos; ENGELS, Federico; Obras Escogidas, Buenos Aires, 1957, Cartago. Págs. 48, 49, 50.
[2] MARX, Carlos. El Capital. Crítica de la Economía Política. Buenos Aires, 1956, Editorial Cartago, Tomo I, Págs. 462, 463.
[3] MARX, Carlos. Manuscritos de 1844. Economía política y filosofía. Buenos Aires, 1968, Editorial Arandú, pág. 43.
[4] MARX, Carlos. Manuscritos de 1844. Economía política y filosofía. Op. Cit. Pág. 50.
[5] Íd. Ant. Pág. 55.
[6] MARX, Carlos. El Capital. Crítica de la Economía Política. Buenos Aires, 1956, Editorial Cartago, Tomo I, Págs. 462.

[7] MARX, Carlos. Manuscritos de 1844. Economía política y filosofía. Op. Cit. Pág. 94.
[8] MARX, Carlos. El Capital. Crítica de la Economía Política. Buenos Aires, 1956. Op.cit. Pág. 462.
[9] En Argentina representó en 2008 el 1,7% del PBI. CRETAZZ, José. El entretenimiento, una industria en expansión. Diario La Nación, 22/3/2009.
[10] MARX, Carlos. Trabajo asalariado y capital. En MARX, Carlos; ENGELS, Federico; Obras Escogidas, Buenos Aires, 1957, Cartago,  pág. 49.
[11] MARX, Carlos. Manuscritos de 1844. Economía política y filosofía. Segundo Manuscrito. Op.cit. pág. 129.
[12] Íd. ant., Pág. 128.
[13] MARX, Carlos. Manuscritos de 1844. Economía política y filosofía. Buenos Aires, 1968, Editorial Arandú, pág. 122.
[14] MARX, Carlos. El Capital. Crítica de la Economía Política. Buenos Aires, Carrtago,1956. T. II, Pág. 395.
[15] Íd. Ant.
[16] MARX, Carlos. El Capital. Crítica de la Economía Política. Buenos Aires, 1956, Editorial Cartago, Tomo III, pág. 346.
[17] Id.Ant. Pág.350.
[18] Ibid. Pág. 347.
[19] Ibid. Pág. 351.
[20] Íd. Ant. Pág. 345.
[21] MARX, Carlos. El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo III. Op. Cit. Pág. 344.

martes, 4 de septiembre de 2012

La propiedad privada y el salario son la misma cosa.


El salario es la forma dinero de los medios de subsistencia y condiciones de vida del obrero.
Físicamente el dinero puede estar en la caja o en el banco. En la contabilidad es una parte del capital circulante, la destinada al pago de los salarios. “[…] desde el punto de vista capitalista los medios de consumo  de la fuerza de trabajo [son] la forma natural de su capital variable”[1].
De modo que la forma natural de los medios de vida del obrero es una parte del capital, propiedad privada del capitalista.
La vida del obrero tiene dos formas: en sus manos, la forma salario; en manos del capitalista la forma de propiedad privada. En ambos casos son los medios de vida del obrero.
Pero los medios de vida, en la sociedad industrial capitalista, no es el Paraíso en que el único fruto que no se podía comer era el del árbol de la ciencia del bien y del mal (Génesis 2:17). Desde que se lo comieron hay que trabajar (Génesis 3:19). Para tener los frutos hay que labrar la tierra (Génesis 3:23). Los alimentos son productos del trabajo.
Y desde que Dios, siempre inconforme, quiso separar al hombre, no sólo del Paraíso, sino también de la naturaleza, los alimentos se compran en el mercado. Con el salario, que es la forma dinero del trabajo. Los medios de subsistencia son trabajo que se paga con trabajo.
El producto del trabajo del obrero (de la clase obrera) es propiedad privada del capitalista, como lo es el de los medios de subsistencia de la clase de los que trabajan. Todo ello es su capital, el capital de la clase de los capitalistas, con distintas formas: todas las formas de todos los productos. Dado que todos los productos son productos del trabajo que se paga con la forma salario, todo el capital (la propiedad privada) tiene en algún momento la forma salario del trabajo. Y todo salario tiene en algún momento la forma de propiedad privada.
“[…] el salario y la propiedad privada son idénticos […]”[2].
Su distinción deriva de que la actividad del obrero aparece vendida (enajenada) como una cosa separada de él, de su vida, en el contrato de salario. Trabaja para vender, como el comerciante compra para vender. Trabaja para enajenar su trabajo.
Son idénticos “porque el salario –en el que el producto, el objeto de trabajo, remunera el trabajo mismo- no es más que una consecuencia necesaria de la alienación del trabajo, y en el salario el trabajo aparece […] como el sirviente del salario”[3].

Edgardo Logiudice
Julio 2012



[1] MARX, Carlos. El Capital. Crítica de la Economía Política. Buenos Aires, Carrtago,1956. T. II, Pág. 395.

[2] MARX, Carlos. Manuscritos de 1844. Economía política y filosofía. Buenos Aires, 1968, Editorial Arandú, pág. 122.

[3] Íd. Ant.

domingo, 26 de agosto de 2012

Si tuviera un amigo en Carta Abierta


Creo que mi primera pregunta es si creen que están en la clandestinidad, donde es necesario encriptar los mensajes para burlar la censura. Como Gramsci, a quien alguno de ellos solía citar para un uso nacional y popular en los ochenta.
Porque en verdad no entiendo porqué mensajes tan sencillos, como la re-reelección, requieren tantos circunloquios. Para mejor entendernos, con pedos atajados.
Porque no serán precisamente los amigos de Carta Abierta quienes desconozcan el valor de las palabras, es que miento lo formal, que es el estilo. Las espesuras del idioma, quizá.
Porque me parece que el estilo tiene que ver, salvo que uno hable o escriba para sí mismo, con a quién va dirigida la palabra.
De modo que mi segunda pregunta sería por el destinatario de la carta que, siendo abierta podría ser cualquiera. Por ejemplo, yo. Si esto no es muy narcisista, claro.
Entonces le preguntaría a mi amigo si cree que para que yo entienda -porque parece que se trata de eso, de que alguien entienda porqué es necesario cambiar la constitución-, debe decirme que hay que rediseñar las magnas normas.
Pero probablemente la carta no esté dirigida a mí, sino al pueblo del que Carta Abierta forma parte y junto al cual toma la palabra. Pero si es así ¿porqué tantos remilgos?
Quizá no sean necesarios para explicar al pueblo todo lo que se ha ganado y existe el riesgo de perder si no se reforma la constitución para viabilizar la eventual continuidad democrática de liderazgos cuando estos aparecen como condición de esta inédita etapa regional.
Claro que puede ser también que estos amigos se sientan responsables ante el decurso de la historia. Como intelectuales, claro está. Con la función de mantener y ampliar la brecha. Sintagma éste bastante menos rebuscado y suficientemente conocido, al menos por quienes hemos transitado por los caminos de Victorio Codovilla. Que ha tomado su venganza en la vergonzante consigna de apoyar lo positivo y criticar constructivamente lo negativo.
Si así fuere, quizá el discurso estaría dirigido a los gobernantes. Pero eso sería demasiado soberbio, puesto que el proyecto, aunque admite porciones importantes de anomalías, ya tiene su identidad es lo democrático-nacional-popular. Y en todo caso le bastan los consejos de sir Ernst Laclau, que para eso de vez en cuando excursiona a la patria y no se ataja sino que reivindica el populismo con toda valentía. Le basta con el significante vacío y la pensión, nada menos que, británica. Y no tengo porqué suponer soberbia en mis amigos.
No creo que la intención sea convencer a los agentes de la repetición presentes al interior de la alianza electoral triunfante, pues muchos de ellos ya estuvieron convencidos de las reformas constitucionales y las re-reelecciones. Como los hay también fuera de tal alianza, en la oposición que pactó la anterior reforma.
Le preguntaría a mi virtual amigo, entonces, si tratan de influir sobre las izquierdas que no son lúcidas ante la paradoja, porque tal vez necesitaran de la lucidez conque uno de los miembros de Carta Abierta hace un tiempo les fue a hablar. Pero fueron precisamente ellos la víctima de la reforma electoral que dejó a las minorías sin representación, la misma que legítimamente reclaman los amigos para la democracia sindical. Esa sería la paradoja y la lucidez que le aportaría Carta Abierta sería el doble discurso. No puedo pensar que mi presunto amigo sea necio.
En verdad no sé muy bien que otros destinatarios podría tener la carta número doce.
Siempre hay amantes de la retórica, cierto. Pero de este tipo no creo que exista ya ningún viejo balbinista que sepa apreciar su valor.
Cuestión de estilo, quizá. Pero seguro que no es nacional ni popular. Puede que sea el discurso de la democracia posible que precisa de nuevos procedimientos. Para enfrentar al bonapartismo mediático que nos corre por izquierda, con la soja-dependencia y la minería a cielo abierto.
Decía la gente de campo, no del campo, los paisanos vamos, que para que duela hay que pegar en la matadura. Eso lo sabe bien la derecha. No se cura la matadura de la soja abriéndole la puerta a Monsanto, con celebración del Ministro: "Si una tecnología permite producir más en una misma superficie, corresponde pagar por estos beneficios". Para alegría del Ingeniero Huergo, es decir de Clarín.
Es difícil convencer entonces de que los procedimientos de centralidad y revitalización de las instituciones del Estado, la geometría del Estado, garanticen que seamos dueños de las innovaciones tecnológicas.
Le preguntaría a mi amigo si no será que, si el enemigo pega a veces por derecha y a veces por izquierda, tendremos mataduras por ambos lados. Es decir, si el discurso no será doble.
O, para decirlos con las palabras de los intelectuales, no será que la espesura de los hechos no siempre corresponde a la espesura de las palabras. Por ejemplo, des-endeudamiento, autonomía financiera. Con tasas de interés similares a las que paga España y superiores a las que paga Italia, ambas en bancarrota. Eso sí, habiendo cobrado ya los acreedores externos, los que se llevaron los verdes, los contribuyentes nacionales y los jubilados somos ahora los acreedores. Cosa que no puede leerse como que los giles que se quedaron sin garantía son nacionales y populares, claro. Como  tampoco pueden leerse las nacionalizaciones sino como ser libres para formular nuestros planes, no como salvatajes luego de haberse amortizado las "comisiones" de las privatizaciones y agotado las subvenciones.   
No puedo imaginar que me respondería mi amigo y, la verdad, no quiero enemistarme si me vuelve a repetir el mismo discurso de epopeya y la memoria de los setenta, que quedan de este modo banalizadas, bastardeadas. En manos de la política de espectáculo, que mi virtual amigo condena con razón, pero que está en la cúspide del Ejecutivo.
Creo sinceramente, porque debo descontar su buena fe, que discurren para ellos mismos. Para convencerse mutuamente de su autonomía del pensamiento crítico, allí donde no hay más que apología. Que no es la ideología de la falsa conciencia, quizá de la mala.


Edgardo Logiudice
Agosto 25 de 2012   

    

sábado, 18 de agosto de 2012

La propiedad privada no es culpable


Y esos tristes artesanos dolorosos
Que repugnan su sudor en los talleres
Vergonzantes, restringidos como seres
Condenados al corral de los leprosos,
Son los hombres, los patriarcas cuyos besos
Fecundando los pasivos materiales
Depositan en los cofres de los Cresos
La sagrada polución de los caudales.
¿Qué serían…que será de tu progreso
Cuando pierdan toda fe tus sementales?

¡Meditad! Almafuerte.



La propiedad privada aparece como dios, o como el demonio, según que sea propietario o no-propietario. Los dioses y los demonios son apariencias reales para los que participan del juego religioso, a ellos acomodan sus vidas. Tal sucede adecuándose al derecho.
Así para la economía política que criticaba Marx, la propiedad privada era la razón y la causa, por ejemplo, de que los obreros tengan que vender su fuerza de trabajo (que, en realidad es la de su vida). Y así parece.
Pero también parece que Marx dijo lo contrario.
Es porque los obreros actúan como si fueran comerciantes, aunque no lo sepan ni lo digan, que existe la propiedad privada. Cuando perciben el salario actúan como si fueran propietarios de su trabajo, cuando en realidad su capacidad (energía y habilidad) está en manos del que posee sus medios de subsistencia.
Cuando recibe los medios de subsistencia (o las condiciones de vida en general) reconoce a quien se los provee como propietario privado de ellos. Por eso entrega su trabajo en forma de dinero: paga un precio.
Tanto en el contrato de salario como en el de compra de medios de subsistencia las partes aparecen como individuos singulares propietarios privados, libres.
Por supuesto que antes de la forma mercantil de los intercambios había ya propiedad, la propiedad de la tierra de la que provenían los medios de subsistencia. Pero no era propiedad privada, era la simple apropiación física, corporal. No la que se obtiene por un contrato sino la que se conquistaba y se ocupaba. Donde los que trabajaban seguían su suerte. No estaban los “hilos invisibles” de los contratos y el mercado. La apropiación (propiedad) del trabajo y la de la vida del productor no se diferencian. Entre el señor y el siervo no hay intercambio.
Es cuando el trabajador puede vender sus producciones como un mercader, un propietario que intercambia, que aparece la propiedad privada en la relación de trabajo. Cuando en vez de vender su producto, el productor enajena directamente su actividad, aparece el contrato de salario.
Su actividad aparece como un objeto cualquiera, tan separado de su cuerpo un litro de leche que produjera su vaca. El obrero aparece como un mercader de su actividad. Los mercaderes intercambian, compran y venden, por medio de contratos en los que las partes se reconocen propietarios, libres e iguales. El contrato de “venta”, enajenación, de la fuerza de trabajo es el salario, donde el obrero se reconoce propietario libre. 
Cuando, con el desarrollo dominante del capitalismo industrial, se generaliza la producción de mercancías[1], el capitalista es propietario de todos los medios de subsistencia, es esta situación la que obliga al obrero a enajenarse permanentemente. Es decir a darle propiedad de su vida en manos del capitalista la forma de enajenación, venta. Pero la propiedad de su vida aparece como la propiedad privada de los medios de trabajo y de subsistencia. Éstos bajo la forma de dinero. La propiedad privada se transforma en el medio por el cual se enajena el trabajo: el salario.
La propiedad privada no es la razón ni la causa de la enajenación del trabajo. Es la enajenación del trabajo la causa de la propiedad privada.

“Así como vuelve extraña a él su propia actividad, así también le atribuye al extraño, como cosa propia, la actividad que no le pertenece. […] La relación del obrero con respecto al trabajo engendra la relación del capitalista, del dueño del trabajo –cualquiera sea el nombre que se le dé- con respecto a éste. La propiedad privada es, pues, el producto, el resultado, la necesaria consecuencia el trabajo alienado, de la relación exterior del obrero con la naturaleza y consigo mismo. La propiedad privada deriva, pues, del análisis del concepto de trabajo alienado, es decir, de hombre alienado, de trabajo que se ha vuelto extraño, de vida que se ha vuelto extraña, de hombre que se ha vuelto extraño. […[ Pero del análisis de este concepto surge que la propiedad privada, si aparece como la razón, como la causa del trabajo alienado, más bien es una consecuencia de éste, del mismo modo como los dioses no son, en el origen, la causa, sino el efecto de la aberración del entendimiento humano. Más tarde, esta relación se trueca en acción recíproca. Sólo en el punto culminante del desarrollo de la propiedad privada vuelve a aparecer el misterio, que es inherente a ella; a saber: por una parte, que la propiedad privada es el producto del trabajo alienado y, por la otra, que es el medio por el cual el trabajo se aliena: es la realización de esta alienación”[2].


Edgardo Logiudice
Julio 2012


[1] “[…] las mismas circunstancias que determinan la condición fundamental de la producción capitalista- la existencia de una clase obrera asalariada- exigen que toda la producción de mercancías adquiera la forma capitalista. A medida que ésta se desarrolla, descompone y disuelve todas las formas anteriores de producción, que encaminadas preferentemente al consumo directo del producto, sólo convierten en mercancía el sobrante de lo producido. La producción capitalista de mercancías hace de la venta del producto el interés primordial […]”.MARX, Carlos. El Capital. Crítica de la Economía Política. Buenos Aires, 1956, Cartago. T. II, Pág. 35.
[2] MARX, Carlos. Manuscritos de 1844. Economía política y filosofía. Buenos Aires, 1968, Editorial Arandú, págs.120, 121.

martes, 17 de julio de 2012

El trabajo no es una mercancía.


Es para Hegel para quien el trabajo es una mercancía, enajenación como una cosa.

En Marx, los capitalistas mantienen a los obreros. Para ellos se trata de un gasto de conservación y mantenimiento. Es una máquina que le pertenece íntegramente, no sólo las horas de trabajo. Un siervo: instrumentum vocalis (herramienta que habla). Los siervos no venden nada, son vendidos y comprados: una mercancía. El obrero es una mercancía.



Marx critica a Hegel.

“La misión de la historia consiste, pues, una vez que ha desaparecido el más allá de la verdad, en averiguar la verdad del más acá”. En esa verdad del más acá se encuentran el derecho y el Estado: “La crítica del cielo se convierte con ello en la crítica de la tierra, la crítica de la religión en la crítica del derecho, la crítica de la teología en la crítica de la política”[1].

La ciencia del derecho está en Hegel. “En los Anales Franco-Alemanes anuncié la crítica de la ciencia del derecho y de la ciencia política en forma de una crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel.[2]”

1859[3]: “Mi especialidad era la jurisprudencia que, no obstante, estudié como disciplina secundaria, al lado de la filosofía y la historia. En 1842-1843, siendo redactor de la Gaceta Renana […] me vi, por primera vez, en la difícil obligación de opinar sobre los llamados intereses materiales. […] El primer trabajo que emprendí para resolver las dudas que me asaltaban fue una revisión crítica de la Filosofía del Derecho, de Hegel, […].”



Hegel: “Contrato de salario. Enajenación de mi producir o prestar servicio, en la medida que son enajenables, es decir, por un tiempo determinado o con alguna otra limitación.[4]”

“De mis habilidades particulares, corporales o espirituales, de mis posibilidades de actividad puedo enajenar a otro producciones individuales y un uso de ellas limitado en el tiempo, […] Con la enajenación de todo mi tiempo concreto de trabajo y de la totalidad de mi producción, convertiría en propiedad de otro […]  mi personalidad.[5]”

“La esclavitud, la servidumbre, […] son ejemplos de enajenación de la personalidad”[6].

La persona para ser tal debe ser libre y para ello debe ser propietaria[7]. El obrero es propietario de su actividad, por eso la puede vender. Pero no íntegra, porque dejaría de ser propietario y, por lo tanto libre. El obrero es libre porque vende parte de su actividad como una cosa distinta de él. Como si fuera una mercancía.



Marx: “[…] el obrero libre se vende él mismo y, se vende en partes”[8]. Cuando entra a trabajar no deja nada de sí en la casa. Entra íntegramente en la producción.

Marx no habla de persona, “obrero libre”, sino de hombre. Ese hombre no es libre, es una mercancía, una cosa, un instrumento que habla. Y que hay que mantener y conservar.



“La producción produce al hombre no sólo como mercancía, como mercancía humana, el hombre definido como mercancía […]”[9].

“Las necesidades del obrero sólo son para ella […] la necesidad de mantenerlo durante el trabajo, pero de mantenerlo sólo de una manera que impida que la raza de los obreros de extinga. El salario posee, pues, en un todo la significación que la conservación o mantenimiento en servicio de cualquier otro instrumento productivo […] De modo que el salario forma parte de los gastos necesarios del capital y del capitalista […]”[10].

En tanto obrero ese hombre no es libre, no es persona. Porque, para serlo, debería –según Hegel y el derecho – ser propietario de su trabajo y disponer por ello voluntariamente. Pero, como obrero, su actividad es impuesta y el producto no es suyo: “es trabajo forzado”[11].

Un esclavo mantenido con otras formas: “Un aumento del salario […] no sería, por lo tanto, nada más que una mejor retribución de los esclavos […]”[12].

Para vender el trabajo como mercancía hay que ser su propietario de ella. El obrero no lo es, lo aparenta, él es la mercancía. Y el capitalista su propietario. “[…] desde el punto de vista social, la clase obrera, aun fuera del proceso directo de trabajo, es atributo del capital, ni más ni menos que los instrumentos inanimados. […] El cambio constante de patrono y la fictio juris del contrato de trabajo mantienen en pie la apariencia de la libre personalidad”[13].







Edgardo Logiudice

Julio 2012





[1] MARX, Carlos, En torno a la crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel. Introducción, en La Sagrada Familia y otros escritos filosóficos de la primera época, México, 1967, Grijalbo, Pág. 4.
[2] MARX, Carlos. Manuscritos de 1844. Economía política y filosofía. Buenos Aires, 1968, Editorial Arandú, pág. 43.

[3] MARX, Carlos, Contribución a la crítica de la Economía Política, Buenos Aires, 1970, Ediciones Estudio, Págs. 7 y ss.
[4] HEGEL, Georg Wilhelm Friedrich. Principios de la Filosofía del Derecho o Derecho Natural y Ciencia Política, Buenos Aires, 1975, Sudamericana, traducción de Juan Luis Vermal  sobre el texto alemán de J. Hoffmeister; § 80, pág. 116.
[5] Íd. ant. § 67, pág. 101.
[6] Íd. ant. §66. Obs., pág. 100.
[7] Íd. ant. §41,42, pág. 77.
[8] MARX, Carlos. Trabajo asalariado y capital. En MARX, Carlos; ENGELS, Federico; Obras Escogidas, Buenos Aires, 1957, Cartago,  pág. 49.
[9] MARX, Carlos. Manuscritos de 1844. Economía política y filosofía. Segundo Manuscrito. Op.cit. pág. 129.
[10] Íd. ant., Pág. 128.
[11] Íd. ant., Primer manuscrito. Pág. 113.
[12] Íd. Ant. Pág. 122.
[13] MARX, Carlos. El Capital. Crítica de la Economía Política. Buenos Aires, 1956, Editorial Cartago, Tomo I, Págs. 462, 463.

viernes, 13 de julio de 2012

El capitalista industrial es un laburante.


“Frente al capitalista dueño del dinero, el capitalista industrial es un obrero […]”[1].

“El capitalista industrial […] no aparece […] sino como funcionario […] como simple exponente del proceso de trabajo en general, como obrero y, concretamente, como el obrero asalariado”[2]. [Subr. EL]



Explotar también es un trabajo.



El “proceso de explotación aparece aquí como un simple proceso de trabajo, con la diferencia de que el capitalista en activo realiza un trabajo distinto al de los obreros. Por donde se identifican como dos modalidades de trabajo el trabajo de explotación y el trabajo explotado. El trabajo de explotación es trabajo exactamente lo mismo que el trabajo al que se explota”[3]. [Subr. EL]



Finalmente nos dice que si el capitalista industrial trabaja recibe un salario.



“El salario que reclama y percibe [el capitalista industrial] por este trabajo equivale a la cantidad de trabajo ajeno que expropia, […] siempre y cuando que se someta al necesario esfuerzo de la explotación […]”[4]. [Subr. EL]



¿Es el suyo, como el del obrero, trabajo alienado?



En la relación del capitalista industrial o “activo” frente al prestamista, dice Marx: “Es en el capital a interés donde la relación de capital cobra su forma más externa y más fetichista”[5].  Lo que en la vieja traducción de Wenceslao Roces es la “forma más externa”, aparece en otras como “la más enajenada”[6]. 



Si esto es así, entonces un capitalista industrial es un hombre  que trabaja como cualquier obrero, “percibe” un salario y su trabajo es un trabajo alienado.

Su función es la de explotar. “El capital a interés es el capital como propiedad frente al capital como función”[7].

“La explotación del trabajo productivo cuesta un esfuerzo, lo mismo si corre directamente a cargo del capitalista que si se efectúa por otro en su nombre. Por oposición al interés, la ganancia del empresario aparece pues, ante él como algo independiente de la propiedad del capital, y más bien como resultado de sus funciones de no propietario, de obrero”[8].

Trabaja de capanga del obraje, capo del Lager.







Edgardo Logiudice

Julio 2012





[1] MARX, Carlos. El Capital. Crítica de la Economía Política. Buenos Aires, 1956, Editorial Cartago, Tomo III, pág. 350.
[2] Id.Ant. Pág. 346
[3] Ibid. Pág. 347.
[4] Ibid. Pág. 351.
[5] Ibid. Pág. 354.
[6] En la edición de Siglo XXI, 1983, Vol.7, pág. 499.
[7] MARX, Carlos. El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo III. Op. Cit. Pág. 344.
[8] Íd. Ant. Pág. 345.

jueves, 12 de julio de 2012

El obrero no vende su fuerza de trabajo.


Decía Marx en 1847[1]: “¿Qué es el salario? […] al parecer, el capitalista les compra a los obreros su trabajo con dinero. Ellos le venden por dinero su trabajo. Pero esto no es más que la apariencia. […] Con el mismo dinero […] el capitalista podía haber comprado dos libras de azúcar o una determinada cantidad de otra mercancía. […] Al entregarle dos marcos, el capitalista le entrega, a cambio de su jornada de trabajo, la cantidad correspondiente de carne, de ropa de leña, de luz, etc. […] el capitalista no paga este salario del dinero que ha de obtener […] sino de un fondo de dinero que tiene de reserva. […] Por tanto, el salario no es la parte del obrero en la mercancía que él produce. El salario es la parte de la mercancía ya existente, con la que el capitalista compra una determinada cantidad de fuerza de trabajo productiva. […]. [El obrero] no pertenece a tal o cual capitalista, sino a la clase capitalista en conjunto […].”

Resumiendo el salario aparece como un contrato de compraventa del trabajo, pero se trata de una apariencia: el precio del trabajo no es otra cosa que las mercancías para el consumo de subsistencia, que ya están en manos de la clase capitalista industrial. Por lo tanto el obrero pertenece desde el vamos a la clase capitalista.

“[…] desde el punto de vista social, la clase obrera, aun fuera del proceso directo de trabajo, es atributo del capital, ni más ni menos que los instrumentos inanimados. Hasta su consumo individual es, dentro de ciertos límites, un mero factor en el proceso de reproducción del capital. […] El cambio constante de patrono y la fictio juris del contrato de trabajo mantienen en pie la apariencia de la libre personalidad”[2].







Edgardo Logiudice

Julio 2012





[1] MARX, Carlos. Trabajo asalariado y capital. En MARX, Carlos; ENGELS, Federico; Obras Escogidas, Buenos Aires, 1957, Cartago. Págs. 48, 49, 50.
[2] MARX, Carlos. El Capital. Crítica de la Economía Política. Buenos Aires, 1956, Editorial Cartago, Tomo I, Págs. 462, 463.