viernes, 6 de mayo de 2011

¿Matriz gramsciana para un abordaje de la/s ideología/s?

“En este mundo enajenado de la producción por la producción el consumismo industrialmente inducido altera la conducta de las personas. Tiene incluso sus ideólogos, los ideólogos del hedonismo, que en realidad es sumisión esclava al imperativo de consumir, psicopatía de necesidades posesorias, infelicidad del no comprar y del haber comprado cosas que resultan innecesarias desde el instante mismo de su adquisición. El consumismo se compone de actos que ocultamente mantienen y confirman las relaciones sociales tal como son”.
(Capella, 2007,109).



Presentación.

Lo que sigue no es una reconstrucción filológica o exegética de los textos de Gramsci sobre el tema. Sólo pretende ser un intento de construcción asentada en elementos presentes en los problemas que aquél abordó. Por ello mi trabajo consistirá en afrontar esos textos desde la enunciación de algunas hipótesis que, quizá, los hagan productivos frente a cuestiones que Gramsci no se planteó, ni se podía plantear entonces.
Gramsci, entre guerras, prisionero, se hallaba frente al fordismo, en una Italia aun campesina y católica, debatiendo con el estalinismo práctico y “teórico”. Hoy nos hallamos frente a otra barbarie, entre el “tiempo del consumo” y las hambrunas y el “estado de excepción”[1].
Trato sólo de ensayar materiales, sin tratar tampoco de un uso ad hoc de textos litúrgicos. El objeto es intentar generar otros instrumentos aptos para la crítica de las ideologías hegemónicas a-críticas y entrever otras probables.
Porque no intento hacer una exégesis, no buscaré en los textos una “definición” de ideología que, por lo demás, no creo que sea probable hallar. Gramsci utiliza la expresión con acepciones oscilantes y, creo, que esas oscilaciones abren, precisamente, la posibilidad de concebir una matriz para abordar la cuestión. Cuando hablo de matriz gramsciana lo hago en un sentido “orgánico”, no de impresión mecánica.

Mi trabajo, dado el objetivo impuesto, es también limitado. Se asienta exclusivamente en la lectura de las dos investigaciones críticas que efectuó Gramsci explícitamente de la obra de Benedetto Croce y del “Ensayo Popular” de Bujarin, que conforman el núcleo de lo que en la clásica edición togliatana es conocido como “El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce”. Dado que es probable que esta edición esté más al alcance del lector, las referencias bibliográficas, en lo posible se remitirán tanto a ella como a la edición mexicana de los “Cuadernos de la cárcel” de la versión original de Valentino Gerratana[2].
Esta limitación supone eludir deliberadamente los obstáculos de las diversas re-escrituras de algunos textos y sus correspondientes dataciones.

Mis preguntas son: ¿Se puede elaborar, desde una matriz gramsciana, un concepto operativo de ideología, una herramienta conceptual, para distinguir críticamente los caracteres ideológicos de una concepción del mundo?  Con un concepto tal ¿se pueden enunciar hipótesis acerca de probables resistencias, también ideológicas, a las ideologías hoy hegemónicas, que sean potencialmente estructurantes de otras relaciones sociales?
Mi hipótesis es podemos hallar al menos algunas pistas para argumentar alguna respuesta afirmativa.


Distinción metódica y unidad orgánica.

No es la primera vez que traduzco para mí (es decir que me apropio, “a mi manera”) de las reflexiones de Giuseppe Prestipino, tal como él se ha apropiado de las de Gramsci.
Sostiene en un último libro que, para el Marx de la Introducción de 1857 y de las Palabras finales a la segunda edición alemana de El Capital, la abstracción inviste legítimamente el campo específico de la exposición científica en su distinguirse del campo preparatorio de la investigación. “La investigación parte de lo concreto-real; pero toda rigurosa exposición científica explica lo concreto-real a partir de lo abstracto-conceptual, o retorna a lo concreto (en cuanto él, únicamente, se ha reconocido como real) en virtud de un procedimiento metódico-cognoscitivo apoyado sobre la abstracción únicamente, o unívocamente, pensada”.
Allí mismo agrega: “También para Gramsci, real es lo concreto histórico; pero nuestra plena comprensión teórico-analítica de lo concreto histórico es una comprensión filosófica que en cambio abstrae, ya sea unificando lo diverso o diversificando una realidad histórica indivisa, como él declara en un pasaje famoso. Lo indiviso real es llamado por él "orgánico", como una metáfora biológica […]. Ciertamente sugerido por Croce (por el concepto de filosofía como "momento metodológico" de la historiografía) es en cambio el concepto gramsciano de la filosofía como una analítica método-lógica de la historia. La dialéctica es el método de aquél conocer filosófico-abstracto, que tiene su fundamento real en lo concreto histórico” (Prestipino, 2008,54).
Mi traducción de estos párrafos campeará sobre la lectura de Gramsci en este trabajo.
Buscaré las distinciones en el momento de las generalizaciones abstractas y los vínculos entre sus elementos en las singularidades de la unidad orgánica. Ello supone una especie de topografía sincrónica (analítica) como momentos de un bloque histórico en proceso (diacrónico).



Las distinciones.

Creo que, respecto a la filosofía, la ciencia, la religión y el sentido común, como nociones claramente diversas para Gramsci, debemos tener presente en ellas otra noción genérica, conceptualmente totalizadora. Noción definitoria de su filosofía o, si se quiere, de su traducción del pensamiento de Marx y de Engels, que es la de unidad orgánica, como un estado práctico de inseparabilidad de estructuras y superestructuras, en permanente transformación cuya “materialidad” es siempre singular, pero siempre vinculada, unida. Entiendo que éste es el rasgo definitorio de su “filosofía de la praxis”,  donde la praxis incluye siempre el momento gnoseológico (a) y las distinciones son el producto del conocimiento, del método, también como un hacer del que resultan las distinciones. Praxis, unidad orgánica y método. En el método, el hacer gnoseológico se ubica el lugar de las abstracciones, de los “colectivos” (b). (C, 146, 247)
Quiero insistir en esto. La filosofía de la praxis es ella misma una praxis, es decir una filosofía deliberadamente concebida como transformación, como un hacer social y, al mismo tiempo, sobre sí misma. Me parece que esa es la razón por la cual Gramsci insiste en que la filosofía es historia (c). Si esto es así, entonces no puede concebirse sino como ella misma historizada y, por lo tanto, sujeta permanentemente a crítica (d). (C, 246, 151)
De modo que, entonces, las distinciones, lo discreto hallable en la filosofía, la ciencia, la religión y la ideología, como resultado de las abstracciones del momento gnoseológico (preferiría decir epistemológico) no son sino también momentos de la unidad orgánica. Es decir, la unidad del bloque histórico, mirado en su aspecto de concepción del mundo. El “denominador común” de la filosofía, la religión, la ideología y la ciencia es, precisamente, el constituir una visión del mundo.
Pero esa visión del mundo también es una abstracción, un constructo, que no puede estar constituido sino por singularidades: no hay una sola filosofía, no hay una sola religión, no hay una sola ciencia, no hay una sola ideología. Siendo todas, no obstante, “visiones del mundo”. 
Distinguirlas entre ellas y “al interior” de ellas no puede ser, entonces, más que obra de un operar metódico, analítico, sujeto a una concepción orgánica.

Con estos recaudos es que trataré de bucear en las distinciones, en las diversidades conceptuales que, entiendo, maneja Gramsci en los textos aludidos.
Una primera distinción aparece entre lo culto y lo vulgar. Lo culto implica un alto grado de intelectualidad, de elaboración específica.
La filosofía de los filósofos se distingue de la filosofía vulgar, del folklore. La religión de la alta cultura (la teología, o la religión oficial) se distingue de la religión de las masas. Sin embargo filosofía vulgar y religión conviven en el sentido común y la filosofía vulgar se origina y está aun, en la mirada de Gramsci en la Italia de los años 30, grávida de religión. Por otro lado, de distintas maneras, tanto la filosofía de los filósofos como la religión del clero se vinculan con el sentido común donde “residen” las religiones de las masas y el folklore.  El resultado es que, en este estadio, debemos abandonar también ya la abstracción “sentido común”, para concebir distintas “combinaciones”, es decir, en plural, sentido comunes (e). (C, 151)  
Dejo aquí, por razones expositivas, deliberadamente de lado las ciencias y las ideologías. 
Una segunda distinción se puede encontrar referida a las prácticas específicas, a los elementos “ideales”, la intelectualidad, de esa “alta cultura” de la filosofía de los filósofos y el clero, en relación a las creencias populares o vulgares (f). (C, 247)
Vinculada a ésta se puede hablar de una tercera distinción. Se trata de los caracteres de las prácticas específicas o la especificación práctica de la intelectualidad y las creencias: la coherencia y la crítica en la primera y la disgregación y la fe las segundas (g). (C, 251, MH, 12)
Pero esta distinción contiene una más “refinada” distinción gnoseológica, la de la abstracción de la que se valen la crítica y la coherencia (entre ellas la lógica formal), y la experiencia, el “experimentalismo” residente en el sentido común, que conforma el “buen sentido” (h).

Podríamos decir que hasta aquí sólo tenemos una descripción topográfica, sincrónica, de las distinciones gramscianas.  Pero, aun en este terreno, es necesario acercarse, ya que se trata de praxis y transformación, al elemento temporal, diacrónico, al hacer, que no es otro que el hacer humano, los haceres humanos.  Esto es, las prácticas sociales, las conductas.
Podríamos decir que las referencias de Gramsci a las conductas se vinculan necesariamente a la política. A la transformación, en la unidad orgánica siempre, de “ideas” en conductas, en normas de conducta, en moral.
Cuando la filosofía y la religión van unidas a normas de conducta, la filosofía y la religión son política (i). La filosofía y la religión son política en cuanto normas de conducta de las masas. (C, 162, 247)
Dejo por el momento de lado deliberadamente, la consideración de las ciencias  y de las ideologías en relación a la política, por razones expositivas. Me parece necesario aun detenernos en algunas otras distinciones.

Ciencias y filosofía.

La ciencia, en realidad las ciencias, aparecen como un tipo de trabajo “intelectual” específico, con un rasgo común con la filosofía “superior”, la crítica (j). Sin embargo, a diferencia de ella, no aparece como política, como cuando a la filosofía se le une una norma de conducta. Por el contrario, si se espera demasiado de la ciencia se la concibe como una hechicería superior (k). Si puede, y de hecho aparece siempre revestida de una ideología, ésta puede separarse fácilmente de los métodos científicos mediante el mismo proceso de abstracciones propio de la metodología científica misma (l). (C, 268, 309, 310)
Tal parece que para Gramsci las ciencias no pueden proveer una concepción del mundo que devenga creencias populares que tengan energía “material” transformadora.
Es que “colocar la ciencia en la base de la vida, hacer de la ciencia la concepción del mundo por excelencia, la que limpia los ojos de toda ilusión ideológica” no tiene nada que ver con la filosofía de la praxis (ll). Una cosa son los métodos científicos y otra cosa es su papel en relación a las estructuras. (C, 309, 310, MH 63)
Veamos, entonces, los caracteres e instrumentos de ese trabajo científico, que puede estar revestido de ideología, que puede (socialmente) ser una ideología .La ciencia es también una superestructura, una ideología, pero que no se confunde con ella (ll).
Las ciencias constituyen trabajos, prácticas, específicas de conocimiento. Sus procedimientos están sujetos a verificación, permanentemente sujetos a crítica. Es decir, sus logros son provisionales frente a los métodos del pensamiento lógico y los resultados de sus instrumentos de experimentación (m). (C, 307, 308, 309, MH, 62, 144)

Señalaré, entonces aquí, brevemente, dos puntos de contacto de las ciencias con la filosofía.
Uno es, ya lo dijimos, el carácter crítico. Gramsci sostiene, lo veremos más adelante, que los elementos del sentido común (que pueden contener “supersticiones científicas”) son “acríticos” y, por lo tanto, la filosofía de la praxis debe “criticarlos científicamente” (n). Esta misma expresión nos está indicando que, además la filosofía comparte el método científico, el otro punto de contacto. No se trata ya, como en las ciencias, de métodos determinados, sino de un método (con los caracteres del método científico) en general (ñ).  (C, 261, 262, MH, 127,144)
No son las ciencias, entonces, las que deben criticar el sentido común (y las religiones), sino la filosofía. Tampoco los trabajos científicos, como tales, pueden constituir parte del sentido común. Agregaré aquí simplemente que un carácter del sentido común es la certeza que le llega a éste desde la fe religiosa. El trabajo científico es, como lo vimos, siempre provisorio, jamás puede constituir una certeza. Si esto es así, tampoco puede indicar, en el sentido común, una norma de conducta y, por lo tanto, no puede ser no sólo una concepción de la vida, sino tampoco, política.
El límite de la relevancia de las ciencias en el orden de las normas de conducta y su imposibilidad como concepción del mundo, nos señala entonces su distinción, su “diferencia específica” con lo que pretende estar unido orgánicamente en virtud del carácter abstracto común de la crítica y la coherencia. Este querer estar unido orgánicamente es lo que reviste al trabajo científico de ideología. Es Bujarin a quien reprocha cuando enumera todo lo que no es un hombre de ciencia, es a Bujarin a quien reprocha pretender una concepción del mundo libre de toda ilusión ideológica. Y es a Bujarin a quien reprocha el craso materialismo, el materialismo sensorial de origen religioso.
Es a Bujarin, en fin, a quien reprocha que, queriendo poner la ciencia en el lugar de la filosofía, convierte a ésta en una mera ideología, en el sentido peyorativo de la palabra.
Creo que esto nos da ya una pista sobre el espacio de la ideología, en su distinción conceptual y de las ideologías en su unidad orgánica en el sentido común.


Religión y sentido común.

La fe parece ser el elemento caracterizante de la religión, sin embargo el sentido común que la contiene (o las contiene) no se identifica con ella[3]. De ellas (y no solamente de una) recibe la fe como certezas (o). (C, 261, 262, MH, 126,127)
Esto nos despeja, en el ámbito conceptual, cualquier compatibilidad de ambos con las ciencias: en las ciencias no hay certezas, sus resultados estará siempre sujetos a verificación y serán provisorios.
Esto no significa que su incompatibilidad conceptual no halle formas de operar en la unidad orgánica que conforma un bloque histórico. Gramsci utiliza la expresión “combinación ideológica” para referirse a formas diversas de variaciones históricas en la filosofía de los filósofos, en la cultura filosófica de los grupos dirigentes o en las religiones de grandes masas. Dijimos que filosofía y ciencias tenían en común los elementos de crítica y coherencia, entonces es probable que, al menos esos elementos, se “combinen” en formas de ideologías, con distintas religiones. “Las masas, en cuanto tales, sólo pueden vivir la filosofía como una fe”.

Pero vayamos a la religión. Dijimos que teníamos acá también un arriba y un abajo, la religión de “los intelectuales” y la de las “almas simples”. La crítica corrosiva de las transformaciones en la sociedad civil tiende a la separación, en la unidad orgánica del bloque, de ambos espacios religiosos (p). El modo de evitar esa separación, dice Gramsci, ha sido la estrategia de los jesuitas, de “dar ciertas satisfacciones a las exigencias de la ciencia y la filosofía”. Es decir una forma de “composición” hibridando la fe con la crítica. Gramsci opone la racionalidad a la “intelectualidad superior” y, en algunos casos, asocia la fe a la irracionalidad. La hibridez correspondería también, entonces, a la racionalidad y la fe. Y esta composición, esta hibridación sería una de aquellas combinaciones ideológicas. Quizá hallemos aquí otra pista de la ideología. (C, 249)


La/s ideología/s.

Más arriba he despejado las ciencias de nuestra problemática, la primera vez por razones de índole expositiva, la segunda – dije – porque Gramsci se opone a concebir que la ciencia pueda constituir una visión del mundo. Razón por la cual no vincula la ciencia a la política como norma de conducta. Sin embargo ahora debo recordar aquí aquellos caracteres comunes de las ciencias con la filosofía: crítica y coherencia.
También por razones expositivas eludí referirme especialmente a la ideología y dije también que no encontraba que Gramsci hiciese de ella caracterizaciones tales como las que hace con la filosofía, las ciencias, la religión y el sentido común.
Sin embargo la ideología se vincula, no podía ser de otro modo, a todas ellas.
Respecto a la o las ideologías, Gramsci no distingue entre la alta ideología y las ideologías vulgares, a diferencia de lo que hace con la filosofía y la religión.
No aparece en ellas tampoco los caracteres coherencia/crítica (de la filosofía y las ciencias) ni disgregación (inconexión)/fe (de la religión y el sentido común).
Distingue sí, entre ideologías arbitrarias o individuales e ideologías orgánicas (q). (C, 249, C[4], 159, MH, 56, 57, 12,)
A las primeras no les atribuye relevancia política, sino, en todo caso, gnoseológica: son como el error que se contrapone a la verdad y la reafirma. A las segundas le atribuye un valor más que político, un valor histórico: son aquéllas históricamente necesarias, que organizan a las masas, que constituyen el terreno en el que los hombres se mueven. Las que, en definitiva “cementan” el bloque histórico (r). “Entran” en el sentido común como una “combinación ideológica” no sin resistencias ni contradicciones. Pero esto lo dejaré para más adelante. (C, 190)
El trabajo, la praxis ideológica (en particular, precisamente de la filosofía de la praxis) aparece frecuentemente con un valor “instrumental”: un ejercicio deliberado asentado en aparatos, en prácticas organizadas (s). Se trata de las “ideologías políticas”, es decir las que están vinculadas a la generación de normas de conducta. Pero esto mismo nos hace suponer que se puede establecer una distinción no expresa entre ellas y las que ya forman una combinación en el sentido común o, si se quiere, en la “sociedad civil”. (C, 130,131, 162, 200,201, 328, MH, 245)
Pero volvamos un momento a los caracteres “gnoseológicos” probables de esa práctica, sea individual (“arbitraria”, inmediata) u orgánica (requeridas por una cierta estructura), políticas (cuando se asocian a normas de conducta) o “combinadas” en el sentido común.
Históricamente, señala Gramsci, ideología ha pasado a significar un “sistema de ideas”. Su origen era el de “ciencia de las ideas”, producto del sensualismo del materialismo francés del siglo XVIII que, poseedor del método analítico, que buscando el origen de las ideas las descomponía en sensaciones. Pero, señalaba Gramsci, ese sensualismo no tenía demasiada dificultad en asociarse a la fe religiosa, a las creencias más extremas (t). Podríamos decir, entonces que estamos en el origen en un momento histórico en que un una filosofía, que pretendía ser ciencia (de las ideas), limitada en su  método adopta un materialismo sensualista, limitado, y por lo tanto compatible con el materialismo de las religiones (el materialismo que ni siquiera duda de un mundo exterior provisto por Dios). Hibridez, entonces, de pretendida ciencia y creencias (fe), en el origen de la ideología. (C, 335,336, MH, 55)
Quiero demostrar acá que ese punto de partida histórico deviene luego resultado sobre las nuevas bases desarrolladas de las ciencias, donde las ideologías no son sino un híbrido, como resultante histórica de la oposición/convivencia de dos formas de producción de conocimiento.
Dije que la filosofía comparte con la ciencia la rigurosidad, la coherencia y la crítica. La ideología como sistema de ideas no puede ser sino también una práctica específica, a la que Gramsci da un valor instrumental en relación a la filosofía, pero cuya distinción supone al mismo tiempo una unidad orgánica. Si esto es así, entonces no es demasiado arriesgar si pensamos que la ideología “acarreará” aquellos mismos caracteres. Sin embargo, desde este ángulo “gnoseológico” no hallamos razón para que, dado que su “fin” es constituir a la filosofía en sentido común, pierda en el camino, sino por el contrario que “busque” lo que en aquél haya de sensualismo y de fe a-crítica, certeza: la certeza de las creencias, que es donde residirá su carácter de fuerza “material”. En el sentido común, precisamente, se halla el sensualismo, el materialismo craso, el “experimentalismo” que, sin embargo, provee un buen sentido (u). (C, 165, 212, 249, 251, 264, MH, 11, 12, 30, 129)
Estos núcleos de buen sentido en las combinaciones ideológicas son los que ofrecen resistencias a las ideologías no orgánicas, arbitrarias. Son los mismos que, en sus prácticas, pueden apropiarse de los resultados del trabajo científico, sin las ideologías de que éstos pueden estar revestidos (v). (C, 252, 270, 310, 334, MH, 12, 21, 56, 57, 64)
Este mismo buen sentido inclusive puede preceder a las propias filosofías: los movimientos heréticos no sólo ofrecieron resistencia a la religión del clero, sino que transformaron la propia religión, al punto de obligarla a incorporar las propias prácticas científicas.
Es en este punto, en la praxis, en la historia, donde conviven los elementos de crítica y de fe. A veces en forma de opuestos antagónicos, excluyéndose pero nunca en forma absoluta, ya que los opuestos también lo son en la unidad del bloque, otras como complementarios, como conciliación en forma de hegemonía o de imposición. Esa tensa convivencia es la que se expresa en el carácter ambiguo de la ideología en el ámbito epistemológico: la alusión y la elusión, el reconocimiento y el desconocimiento. La visión del mundo hegemónica, para mantener su hegemonía debe reabsorber las críticas del buen sentido, debe reconocerlas, aludirlas. Conciliar los intereses (x). Pero para conciliar debe eludir, desconocer la oposición. Es éste un aspecto del transformismo y de la revolución pasiva. He ahí el carácter político de las ideologías, no necesariamente inserto en los aparatos institucionalmente organizados. Para que sea política es suficiente que se asocie a normas de conducta. Superestructuras, para Gramsci, no significan instituciones: superestructuras son las ideologías (w). Las ciencias son superestructuras, como ideologías son las religiones, como lo son las que están implícitas en las artes, el derecho. (C,  185)



Ideologías resistentes.

Si las ideologías son instrumentos de la filosofía para convertirse en sentido común ¿porqué no habrían de ser instrumentos de las resistencias del buen sentido que, además, puede apropiarse de los resultados científicos?
El sentido común es, para Gramsci, conservador, más no dice lo mismo del buen sentido que se funda en la experiencia de las masas, que hace su crítica práctica ofreciendo resistencia y que es capaz de incorporar la crítica de las ciencias, aunque éstas nunca pueda constituir, como tales, una visión del mundo.
Los resultados de las ciencias pueden devenir creencias. Los “simples” pueden creer, tener certezas, que son en realidad resultados de la crítica. Conviven socialmente (orgánicamente), entonces, la crítica y la fe. Los simples pueden estar “fuera” de las superestructuras institucionalizadas, pero no están fuera de las ideologías que, para Gramsci son superestructuras. Sólo que sus núcleos de buen sentido asociados a la crítica, para que su resistencia sea eficaz, requieren creencias suficientemente sólidas para darle carácter imperativo a nuevas normas de conducta (y).  (C, 264, 265)
La crítica y la coherencia en el trabajo científico devienen método general en la filosofía de la praxis. La provisionalidad presupuesta de los conocimientos científicos define el papel de las previsiones en la filosofía: siendo esta también una práctica, no puede prescindir de considerar la intervención del hacer humano en la operatividad de las previsiones. Definidas las cosas así, esa operatividad no puede ser sino ideológica, pero donde la fe del sentido común sea terreno e instrumento de la crítica. El humus donde las semillas críticas germinen generando nuevas visiones del mundo asentadas, en una unidad orgánica, en normas de conducta. No me parece que sea otra cosa lo ético-político en la filosofía de la praxis. Nuevos movimientos heréticos que, como los originarios, nazcan y atiendan a las necesidades y deseos de los simples, sólo que criticando todas las biblias y todas las predestinaciones.

Edgardo Logiudice
Junio 2008.


Bibliografía.

Capella, Juan-Ramón, (2007): Entrada en la barbarie, Madrid,  Ed.Trotta,  251 Págs.
Gramsci, Antonio, (1984): El materialismo histórico y la filosofía de Benedeto Croce, Buenos Aires, Nueva Visión, 275 Págs.
Gramsci, Antonio, (1988): Cuadernos de la cárcel, Vol. 4. México, Ed. Era, 480 Págs.
Gramsci, Antonio, (1984): Cuadernos de la cárcel, Vol. 3. México, Ed. Era, 505 Págs.
Prestipino, Giuseppe (2008): Gramsci vivo e il nostro tempo, Alessandria, Edizioni Punto Rosso, 240 Págs.
Prestipino, Giuseppe (2006): Tre voci nel deserto. Vico, Leopardi, Gramsci per una nuova logica storica, Roma, Carocci, 221 Págs.




Apéndice.

Gramsci, Antonio. (1986) Cuadernos de la cárcel, Ediciones Era, México. 
Tomo 4. 480 Págs.

Cuaderno 10 (XXXIII) 1932-1935. La filosofía de Benedetto Croce.

(s1) “Pero se constituyó una corriente y un partido que se llamó específicamente liberal, que de la posición especulativa y contemplativa de la filosofía hegeliana hizo una ideología política inmediata, un instrumento práctico de dominio y de hegemonía social, un medio de conservación de instituciones políticas y económicas particulares fundadas en el curso de la Revolución Francesa […] Esta ha sido la religión para un pequeño número de intelectuales; en las masas se ha presentado como elemento constitutivo de una combinación o liga ideológicas, de la que era parte predominante la vieja religión católica […] Me parece que Croce no consigue, ni siquiera desde su punto de vista, mantener la distinción entre «filosofía» o «ideología», entre «religión» y «superstición» […]. Cree tratar de una filosofía y trata de una ideología, cree tratar de una religión y trata de una superstición […]”. (130-131)

(a) “La proposición […] de que los hombre toman conciencia de los conflictos de estructura en el terreno de las ideologías, debe ser considerada como una afirmación de valor gnoseológico y no puramente psicológico o moral. […] La realización de un aparato hegemónico, en cuanto que crea un nuevo terreno ideológico, determina una reforma de las conciencias y de los métodos de conocimiento, es un hecho de conocimiento, un hecho filosófico. Con lenguaje crociano: cuando se consigue introducir una nueva moral conforme a una nueva concepción del mundo, se acaba por introducir también tal concepción, o sea que se determina toda una reforma filosófica”. (146)

“Aceptada la definición que B.Croce da a la religión, o sea de una concepción del mundo que se ha convertido en una norma de vida […] la historia de la filosofía de los filósofos, es la historia de las tentativas y de las iniciativas ideológicas de una determinada clase de personas para cambiar, corregir, perfeccionar las concepciones del mundo existentes […] y por lo tanto para cambiar las correspondientes y relativas normas de conducta, o sea para cambiar la actividad práctica en su conjunto”. (150)

(c) “La filosofía de una época histórica no es, pues, más que la «historia» de esa misma época, no es más que la masa de variaciones que el grupo de dirigentes ha logrado determinar en la realidad precedente: historia y filosofía son inescindibles en ese sentido, forman un «bloque».  (e) Pueden, sin embargo, ser «distintos» los elementos filosóficos propiamente dichos, y en todos sus diversos grados: como filosofía de los filósofos, como concepción de los grupos dirigentes (cultura filosófica) y como religiones de las grandes masas, y ver cómo en cada uno de estos grados hay que vérselas con formas distintas de «combinación» ideológica”. (151)

“En la discusión científica, como se supone que el interés es la búsqueda de la verdad y el progreso de la ciencia […] comprender y evaluar realistamente la posición y las razones del adversario (y a veces es adversario todo el pensamiento pasado) significa haberse liberado de la prisión de las ideologías (en sentido peyorativo, de ciego fanatismo ideológico), o sea ponerse en un punto de vista «crítico», el único fecundo en la investigación científica”. (157)


(i1) “Si por religión se ha de entender una concepción del mundo (una filosofía) con una norma de conducta correspondiente, ¿qué diferencia puede existir entre religión e ideología ((s2) o instrumento de acción) y en último análisis, entre ideología y filosofía? ¿Existe o puede existir filosofía sin una voluntad moral correspondiente? Los dos aspectos de la religiosidad, la filosofía y la norma de conducta ¿pueden concebirse como disociados? Y si la filosofía y la moral son siempre unitarias, ¿por qué la filosofía debe ser lógicamente anterior a la práctica y no viceversa? (162)

(u1)“ Si la filosofía es historia de la filosofía, si la filosofía es «historia», […] está claro que trabajando prácticamente en hacer historia, se hace también filosofía «implícita», que será «explícita» en cuanto los filósofos la elaboren coherentemente, se suscitan problemas de conocimiento que además de la forma «práctica» de solución encontrarán, tarde o temprano, la forma teórica por obra de los especialistas, después de haber inmediatamente encontrado la forma ingenua del sentido común popular, o sea de los agentes prácticos de las transformaciones históricas.” (165)

“La teoría de las superestructuras no es más que la solución filosófica e histórica del idealismo subjetivista. Junto a la doctrina del origen práctico del error debe situarse la teoría de las ideologías políticas explicada por Croce en su significado de instrumentos prácticos de acción: (w) ¿pero donde hallar el límite entre lo que debe ser entendido como ideología en el sentido estricto crociano y la ideología en el sentido de la filosofía de la praxis, o sea todo el conjunto de las superestructuras?  (185)


(r) “Se plantea el problema de […] quien tiene más importancia desde el punto de vista de la hegemonía, como ordenador de la ideología que da el cemento más íntimo a la sociedad civil y por lo tanto al Estado […]”  (190)

(s3) “La doctrina de Croce sobre las ideologías políticas es de muy evidente derivación de la filosofía de la praxis: estas son construcciones prácticas, instrumentos de acción política, […]. Para la filosofía de la praxis las ideologías son todo lo contrario de arbitrarias; son hechos históricos reales […]. (x) Hay sin embargo una diferencia fundamental entre la filosofía de la praxis y las otras filosofías: las otras ideologías son creaciones inorgánicas porque son contradictorias, porque se orientan a conciliar intereses opuestos y contradictorios […]. La crítica de las ideologías, en la filosofía de la praxis, afecta al conjunto de las superestructuras […].”  (200, 201)


(u2) “¿en que consiste exactamente el mérito de  lo que suele llamarse «sentido común» o «buen sentido»? No solamente en el hecho de que, aunque sea implícitamente, el sentido común emplea el principio de causalidad, sino en el hecho mucho más restringido de que en una serie de juicios el sentido común identifica la causa exacta, simple y a la mano, y no se deja desviar por fantasías y oscuridades metafísicas, seudo-profundas, seudo-científicas, etcétera. El «sentido común» no podía dejar de ser exaltado en los siglos XVII y XVIII, cuando se reaccionó contra el principio de autoridad representado por la Biblia y Aristóteles: se descubrió que en el «sentido común» había cierta dosis de «experimentalismo» y de observación directa de la realidad, aunque empírica y limitada”.  (212)







Cuaderno 11 (XVIII) 1932-1933. <Introducción al estudio de la filosofía>

Apuntes para una introducción y una iniciación en el estudio de la filosofía y de la historia de la cultura.

«Por lo tanto, hay que demostrar preliminarmente que todos los hombres son "filósofos", definiendo los límites y las características de esta "filosofía espontánea", propia de "todo el mundo", esto es de la filosofía que está contenida: 1) en el lenguaje mismo, que es un conjunto de nociones y conceptos determinados, y no solamente las palabras gramaticalmente vacías de contenido; 2) en el sentido común y buen sentido; 3) en la religión popular y por lo tanto en todo el sistema de creencias, supersticiones, opiniones, modos de ver y de actuar que se manifiestan en aquello que se llama generalmente "folklore». (245)

Nota I.
“Cuando la concepción del mundo no es crítica y coherente, sino ocasional y disgregada, se pertenece simultáneamente a una multiplicidad de hombres-masa, la propia personalidad está compuesta en forma extraña: se encuentran en ella elementos del hombre de las cavernas y principios de la ciencia más moderna y avanzada; prejuicios de las etapas históricas pasadas toscamente localistas e intuiciones de una filosofía futura tal como la que será propia del género humano unificado mundialmente. (d) Criticar la propia concepción del mundo significa, pues, hacerla unitaria y coherente y elevarla hasta el punto al que ha llegado el pensamiento mundial más avanzado. Significa, pues, también, criticar toda la filosofía que hasta ahora ha existido, en cuanto que ésta ha dejado estratificaciones consolidadas en la filosofía popular.” (246)


(f1) «Conexión  entre el sentido común, la religión. y la filosofía. La filosofía es un orden intelectual, cosa que no pueden ser la religión ni el sentido común. Ver cómo, en la realidad, ni siquiera  la religión y sentido común coinciden, pero la religión es un elemento disgregado del sentido común. (b1) Por lo demás, "sentido común" es nombre colectivo, como "religión"; no existe un solo sentido común, que es también él un producto y un devenir histórico. (h) La filosofía y la crítica son la superación de la religión y del sentido común y, en ese sentido, coinciden con el "buen sentido" que se contrapone al sentido común.
(f2) Relaciones entre ciencia-religión-sentido común. La religión y el sentido común no pueden constituir un orden intelectual porque no pueden reducirse a unidad y coherencia ni siquiera en la conciencia individual, para no hablar de la conciencia colectiva: no pueden reducirse a unidad y coherencia "libremente", porque "autoritariamente” ello podría suceder, como en efecto ha sucedido en el pasado dentro de ciertos límites.(i2) El problema de la religión, entendido no en el sentido confesional, sino en el laico, de unidad de fe entre una concepción del mundo y una norma de conducta correspondiente; ¿pero porqué llamar a esta unidad de fe "religión" y no llamarla "ideología", o incluso "política"?
(b2) De hecho, no existe la filosofía en general: existen diversas filosofías o concepciones del mundo, y siempre se hace una elección entre ellas».  (247)


«Se podrían agrupar estos modos de decir populares junto a las expresiones similares de escritores de carácter popular -tomándolas de los grandes diccionarios-, en los que entran los términos "filosofía" y "filosóficamente", y, se podrá ver que éstos tienen un significado muy preciso, de superación de las pasiones bestiales y elementales, en una concepción de la necesidad que da al propio actuar una dirección consciente. (u3) Este es el núcleo sano del sentido común, lo que precisamente podría llamarse  buen sentido y que merece ser desarrollado y hacérsele unitario y coherente. Así resulta que también por eso no es posible separar lo que se llama "filosofía científica” de la filosofía "vulgar” y popular, que es sólo un conjunto disgregado de ideas y opiniones». (249)


«Pero en este punto se plantea el problema fundamental de toda concepción del mundo, de toda filosofía que se haya convertido en un movimiento cultural, en una "religión", en una "fe"; o sea que haya producido una actividad práctica y una voluntad, y en ellas se halle contenida como "premisa" teórica implícita (una "ideología", podría decirse, si al término ideología se le da precisamente el significado más alto de concepción del mundo que se manifiesta implícitamente en el arte, en el derecho, en la actividad económica, en todas las manifestaciones de vida individuales y colectivas); (q) o sea el problema de conservar la unidad ideológica de todo el bloque social que precisamente esa determinada ideología fusiona y unifica. (p) La fuerza de las religiones, y especialmente de la iglesia católica, ha consistido y consiste en que sienten enérgicamente la necesidad de la unión doctrinal de toda la masa "religiosa" y luchan para que los estratos intelectualmente superiores no se separen de los inferiores. La iglesia romana ha sido siempre la más tenaz en la lucha por impedir que "oficialmente" se formen dos religiones: la de los "intelectuales" y la de las "almas simples". Esta lucha no ha carecido de sin grandes inconvenientes para la propia iglesia; pero tales inconvenientes están vinculados al proceso histórico que transforma toda la sociedad civil y que en bloque contiene una crítica corrosiva de las religiones; tanto más resalta la capacidad organizadora en la esfera de la cultura del clero, y la relación abstractamente racional y justa que en su círculo la iglesia ha sabido establecer entre intelectuales y hombres simples. Los jesuitas han sido, indudablemente, los mayores artífices de este equilibrio, y para conservarlo han impreso a la iglesia un movimiento progresista que tiende a dar ciertas satisfacciones a las exigencias de la ciencia y de la filosofía, pero con ritmo tan lento y metódico que las mutaciones no han sido percibidas por la masa de los simples, si bien aparecen como "revolucionarias" y demagógicas ante los "integralistas"». (249)


(g) « (Quizá es útil "prácticamente" distinguir entre la filosofía  del sentido común, para mejor indicar el paso de un momento a otro: en la filosofía son especialmente marcadas las características de elaboración individual del pensamiento; en el sentido común, por el contrario, lo son las características difusas y dispersas de un pensamiento genérico de una cierta época en un cierto ambiente popular. Pero toda filosofía tiende a convertirse en sentido común de un ambiente también restringido - de todos los intelectuales-. (u4) Se trata, por lo tanto, de elaborar una filosofía que, teniendo ya una difusión o difusividad por estar conectada con la vida práctica e implícita en ella, se convierta un renovado sentido común con la coherencia y el nervio de las filosofías individuales: ésto no puede obtenerse si no se sigue sintiendo siempre la exigencia del contacto cultural con los "simples") ». (251)


 «La relación entre filosofía "superior" y sentido común está asegurada por la "política", del mismo modo que la política asegura también la relación entre el catolicismo de los intelectuales y el de los "simples". […]. (v1) El que la Iglesia tenga que enfrentar un problema de los "simples" significa precisamente que ha habido una ruptura en la comunidad de los "fieles", ruptura que no puede subsanarse elevando a los "simples" al nivel de los intelectuales (la Iglesia no se propone ni siquiera esa tarea, ideal y económicamente desproporcionada a sus fuerzas actuales), sino mediante una disciplina de hierro sobre los intelectuales, para que no traspasen ciertos límites en la distinción y no la hagan catastrófica e irreparable. En el pasado esas "rupturas" en la comunidad de los fieles eran subsanadas por fuertes movimientos de masas que determinaban o eran resumidos en la formación de nuevas órdenes religiosas en torno a enérgicas personalidades (Domingo, Francisco). (Los movimientos heréticos del Medioevo como reacción simultánea a la politiquería de la Iglesia y a la filosofía escolástica que fue una expresión de ella, sobre la base de los conflictos sociales determinados por el nacimiento de las comunas, fueron una ruptura entre masa e intelectuales de la iglesia “cicatrizada” por el nacimiento de movimientos populares religiosos reabsorbidos por la iglesia con la formación de las órdenes mendicantes y en una nueva unidad religiosa).
Pero la Contrarreforma esterilizó este pulular de fuerzas populares: la Compañía de Jesús es la última gran orden religiosa, de origen reaccionario y autoritario, con carácter represivo y "diplomático", que marcó, con su nacimiento el endurecimiento del organismo católico. Las nuevas órdenes nacidas después tienen poquísimo significado "religioso" y un gran significado "disciplinario" sobre la masa de los fieles: son ramificaciones y tentáculos de la Compañía de Jesús, o se han convertido en tales, instrumentos de "resistencia" para conservar las posiciones políticas adquiridas, no fuerzas renovadoras de desarrollo. El modernismo no ha creado "órdenes religiosas", sino un partido político, la democracia cristiana.»  (252)

«La voluntad real adopta la apariencia de acto de fe, de una cierta racionalidad de la historia, de una forma empírica y primitiva de finalismo apasionado que aparece como un sustituto de la predestinación, la providencia, etc., de las religiones confesionales». (255)


Observaciones y notas críticas sobre un intento de “Ensayo popular de sociología”.

«Un trabajo como el Ensayo popular, destinado esencialmente a una comunidad de lectores que no son intelectuales de profesión, habría debido tomar como punto de partida el análisis crítico de la filosofía del sentido común, que es la filosofía de los "no filósofos", es decir la concepción del mundo absorbida acríticamente por los diversos ambientes sociales y culturales en los que se desarrolla la individualidad moral del hombre medio. El sentido común no es una concepción única, idéntica en el tiempo y en el espacio: es el "folklore" de la filosofía, y, como el folklore, se presenta en formas innumerables; su rasgo más fundamental y más característico es el de ser una concepción (incluso en los cerebro individuales) disgregada, incoherente, inconsecuente, correspondiente a la posición social y cultural de las multitudes de las que aquél es la filosofía». (261)

«El Ensayo popular se equivoca al partir (implícitamente) del presupuesto de que a esta elaboración de una filosofía original de las masas populares se oponen los grandes sistemas de las filosofías tradicionales y la religión del alto clero; o sea las concepciones del mundo de los intelectuales y la alta cultura. En realidad, estos sistemas son desconocidos para la multitud y no tienen eficacia directa sobre su manera de pensar y de actuar. Ciertamente, esto no significa que carezcan totalmente de eficacia histórica, pero esta eficacia es de otro género. Estos sistemas influyen sobre las masas populares como fuerza política externa, como elemento de fuerza cohesiva de las clases dirigentes, como elemento, pues, de subordinación a una hegemonía exterior, que limita el pensamiento original de las masas populares negativamente, sin influirlas positivamente como fermento vital de transformación íntima de lo que las masas piensan en forma embrionaria y caóticamente en torno al mundo y la vida. (o) Los elementos principales del sentido común son provistos por las religiones y por lo tanto, la relación entre sentido común y religión es mucho más íntima que entre el sentido común y sistemas filosóficos de los intelectuales. Pero también para la religión hay que distinguir críticamente. Toda religión, incluso la católica (muy especialmente la católica, precisamente por sus esfuerzos por permanecer unitaria "superficialmente” para no fragmentarse en iglesias nacionales y estratificaciones sociales), es en realidad una multiplicidad de religiones distintas y a menudo contradictorias: hay un catolicismo de los campesinos, un catolicismo de los pequeños burgueses y obreros de la ciudad, un catolicismo de las mujeres y un catolicismo de los intelectuales igualmente variado y desordenado. Pero en el sentido común influyen no sólo las formas más toscas y menos elaboradas de estos variados catolicismos existentes actualmente; han influido también y son componentes del actual sentido común las religiones precedentes y las formas precedentes del actual catolicismo, los movimientos heréticos populares, las supersticiones científicas ligadas a las religiones pasadas, etc.
(n) En el sentido común predominan los elementos "realistas", materialistas, o sea el producto inmediato de la sensación tosca, lo que, por otra parte no está en contradicción con el elemento religioso, todo lo contrario; pero estos elementos son "supersticiosos", acríticos. He aquí, por lo tanto, un peligro representado por el Ensayo popular, el cual a menudo confirma estos elementos acríticos, por lo que el sentido común sigue siendo ptolemeico, antropomórfico, antropocéntrico, en vez de criticarlos científicamente». (261,262)

(u5) «Lo que se ha dicho no significa que en el sentido común no haya verdades. Significa que el sentido común es un concepto equívoco, contradictorio, multiforme, y que referirse al sentido común como prueba de verdad es una insensatez. Podrá decirse con exactitud que cierta verdad se ha llegado a ser sentido común, para indicar que se ha difundido más allá del círculo de los grupos intelectuales; pero en tal caso no se hace otra cosa que una constatación de carácter histórico y una afirmación de racionalidad histórica; en ese sentido, y siempre que se emplee con sobriedad, el argumento posee cierto valor, precisamente porque el sentido común es toscamente retrógrado y conservador, y el haber logrado hacer penetrar una verdad nueva es prueba de que tal verdad tiene una notable fuerza de expansión y de evidencia».  (264)



(y) «Una alusión al sentido común y a la solidez de sus creencias se encuentra a menudo en Marx. Pero se trata de una referencia no a la validez del contenido de tales creencias, sino precisamente a la solidez formal de éstas y por lo tanto a su carácter imperativo cuando producen normas de conducta. En las referencias se halla también implícita la afirmación de la necesidad de nuevas creencias populares, o sea de un nuevo sentido común y por lo tanto de una nueva cultura y de una nueva filosofía que se arraiguen en la conciencia popular con la misma solidez y carácter de las creencias tradicionales».  (264, 265)

«El concepto de “ciencia”. […] Pero es el concepto de "ciencia", que se desprende del Ensayo popular, es el que hay que destruir críticamente; éste está tomado enteramente de las ciencias naturales, como si éstas fuesen la única ciencia, o la ciencia por excelencia, tal como fue establecido por el positivismo. Pero en el Ensayo popular el término ciencia es empleado en muchos significados, algunos explícitos, otros sobreentendidos o apenas sugeridos. El sentido explícito es el que "ciencia" tiene en las investigaciones físicas. Pero otras veces parece indicar el método. (ñ) ¿Pero existe un método en general y, si existe, no significa acaso simplemente filosofía? Podría significar otras veces simplemente la lógica formal, ¿pero se puede llamar a ésta un método y una ciencia? (j) Hay que establecer que toda investigación tiene su método determinado y construye su ciencia determinada, y que el método se ha desarrollado y ha sido elaborado juntamente con el desarrollo y la elaboración de aquella determinada investigación y ciencia, y forma un todo con ella. Creer que se puede hacer progresar una investigación científica aplicándole un método tipo, elegido porque ha dado buenos resultados en otra investigación a la cual era connatural, es un extraño error que poco tiene que ver con la ciencia. Hay también, sin embargo, criterios generales que se puede decir que constituyen la conciencia crítica de todo científico, cualquiera que sea su "especialización" y que deben siempre ser espontáneamente vigilantes en su trabajo. Así, se puede decir que no es científico quien demuestra escasa seguridad en sus criterios particulares, que no tiene plena inteligencia de los conceptos adoptados, que tiene escasa información e inteligencia del estado precedente de los problemas tratados, quien no es muy cauto en sus afirmaciones, que no progresa en forma necesaria, sino arbitraria y sin concatenamiento, que no sabe tomar en cuenta las lagunas que existen en los conocimientos alcanzados sino que los omite y se conforma con soluciones o nexos puramente verbales, en vez de declarar que se trata de posiciones provisionales que podrán ser retomadas y desarrolladas, etcétera.»  (268)

«Cuestiones de nomenclatura y contenido. […] El fenómeno, por lo demás, es históricamente complejo y complicado por la existencia de diversas culturas típicas en los diversos estratos del nuevo grupo social, algunos de las cuales, en el terreno ideológico, están aún inmersos en la cultura de situaciones históricas precedentes a veces incluso a la más recientemente superada. (v2) Una clase, de la que alguno de sus estratos permanecen aun en la concepción ptolemeica del mundo, puede sin embargo ser la representante de una situación histórica muy avanzada; atrasados ideológicamente (o al menos en algunas secciones de la concepción del mundo, que es en ellos todavía disgregada e ingenua), estos estratos están sin embargo avanzadísimos prácticamente, o sea como función económica y política.» (270)


« […] por eso la filosofía de una época no puede ser ningún sistema individual y de tendencia: ella es el conjunto de todas las filosofías individuales y de tendencia, más las opiniones científicas, más la religión, más el sentido común. ¿Puede formarse artificiosamente un sistema de tal género, por obra de individuos o de grupos? La actividad crítica es la única posible, especialmente en el sentido de plantear y críticamente los problemas que se presentan como expresión del desarrollo histórico.» (272)

«La llamada “realidad del mundo externo”. El público "cree" que el mundo externo es objetivamente real, pero aquí nace precisamente la cuestión: ¿cuál es el origen de esta "creencia" y qué valor crítico tiene "objetivamente"? De hecho esta creencia tiene origen religioso, aunque quien participe de ella sea religiosamente indiferente. Puesto que todas las religiones han enseñado y enseñan que el mundo, la naturaleza, el universo, han sido creados por dios antes de la creación del hombre y por lo tanto el hombre ha encontrado el mundo ya listo y acabado, catalogado y definido de una vez por todas, esta creencia se ha convertido en un dato férreo del "sentido común", y vive con la misma solidez aunque el sentimiento religioso está apagado y adormecido.» (273)



«La ciencia y las ideologías “científicas”. […] La cuestión más importante a resolver en torno al concepto de ciencia es ésta: si la ciencia puede dar, y de qué manera la "certeza" de la existencia objetiva de la llamada realidad externa. Para el sentido común, la cuestión ni siquiera existe; ¿pero dónde se ha originado la certeza del sentido común? Esencialmente de la religión (del cristianismo, al menos, en Occidente); pero la religión es una ideología, la ideología más arraigada y difundida, no una prueba o una demostración. Se puede sostener que es un error pedir a la ciencia como tal la prueba de la objetividad de lo real, puesto que esa objetividad es una concepción del mundo, una filosofía, y no puede ser un dato científico. ¿Qué puede dar la ciencia en esa dirección? (m) La ciencia selecciona las sensaciones, los elementos primordiales del conocimiento: considera ciertas sensaciones como transitorias, como aparentes, como falaces, porque dependen de condiciones individuales especiales, y algunas otras como duraderas, como permanentes, como superiores a las condiciones especiales individuales.
El trabajo científico tiene dos aspectos principales: uno que incesantemente rectifica el modo del conocimiento, rectifica y refuerza los órganos de las sensaciones, elabora principios nuevos y complejos de inducción y deducción, o sea que afina los instrumentos mismos de la experiencia y de su control, y otro que aplica ese complejo instrumental (de instrumentos materiales y mentales) para establecer aquello que en las sensaciones  es necesario y aquello que es arbitrario, individual, transitorio. Se establece lo que es común a todos los hombres, lo que todos los hombres pueden controlar del mismo modo, independientemente unos de otros, con tal de que hayan observado igualmente las condiciones técnicas de investigación. "Objetivo" significa precisa y únicamente esto: que se afirma ser objetivo, realidad objetiva, aquella realidad que es establecida por todos los hombres, que es independiente de todo punto de vista meramente particular o de grupo. Pero, en el fondo, también ésa es una particular concepción del mundo, una ideología. Sin embargo, esta concepción, en su conjunto y por la dirección que indica, puede ser aceptada por la filosofía de la praxis en tanto que debe rechazarse la del sentido común, que sin embargo concluye materialmente del mismo modo. El sentido común afirma la objetividad de lo real en cuanto que la realidad, el mundo, ha sido creado por dios independientemente del hombre, antes del hombre; es por lo tanto expresión de la concepción mitológica del mundo; por lo demás, el sentido común cae en los errores más groseros, en gran parte permanece aun en la fase de la astronomía ptolemeica, no sabe establecer los nexos reales de causa y efecto, etcétera, o sea que afirma como "objetiva" una cierta "subjetividad" anacrónica porque ni siquiera sabe concebir que pueda existir una concepción subjetiva del mundo, y que es lo que eso quiere o puede significar. ¿Pero todo lo que la ciencia afirma lo es "objetivamente"? ¿De forma definitiva? Si las verdades científicas fuesen definitivas, la ciencia habría dejado de existir como tal, como investigación, como  nuevos experimentos, y la actividad científica se reduciría a una divulgación de lo ya descubierto. […]. Pero si las verdades científicas no son ni siquiera ellas mismas definitivas y perentorias, también la ciencia es una categoría histórica, es un movimiento en continuo desarrollo.» (307, 308, 309)

(ll) «Postular la ciencia como base de la vida, hacer de la ciencia la concepción del mundo por excelencia, la que limpia los ojos de toda las ilusión ideológica, la que pone al hombre ante la realidad tal como ella es, significa recaer en el concepto de que la filosofía de la praxis tiene necesidad de apoyos filosóficos exteriores a sí misma. Pero, en realidad, también la ciencia es una superestructura, una ideología. ¿Se puede decir, sin embargo, que en el estudio de las superestructuras la ciencia ocupa una posición privilegiada, por el hecho de que su reacción sobre la estructura tiene un carácter particular, de mayor extensión y continuidad de desarrollo, especialmente después del siglo XVIII, desde el momento  en que se le hizo a la ciencia un lugar aparte en el aprecio general? Que la ciencia es una superestructura lo demuestra también el hecho  de que ha tenido períodos enteros de eclipse, oscurecida como lo fue, por otra ideología dominante, la religión, que afirmaba haber absorbido la ciencia misma: así la ciencia y la técnica de los árabes les parecían a los cristianos brujería pura. (l) Además la ciencia, no obstante todos los esfuerzos de los científicos, no se presenta nunca como desnuda noción objetiva; aparece siempre revestida de una ideología y concretamente es ciencia la unión del hecho objetivo con una hipótesis o un sistema de hipótesis que superan el mero hecho objetivo. Es verdad, sin embargo, que en este campo es relativamente fácil distinguir entre la noción objetiva del sistema de hipótesis, mediante un proceso de abstracción que está incluido en la misma metodología científica, de modo que es posible apropiarse la una y rechazar el otro.  (v3) He aquí por qué un grupo social puede apropiarse la ciencia de otro grupo sin aceptar su ideología (la ideología de la evolución vulgar, por ejemplo), […].»  (309, 310)

(k) «En realidad, puesto que se espera demasiado de la ciencia, se la concibe como una brujería de tipo superior, y por ello no se logra valorar de manera realista aquello que concretamente ofrece la ciencia.» (310)

«Historia de la terminología y de las metáforas. […] Las ciencias experimentales y naturales han sido, en cierta época, un “modelo”, un “tipo”; y puesto que las ciencias sociales (la política y la historiografía) trataban de encontrar un fundamento objetivo y científicamente adecuado para darles la misma seguridad y energía de las ciencias naturales, es fácil comprender que se haya recurrido a éstas para crear su lenguaje.» (322)

«Filosofía especulativa. […] puede decirse que cada cultura tiene su momento especulativo o religioso, que coincide con el período de la completa hegemonía del grupo social que expresa y quizás coincide precisamente con el momento en el cual la hegemonía real se disgrega en la base, molecularmente; pero el sistema de pensamiento, precisamente por eso (para reaccionar contra la desintegración), se perfecciona dogmáticamente, deviene una "fe" trascendental: por eso se observa que cada época considerada de decadencia (en la que se produce una disgregación del viejo mundo) se caracteriza por un pensamiento refinado y altamente "especulativo". (s4) Por lo tanto, la crítica debe resolver la especulación en sus términos reales de ideología política, de instrumento de acción práctica; pero la misma crítica tendrá una fase especulativa, que marcará su apogeo.»  (328)

«Historicidad de la filosofía de la praxis. […]Esto no significa que la utopía no pueda tener un valor filosófico, porque ella tiene un valor político y toda política es implícitamente una filosofía aunque sea inconexa y en esbozo. En ese sentido, la religión es la más gigantesca utopía, o sea la más gigantesca "metafísica". aparecida en la historia, porque es el intento más grandioso de conciliar en forma mitológica las contradicciones reales de la vida histórica: ella afirma, en efecto, que el hombre tiene la misma "naturaleza", que existe el hombre en general, en cuanto creado por Dios, hijo de Dios; por ello hermano de los demás hombres, igual a los otros hombres, libre entre los otros y como los otros hombres, y que él se puede concebir como tal reflejándose en Dios, "autoconciencia" de la humanidad, pero afirma también que todo esto no es de este mundo y para este mundo, sino de otro (-utópico-). (v4) Así las ideas de igualdad, de fraternidad, de libertad, fermentan entre los hombres que no se ven ni como iguales, ni como hermanos de otros hombres, ni como libres respecto a ellos. Así ha sucedido que en cada sacudida radical de las multitudes, de un modo u otro, bajo formas o ideologías determinadas, se han planteado estas reivindicaciones.» (334)

(t) «Concepto de "ideología". La "ideología" ha sido un aspecto del "sensualismo", o sea, del materialismo francés del siglo XVIII. Su significado originario era el de "ciencia de las ideas", y puesto que el análisis  era el único medio reconocido y aplicado en la ciencia, significaba "análisis de las ideas", o sea, "búsqueda del origen de las ideas". Las ideas debían ser descompuestas en sus "elementos" originales y éstos no podían ser más que las "sensaciones": las ideas se derivan de las sensaciones. Pero el sensualismo podía asociarse sin demasiada dificultad con la fe religiosa, a las creencias más extremas […].
Como es que el concepto de Ideología de  “ciencia de las ideas”, de “análisis del origen de las ideas”, ha pasado a significar un determinados “sistema de ideas” es algo que debe examinarse históricamente, porque lógicamente el proceso es fácil de captar y comprender.
Debe examinarse cómo el autor del Ensayo popular  quedó atrapado en la Ideología, mientras que la filosofía de la praxis representa una clara superación e históricamente se contrapone precisamente a la Ideología. El mismo significado que el término "ideología" ha asumido en la filosofía de la praxis contiene implícitamente un juicio de desvalor y excluye que para sus fundadores el origen de las ideas debiera buscarse en las sensaciones y por lo tanto, en último análisis, en la fisiología: esta misma "ideología" debe ser analizada históricamente, según la filosofía de la praxis, como una superestructura.» (335, 336)

Cuaderno 7 (VII) 1930-1932.

 (q) “Así pues, hay que distinguir entre ideologías históricamente orgánicas, o sea, que son necesarias para una cierta estructura, y las ideologías arbitrarias, racionalistas, «intencionales». En cuanto históricamente necesarias tienen una validez que es validez «psicológica»: «organizan» las masas humanas, forman el terreno en el que los hombres se mueven, adquieren conciencia de su posición, luchan, etcétera. En cuanto «arbitrarias» no crean más que «movimientos» individuales, polémicas, etcétera (ni siquiera éstas son completamente inútiles porque constituyen el error que se contrapone a la verdad y sirve para afirmarla)”. (159)



[1] Los inapreciables estudios sobre “Americanismo y fordismo” datan de 1934. Sobre sus cualidades anticipatorios y la evaluación de Gramsci respecto a la adaptación de los trabajadores, puede verse Capella (2007, 28). 
[2] Las remisiones a los Cuadernos se harán casi exclusivamente la Volumen 4 (cuando así no sea se señalará el nº del volumen) serán indicadas con la letra C. Las de Materialismo Histórico con las letras MH. Estas remisiones se harán generalmente al final de cada oración con el objeto de no interrumpir la lectura. La transcripción de los textos figurarán en el Apéndice, en ellos las partes más elocuentes serán señaladas, al inicio de la frase, con la letra minúscula en negrita coincidente con la que intercalaré en mi escrito. Cuando la cuestión se halle contemplada en varias citas, la letra será acompañada de un número. 
[3] Para un estudio filológico sobre el sentido común y el pensamiento sistemático en Gramsci, G.Prestipino (2006, 133 y ss.).
[4] En este caso se trata del C VII, Gramsci (1984).

jueves, 5 de mayo de 2011

Bienes fundamentales, modo de producir, modos de apropiación y formas de propiedad.


De la hipótesis de la comunidad primitiva y el universo de bienes intangibles.



“…el temor infunde fidelidad”. (Henning Mankell, 2009: 427)


Agradezco a mi compañera, Profesora de historia (UBA) Julia Falcón, la provisión del material bibliográfico sobre el Bajo Imperio y la Edad Media y sus indicaciones sobre el mismo.




Propósito.


Intentaré fundar aquí la hipótesis de que el carácter de los bienes, con el que los que los hombres ejercen su praxis fundamental en cada momento histórico, condiciona, a la vez e inescindiblemente, su manera de apropiación y producción, determinando las formas de propiedad y de las relaciones sociales.
Con la sospecha de que tal hipótesis puede ser fecunda para, a modo de estrategia, abordar algunos aspectos de la economía política actual.
Para ello me valdré de algunas observaciones de Marx y de algunos trabajos de historiadores de Roma y la Alta Edad Media.
Finalmente trataré de expresar la hipótesis en forma gráfica poniendo de manifiesto algunos presupuestos teoréticos de mi abordaje.



El modo de producción bélico como trabajo originario.


El largo período que transcurre, en lo conocido como occidente, desde el imperio romano hasta, al menos, el siglo XI, parece alumbrado por la guerra.
El mismo período se asienta en una economía fundada en la tierra, la agricultura sobre todo y la ganadería. Pero la guerra aparece como condición, o mejor, como parte inescindible de la economía. Por lo tanto como proveedora del bien fundamental, de la manera de producir, del modo de apropiación y de las formas de la propiedad.
Si lo característico del período es lo que se llama señorío que, en algunos lugares, da lugar a formas pre-feudales y feudales, esto puede leerse también como manifestación de un modo de producción bélico.

Para los lectores de Marx y Engels lo dicho es bien conocido para el difuso período de disolución de la hipotética comunidad primitiva. Ello particularmente en el texto sobre las Formas que preceden a la producción capitalista en los borradores de 1857-1858. 
Sin embargo, de su lectura surge que, tal como lo planteara Hobsbawm en su conocido Prólogo, a aquéllos socialistas no les interesaban tanto las formaciones medievales, por caso el señorío, como “la comunidad campesina antigua”. (Hobsbawm, 1966: 21).
Su interés residía en demostrar que el proceso de individuación humana, y la propiedad privada como atributo suyo, presupuestos del capitalismo, eran un resultado histórico.
El caso es que están empeñados en aguarle la fiesta a la burguesía, recordándole que si antes hubo historia, ésta no terminó. Más, no siendo su profesión la de historiadores, trataron de demostrarlo con lo que había. El resultado fue, como lo señala Hobsbawm, un boceto razonado en el que “Aunque determinadas formaciones económicas, que expresan fases particulares de esta evolución, son muy pertinentes, él se concentra en el proceso total, que abarca siglos y continentes […] su marco de referencia es cronológico sólo en el sentido más amplio, y problemas como […] la transición de una etapa a otra, no son su preocupación principal, salvo en la medida en que arrojan luz sobre la transformación a largo plazo” [Subr. EL ].  (Hobsbawm, 1966: 11).

En su texto Marx asume que tal “entidad comunitaria” no puede haberse dado en estado puro, “que muy pronto desaparecen y que en ninguna parte son normales; tampoco como estados originarios normales.” (Marx, 1971: 453).
Por eso su construcción histórica, como la de Engels, se funda en la existencia de vestigios tales como la marca, en los procesos de origen germano, en lo que concierne a bienes de uso común, que perduran hasta mucho después de la disolución de la comunidad primitiva. Se trata, entonces, de la construcción teorética de un momento hipotético que, conforme al estado de los estudios históricos conocidos por ellos, aparece materializado en la forma romana de ciudad, la germana de reuniones ocasionales para asuntos de interés común y la asiática como entidad tribal imaginada y como persona encarnada en el déspota. (Marx, 1971: 435-436-437-443).

Para todas esas formas se hallará la tierra como bien fundamental, condición de existencia, objeto de apropiación por ocupación y la guerra de conquista como medio de lograrla.
El territorio aparece, en el modelo hipotético, como el cuerpo inorgánico de la vida misma del grupo, una extensión suya, por lo cual su ocupación es, a la vez, apropiación colectiva, sin más límite que el de su uso y sus frutos. Materia en bruto, instrumento, y medio de subsistencia.
“La propiedad del suelo implica potencialmente tanto la propiedad del material en bruto como la del instrumento originario, la tierra misma, como también la de los frutos espontáneos de ésta. Puesto esto en su forma más originaria, significa comportarse con la tierra como propietario, encontrar en ella material en bruto como algo disponible, también instrumentos y medios de subsistencia no creados por el trabajo mismo sino por la tierra misma.” (Marx, 1971: 460).
Pero los límites del territorio son los límites mismos de la comunidad, de su conservación como tal.
Sin contar con el agotamiento de las tierras ni la insuficiencia de técnicas de cultivo (riego, rotaciones), el simple crecimiento demográfico impulsa a ocupar nuevas tierras.

En cualesquiera de los casos indicados, la “entidad comunitaria” se comporta con la tierra a través y por medio de sus miembros, no está más allá de ellos. Es con el plus-producto con lo que se mantiene el déspota, con lo que se contribuye al culto, a las reservas y a la defensa.
De modo que, la existencia de la comuna, su conservación, es la conservación misma de sus miembros. “El objetivo de todas las entidades comunitarias es [[su]] conservación, es decir la reproducción como propietarios de los individuos que la componen, es decir su reproducción en el mismo modo de existencia, el cual constituye al mismo tiempo el comportamiento de los miembros entre sí y por consiguiente constituye la comunidad misma. Pero, al mismo tiempo, esta reproducción es necesariamente nueva producción y destrucción de la forma antigua. Por ejemplo, allí donde cada uno de los individuos puede poseer cierto número de acres de tierra, ya el mero aumento de la población constituye un impedimento”. (Marx, 1971: 454).

Superar el impedimento significa extender el territorio y, en principio, el único obstáculo para ello, es que éste esté ya ocupado. “El único límite que puede encontrar la entidad comunitaria en su comportamiento con las condiciones naturales de la producción  - la tierra – […] como con condiciones suyas, es otra entidad comunitaria que ya las reclame como su cuerpo inorgánico”. (Marx, 1971: 451).
La forma de extender el territorio es la ocupación, pero si éste ya está ocupado u otro pretende hacerlo, la forma de lograrlo es la guerra de conquista.
“El comportamiento respecto a la tierra como propiedad es siempre mediado por la ocupación, pacífica o violenta, de la tierra por la tribu, por la comunidad en cualquiera de sus formas […].”  Marx, 1971: 445).
Allí donde “la propiedad de la tierra, la agricultura” es predominante, la conquista es “condición necesaria”. (Marx, 1971:453/54).
Para superar los límites, entonces “se hace necesaria la colonización y ésta hace necesaria la guerra de conquista.” (Marx, 1971: 454).

Pero, si esto es así, entonces, la guerra, la organización bélica, es condición económica. Es un trabajo, con sus propios productores que, en principio son los mismos miembros, sus propios instrumentos, las armas y la movilidad, y los productos de su trabajo, las nuevas tierras. La guerra es, entonces, un modo, una organización de fuerzas y medios, de producción.
“[…] la organización guerrera y la conquista, que en Roma, p. ej., es esencialmente parte de las condiciones económicas de la comunidad misma […].” (Marx, 1971: 446).
La guerra es un trabajo originario.
“Por eso es la guerra uno de los trabajos más originarios de todas estas entidades  comunitarias naturales, tanto para la afirmación de la propiedad como para la nueva adquisición de ésta.” (Marx, 1971: 451)
“Los antiguos consideraban unánimemente el trabajo de la tierra como la ocupación propia del hombre libre, la escuela de los soldados.” (Marx, 1971: 440)

Una producción, entonces, condicionada por el carácter del bien fundamental para la reproducción: la tierra. Que es, a la vez, dije, material bruto, instrumento y fruto, pero ahora resultado de otra producción, es decir, producto. Y, con este nuevo producto, una forma objetiva de propiedad: la no propiedad de la tribu sometida.
“La condición fundamental de la propiedad basada en la tribu […] –ser miembro de la tribu- hace a la tribu extranjera conquistada por otra tribu, a la tribu sometida, una tribu sin propiedad y la reduce a [[ser]] una condición orgánica de la reproducción, con la que la entidad comunitaria se comporta como con una condición propia”. (Marx, 1971: 453). 
El carácter, la naturaleza si se quiere, del bien fundamental está condicionando no sólo una manera (organización) productiva de bienes (entre ellos humanos, cuando la ocupación comprende la esclavitud), sino el modo de apropiación y la misma forma de la propiedad. Puesto que ahora la propiedad de la tribu victoriosa supone la no-propiedad de la tribu sometida. Es una propiedad que se tiene contra otros y, más adelante, sobre otros. Es el dominium, ya no la mera continuación de la subjetividad de la tribu comunitaria. Es ahora la objetivación de un trabajo, del trabajo guerrero. Ya no es la mera posesión del uso y de los frutos, ahora excluye a otros de ese uso y esos frutos. Ahora se puede disponer del producto de ese trabajo bélico. Y ese producto bélico, que ya es no-propiedad para la tribu sometida, es el resultado de un trabajo ajeno: el de los ocupantes previos, porque la ocupación no era, para ellos, sino la apropiación de la tierra como materia bruta, instrumento de trabajo y medio logrado de subsistencia, es decir producción, trabajo, agricultura.
Que en este modelo de las Formen (así decíamos en los setenta como si supiéramos alemán) el proceso de guerra de conquista, apropiación y propiedad, está condicionado por el carácter del bien fundamental de la praxis, lo expresa el mismo Marx.
“En la unidad sef-sustaining de manufactura y agricultura […] la conquista no es condición tan necesaria como allí donde la propiedad de la tierra, la agricultura, predomina exclusivamente.” (Marx, 1971: 453/4)

Podríamos decir que, hasta aquí, se trata de logros que contienen trabajo pasado: tierras labrantías, aperos. Pero en el modelo Marx observa ya, de paso, el cambio que significan la esclavitud y la servidumbre. “[…] esclavitud y servidumbre son tan sólo desarrollados posteriores de la propiedad basada en la organización tribal. Modifican necesariamente la forma de ésta.” (Marx, 1971: 453).
Se trata ahora de la apropiación del trabajo vivo, como instrumento, como instrumentum vocale. La fuerza de trabajo como instrumento, como cosa, como un animal, tal como un instrumentum semivocale (el ganado).
“Si al hombre se lo conquista junto con el suelo, como accesorio orgánico de éste, se lo conquista entonces como una de las condiciones de la producción y así surge la esclavitud y servidumbre […].”  (Marx, 1971: 452)
Engels aportará, más tarde, alguna reflexión.
“La división del trabajo […] permitió, alcanzado cierto grado de bienestar, incorporar a ella  una o varias fuerzas de trabajo extrañas. Así ocurrió […] donde la antigua propiedad común del suelo se había disgregado ya o donde […] había cedido el puesto al cultivo individual de las parcelas […] ya la fuerza de trabajo humana podía producir más de lo necesario para su simple sustento; contábase con los medios indispensables para mantener más fuerzas de trabajo, e igualmente con los medios para utilizarlas, la fuerza de trabajo adquirió entonces valor. Pero ni la propia comunidad, ni la agrupación de que formaba parte, suministraban fuerzas de trabajo disponibles, sobrantes. La guerra sí las ofrecía, y la guerra era tan antigua como la existencia simultánea de varios grupos de comunidades cercanas. Hasta entonces no habían sabido que hacer con los prisioneros, por eso los mataban y en tiempos anteriores se los comían. […] Se había descubierto la esclavitud.” ((Engels, 1973 a: 148)

Es de la esclavitud en el sistema asiático que Marx deriva el dominio señorial, en el que la apropiación del trabajo ajeno se hará evidente en las prestaciones personales.
En el sistema romano, el colono es propietario porque es ciudadano. Hombre libre cuya propiedad está garantizada por la comunidad, la ciudad, cuya existencia está garantizada por el campesino-soldado. “La propiedad del propio trabajo es mediada a través de la propiedad de la condición de trabajo – de la parcela de tierra a su vez garantizada a través de la existencia de la comunidad, y ésta a su vez a través del plustrabajo bajo la forma de servicio guerrero […].”  (Marx, 1971: 439).
En el sistema asiático o despótico, el miembro de la tribu es, en realidad, esclavo, una cosa de la comunidad. Como vimos, según Marx, la esclavitud y la servidumbre cambiaban el carácter de la propiedad comunitaria, modificaban la forma de la organización tribal, es decir, al menos como la de Roma, una organización de hombres libres (o mejor, no esclavos).
Siendo que en el modo asiático los miembros operaban ellos mismos como propiedad de la comunidad imaginaria y del déspota real, su condición es la de cosa, ya instrumentum vocale de la entidad comunitaria. Por lo tanto, en este caso, la esclavitud no proviene de la conquista o, si proviene de sucesivas conquistas, los conquistados pasaron a formar parte de la horda en calidad de miembros no libres.
De esta situación deriva Marx el dominio señorial, reconducida así a un sistema de servidumbres personales.   
“Por ello, esclavitud y servidumbre son tan sólo desarrollados posteriores de la propiedad basada en la organización tribal. Modifican necesariamente la forma de ésta. La forma a la que menos puede afectar es a la forma asiática. […] dado que en esta forma el individuo nunca se convierte en propietario, sino sólo en poseedor, él mismo es au fond la propiedad, el esclavo de aquello [en] que se hace presente la unidad de la comunidad, y aquí la esclavitud no elimina las condiciones del trabajo ni modifica la relación esencial.” (Marx, 1971; 453/4)
“[…] el dominium señorial en su sentido más originario se encuentra primeramente aquí, p. ej., en las comunidades eslavas, en las rumanas, etc. Aquí se da la transición a la prestación personal, etc. […].”  (Marx, 1971: 435/6).

En el Tomo III de El Capital, sobre “La Génesis de la renta capitalista del suelo”, Marx enfoca sobre todo su atención en demostrar que el “remanente sobre sus medios indispensables de subsistencia, es decir, sobre lo que en el régimen capitalista de producción llamaríamos salario” está “el germen de lo que más tarde aparecerá […] como ganancia”. Que “no sólo es trabajo sobrante directamente no retribuido, sino que además aparece como tal”.
Allí también se refiere a la coacción, más sin detenerse en la cuestión del trabajo guerrero. “[…] sólo la coacción extraeconómica, cualquiera que sea la forma que revista, puede arrancar a estos productores el trabajo sobrante para el terrateniente nominal”. Sin embargo hay allí una sugestiva referencia en una nota en la que cita a Linguet: “Después de conquistar la tierra, lo primero que hacían los conquistadores era apoderarse de los hombres”. (Marx, 1956 b: 670) Como vemos, la guerra sigue presente, ahora como telón de fondo.

En todo caso, si las diferencias entre los tres tipos de regímenes comunitarios señalan diferentes desarrollos, cambios organizativos y procesos de disolución de las distintas entidades comunitarias, el bien fundamental en el dominio señorial, al que, como dije, Marx apenas atiende, sigue siendo la tierra. En él quedará la huella del momento hipotético, pero es probable que si permanece lo sea, precisamente, porque el condicionamiento del bien fundamental sigue siendo el mismo. Y quedará también la presencia de la guerra.



La ocupación bélica y el dominio.
Hay una institución romana, reconstruida en las Institutas de Gayo, en la que aparece clara la “huella” de la entidad comunitaria, su rastro, pero en la que aparecen elementos de alguna forma de disolución. Se trata de la occupatio bellica. 
El instituto es tratado entre las formas legítimas de adquisición, tal como la forma de adquisición de las cosas que no son de nadie, como los animales salvajes (fera bestia) y los peces. Es decir, al igual que la caza y la pesca. Pero se trata del producto de la guerra. Pero, al igual que las fieras y los peces, pueden ser apropiados los hombres.
“Por medio de la ocupación bélica se adquieren las personas y las cosas de los enemigos, pues no son de nadie […]”
“Las presas que hacemos a nuestros enemigos (no en guerra civil) pasan a nuestro dominio […]”
 “Las cosas que los soldados mercenarios cogen en la guerra, no son para ellos, sino para la república […]”. Se aclara que los que no las entregan a la república son reos de peculado, es decir del hurto de las cosas públicas. Porque los soldados “se consideran como instrumentos utilizados por la nación bajo cuya bandera militan”.
“Las cosas inmuebles no pertenecen a los militares, sino a la república; y por esto las tierras del enemigo se adjudican al público”.
La impronta de la comunidad es evidente para la tierra, no así para los bienes muebles, y las personas pasan a serlo.
“De la cosas muebles, se conceden á los militares aquellas que cogen con permiso del emperador”. Se aclara que si el enemigo recupera un cautivo, éste volverá a su antiguo dueño, pero que si se escapa, recuperará su libertad. (Heineccius, 1851: 129/130)
Dice uno de los más célebres romanistas: “en la edad histórica el botín propiamente dicho pertenecía al Estado, pero las cosas del enemigo que se encuentran entre los particulares pueden ser ocupadas por éstos, y por mucho tiempo el prisionero fue esclavo de quien lo tomaba”. (Arangio Ruiz, 1952: 210/11)
Dice otro reconocido estudioso” “El botín pertenece al Estado; por el contrario pertenecen a los particulares los objetos del enemigo que por casualidad se hallen en posesión de aquéllos”. (Bonfante, 1925: 257)
Un historiador de las instituciones españolas, tratando del período de la romanización de la Hispania, dice: “Este estado de servidumbre (status servitutis) se originaba […] por el cautiverio en la guerra, con lo que muchos indígenas se convirtieron en esclavos durante las campañas de los romanos para la conquista de Hispania […]”. (Valdeavellano, 1968: 137/38)
Siglos después los mercaderes exportarán esclavos eunucos. La castración era un valor agregado. (Boutruche, 1973: 44).


Un origen bélico de adquisición de la propiedad, o quizá mejor, del dominio sobre la tierra. Pues, el vestigio comunitario, primero en el dominio de la república y luego en el del emperador (encarnación de lo público), no se trata sino de un acto de dominación: la victoria es de la comunidad.
Recuerda Valdeavellano que la palabra provincia, con la que se designó a los territorios conquistado por los romanos,  se originó en la extensión (pro) de las facultades que otorgaba la victoria (vincere) en los países situados fuera de Italia. (Valdeavellano, 1968: 142).
Pero ya aparece una apropiación “privada” por los particulares de bienes muebles (entre ellos prisioneros). Un resultado del saqueo.
Además, parte del saqueo, como reconocimiento al soldado, con permiso del emperador. Una forma de pago al mercenario con el botín de la producción bélica.
Junto al dominio público aparece una apropiación privada, como pago. Por ahora con bienes muebles, aunque algunos sean “instrumentum vocale”. Más tarde el pago se efectuará con concesión de tierras.
De este carácter de estipendio bélico de la entidad comunitaria, devendrá el carácter de la propiedad pre-moderna: dominio por un lado, precariedad por otro.


La industria del saqueo.


Como vemos, el saqueo es otro producto del la forma de producir bélica. El, por entonces ya veterano, Engels se refiere a él como “industria permanente”. (Engels, 1973 b: 245).
Pues parece que tal expresión no es exagerada.
Derecho predatorio, denomina a estas prácticas Claudio Sánchez-Albornoz. “Del derecho predatorio romano introdujeron los árabes en las costumbres guerreras del desierto la reserva del cuarto del botín para el caudillo […]. No hay razón para dudar de que los godos, tan inclinados a aceptar las tradiciones jurídicas romanas, desconocieran la que llegó hasta el desierto arábigo”. (Sánchez-Albornoz, 1967: 70).
Como vemos, un modo de apropiación, regulado jurídicamente, común a romanos, árabes, godos y, luego, hispano-cristianos. El modo de apropiación determina la forma de la propiedad.   

En la llamada Reconquista cristiana de España, varias fueron las batallas en que los musulmanes sufrieron de tal industria desde el siglo IX. Se cita la victoria de Las Navas, en 1212, que “procuró a los vencedores alrededor de medio centenar de miles de cautivos [musulmanes], a tal punto «que se llenó de ellos la tierra de los cristianos».  Pero parece que en el botín del Salado, en 1340, se “batieron todos los records”.
En efecto, en la Crónica de Alfonso XI se relata: “pero algunos de los que lo hubieron tomado, huyeron con ello fuera del reino […] a la ciudad de Aviñón, donde estaba entonces empapa Benedicto. Y tanto fue lo llevado fuera del reino que, en París, y Aviñón, y en Valencia, y en Barcelona, y en Pamplona […], en todos esos lugares bajó el oro y la plata la sexta parte menos de cómo valía […]”.  (Grassotti, 1964:120/121).
Al reparar en ese pasaje decía, en esas páginas, Hilda Grassotti: “La noticia me pareció sensacional, pero temí que reflejara una hipérbole hispana o para decir mejor andaluza. Mi sorpresa fue grande cuando pude comprobar que en verdad hacia 1342 el oro bajó en los mercados europeos sin que los estudiosos de hoy hayan podido explicarse las causas del proceso”.
Desde la comunidad primitiva al feudalismo del siglo XIV, el hacer guerrero pasó de “trabajo más originario” a “industria permanente”, capaz de hacer bajar el valor de la moneda.

Economía del pillaje.

Debo al Licenciado en antropología Aldo Casas el favor de acercarme el riquísimo libro de Claude Meillassoux Mythes et limites de l´anthropologie.
En relación a este tipo de economía el autor analiza algunos casos de pueblos africanos y establece una vinculación, para los siglos IV y V del período que nos ocupa, con los pueblos Hunos y los Alanos.
El autor sostiene que las guerras no tuvieron como único motivo la conquista de tierras para cultivar. Es el caso de los pueblos guerreros que organizaron todas sus relaciones sociales exclusivamente para el rapto y el saqueo. Es decir, no ya, como vimos, como una consecuencia de la ocupación de tierras, sino como fundamento de su economía de depredación. Dándose el caso, como en los jíbaros de no querer pisar siquiera las tierras de los enemigos vencidos, que son temidas por sus maleficios. (Meillassoux, 2001: 225). Para el caso de los alanos  cita un documento “nadie en su país trabaja un campo ni toca el mango de un arado” (Meillassoux, 2001: 237). “La ocupación de las tieras no es el objetivo primero de esas sociedades que yo denomino […] depredadoras y no «conquistadoras». (Maillassoux, 2001: 275).
El autor sostiene que no hay aquí ninguna producción a pesar de haber dispendio de energías físicas, bienes y organización. “El pillaje no transforma la materia, retiene los bienes y las personas en el estado en que las transfiere por un acto de violencia”. (Meillassoux, 2001: 234).
La apropiación no es gratuita, tiene costos: “Para los depredadores, ese costo se mide a la vez en términos materiales (las armas, los caballos, el abastecimiento, etc.) y humanos (los gastos de energía, por una parte, pero también los muertos y los heridos entre saqueadores, por otra).”
Sin embargo: “En razón de la suerte aleatoria de las armas, el volumen del botín, el número de cautivos no están en relación precisa con esos costos, donde algunos, como la muerte de hombres escapan a una evaluación pertinente. Desde que los botines son utilizados por los saqueadores mismos, el ciclo económico resta en el estado de valor de uso.” (Meillassoux, 2001: 235). “Sabemos que la rapiña es un modo de adquisición de un rendimiento económico más alto que el trabajo productivo. […] Si el pillaje puede ser considerado como una actividad económica en razón de los esfuerzos que demanda, las estructuraciones sociales y políticas que genera y las transferencias de bienes que provoca, ello no resulta para nada de la producción o del cambio: se apoya sobre las prácticas destructivas; no origina un producto sino un botín; es el hecho de saqueadores y no de productores […] En la economía depredadora, el pillaje reemplaza a la agricultura como fuente de aprovisionamiento alimentaria”. (Maillassoux, 2001: 274).

Se puede suponer la posibilidad efectiva  de un correlato analógico entre los pueblos de África austral en los siglos XVIII y XIX. “Las guerras depredadoras llevadas a cabo por los Hunos, como por los otros pueblos llamados «nómades», han tenido por objeto satisfacer la demanda siempre creciente de esclavos por Roma. Muchos caracteres de la organización de las tropas africanas […] igualmente solicitadas para alimentar el tráfico esclavista, esta vez europeo, se encuentran, en menor escala, en estas descripciones”. (Maillassoux, 2001: 239).
Creo que, sin embargo, esto no se opone a lo que vengo expresando, si admitimos que la base, aunque no sea para su ocupación, es la tierra, pues los bienes sujetos a pillaje son o los productos de ella o los productores en ella.
Bien es cierto que se trata de un modo de apropiación que, aislando analíticamente el grupo saqueador, podemos afirmar que la suya no es, relativamente, una actividad transformadora. Pero, tanto sea por el ejercicio de la actividad bélica, como por la mirada de conjunto en relación con el bien fundamental, al menos en el período aquí en estudio, se trata de un sistema de base agrícola. Tal era el destino esencial de los esclavos romanos. Y el ejercicio de la actividad bélica, aun visto aisladamente, significa la producción de un resultado, un producto tal como el resultante de cualquier industria extractiva. Salvo que los hombres no sean parte de la naturaleza, o la naturaleza no sea humana.
En todo caso, lo que sí aparece aquí, es la autonomización de un modo de apropiación de bienes, como aparece el comercio, sobre la base del excedente agrícola o la manufactura. Lo que no impugna la tesis de Malliassoux de que las guerras no tuvieron como único motivo la conquista de tierras para cultivar.


La tierra como medio de pago del trabajo guerrero.


Lo que fue una actividad inescindible de la agricultura en el campesino-soldado se escinde en dos actividades discretas pero complementarias. La protección que otorgan reyes, señores y obispos es la forma de esa complementariedad: conceden las tierras como medio productivo de la sobrevivencia a cambio (asimétrico) del deber de armas.
Cuando esto ocurre la tierra aparece como medio de pago. El Imperio pagará a sus organizadores de la producción bélica con tierras. Los cónsules y procónsules serán los que ejercen el domino y, por el lado de los “invasores bárbaros”, éstos serán los condes y duques.
Tal “industria” requerirá de fuerza de trabajo, a la que también se paga con tierra, e instrumentos de producción que aportarán los propios trabajadores de la guerra: armas y caballo.
La estirpe guerrera fundadora de Roma ostentaba el caballo como signo de nobleza, la nobleza ecuestre, los senadores. Luego el aporte del caballo hará noble a los villanos. Medio de producción fundamental en las guerras de conquista para francos, godos, árabes y cristianos.  
Las tierras como medio de pago, el caballo como medio de producción.
Es citado con alguna frecuencia el historiador alemán Heinrich Brunner que se refirió a la Edad Media como un período militar. En un trabajo sobre el ejército visigodo Sánchez Albornoz así lo hace. Éste es bastante elocuente respecto al funcionamiento de la tierra como medio de pago, las características del tipo de propiedad que de ello deriva y el papel del caballo como instrumento del trabajo bélico. Sánchez  Albornoz ve allí el origen de una protofeudalización.
Don Claudio, así lo llamaban sus viejos discípulos, sostiene que la empresa bélica ocupaba a la mayor parte de la población, incluidos los eclesiásticos. Aunque la movilización sólo comprendía un porcentaje de los siervos: alguien debía proveer el sustento. (Sánchez-Albornoz, 1967: 63 y ss.).
Tal parece que lo propio ocurrió con los francos, así lo menciona el mismo autor. Parece elocuente también un documento que transcribe Boutruche.
Según Adalberón, obispo de Laon a fines del siglo X: “Por lo tanto, la ciudad de Dios, que se cree una sola, está dividida en tres órdenes: algunos ruegan, otros combaten y otros trabajan. […] El orden eclesiástico forma un solo cuerpo […] Los nobles son los guerreros […] La otra clase es la de los no libres. Esta desdichada raza nada posee sin sufrimiento. Provisiones, vestimentas son provistas para todos por los no libres, pues ningún hombre libre es capaz de vivir sin ellos.” (Boutruche, 1973: 307). Pero no era esa la fuente de riqueza fundamental. La mayor parte de la población estaba ocupada en la empresa bélica. El trabajo de la desdichada raza de los no libres (esclavos, siervos y colonos) producía su sustento y, con el plus-producto, el de los demás. Pero el que hubiese tierras que trabajar para la reproducción era el menester guerrero, que, además engrosaba esa raza. La praxis con la tierra formaba un solo cuerpo de dos movimientos: agricultura y guerra. 

Participaban, en las campañas, señores y colonos, patronos y encomendados, con vínculos de dependencia personales. Eso es para Sánchez-Albornoz, protofeudalismo. Beneficios y fidelidad, tanto al rey como a los señores (condes, duques y potentados).
“Como la presencia en el ejército godo de los patrocinados a las órdenes de sus señores […], la presencia de los siervos a las [ordenes] de los [patrocinados] suyos da, sí, testimonio de la protofeudalización del ejército; de la ruptura de las remotas concepciones orgánicas y de las estructuras rígidamente estatales en el ordenamiento militar visigodo”. (Sánchez-Albornoz, 1967: 64)
La ley de Ervigio (rey visigodo del siglo VII) “obligaba a todos: duque, condes y gardingos [parte de las huestes del rey]; godos y romanos; ingenuos, libertos y siervos fiscales, a cuantos fueran señores de siervos a acudir al ejército con la décima parte de ellos y a llevarlos no inermes sino bien armados”. (Sánchez-Albornoz, 1967: 63).
Por eso, planteaba este autor, en esas mismas páginas, que la protofeudalización del ejército era la del propio reino.
Una cadena de fidelidades recompensadas, anudando lazos con masas del pueblo sobre las que ejercían “una autoridad  basada e normas de derecho privado”, para organizar las campañas de conquista. (Sánchez-Albornoz, 1967: 44/45,46).

Un autor habla de subenfeudalización, los derechos-deberes de fidelidad y protección, pueden leerse como una cadena de garantías, en un sistema de dependencias personales, no públicas. La comunidad originaria o la “entidad comunitaria”, tanto en su forma romana como germana, semeja un desparejo archipiélago. Su “cemento”, su vinculación orgánica, es la producción bélica de conquista.
Para la región de Cataluña, donde los autores acuerdan en señalar la presencia del reino franco, lugar paradigmático del feudalismo, Valdeavellano  describe así la “subinfeudación”. El régimen feudal se confundió con el señorial porque lo que se enfeudaba era un dominio territorial, atribuyéndose al feudatario su disfrute y, asimismo, funciones, públicas y jurisdiccionales. Los grandes feudatarios o “Barones” recibían en feudo dominios, más o menos extensos, en los que se alzaba el castillo del señor, y comprendía en su territorio villas, poblados rurales y explotaciones agrarias. Los Barones y sus señores subinfeudaban a cavallers, vinculados a ellos por vasallaje, un castillo y el territorio anejo, los que, a su vez, podían subinfeudar parte de su castellanía a vasallos. Estos recibían una tierra “cuyo rendimiento era suficiente para que el feudatario […] pudiera costearse un caballo y el equipo de guerra del caballero, con los que estar siempre dispuesto al servicio del señor”. Esto se llamó “feu de cavallería”. (Valdeavellano, 1968: 398). Como vemos vuelven a aparecer los caballos como instrumento de la producción bélica, en posesión de la mano de obra guerrera. Más, si el feudo sólo alcanzaba para mantener el caballo y el equipo (y, por supuesto, al “caballero” que lo jineteaba), el “servicio” de armas al señor, significa un plusproducto, ya no en beneficio de la entidad comunitaria, sino de los señores.      
 
“Aumentaron el número y la fuerza de los potentes que debían a los príncipes servicio armado […] y engrosaron los grupos serviles y colonáticos y las cifras de las clientelas de los poderosos laicos y eclesiásticos. Por todo ello no puede sorprender que creciera el número de las recompensas beneficiarias […] y que los clanes dependientes de los optimates acudieran a las publicas expeditiones comandados por sus amos o señores.” (Sánchez-Albornoz, 1967: 46/47).

Las recompensas consistían en concesiones de tierras bajo el título cesiones in stipendio  iure precario, es decir cesiones precarias de tierras en pago. Una forma de propiedad de la tierra. (Sánchez-Albornoz, 1967: 47/48).
Pero otros muchos, que no formaban parte de la cadena del séquito, recibían tierras como stipendium por “servir en la guerra a caballo”. (Sánchez-Albornoz, 1967: 48/49).


La hospitalidad como pago sustentable.

Más, el estipendio poseía su propia racionalidad.
Lo evidencia el régimen de “hospitalidad militar”.
Por el siglo V la inmigración visigoda se establece en las provincias romanas de la Galia. Los romanos acuerdan con el rey visigodo Valia la obligación de éstos de prestar auxilio militar al Imperio a cambio de que se le cediesen territorios e que establecerse. Los visigodos se establecían entre la población romana en calidad de guerreros (milites) asentados de forma permanente. El guerrero acantonado podía reclamar, del propietario de la casa en que se alojaba, una tercera parte de la misma. La relación entre el propietario de la casa (possessor) y el guerrero (hospes) se llamaba hospitalitas. “Pero, al aplicarse el sistema de hospitalidad a los pueblos «bárbaros», con sus mujeres y niños, el possessor tuvo que ceder , además del tercio de la casa, parte de sus campos para el sostenimiento de los acantonados, que los cultivaban en su provecho, con lo cual se procedía a un reparto de tierras […]”. (Valdeavellano, 1968: 170).
Pero a fines del siglo V la inmigración visigótica ya es masiva y, en “la época de Alarico, es posible que las tierras ya no se repartiesen, sino que en muchas ocasiones fuesen ocupadas mediante el despojo y desplazamiento de sus possessores romanos.” (Valdeaellano, 1968: 171).
“Puede suponerse –dice el mismo autor- que la unidad de repartimiento fue el campo de cultivo necesario para el sostenimiento de una familia (fundus) […] y que la división afectase también a los esclavos e instrumentos de cultivo”. (Valdeavellano, 1968: 172).
Ciertamente no se trata del stipendium, pero sí de una recompensa en tierras por el servicio de armas, suficiente para mantener al que ejerce el oficio guerrero, sin dañar la unidad de producción. Es indudable que, si la recompensa alcanza sólo el mantenimiento, el trabajo guerrero, es plusproducto. Como en el caso del feudo de caballería.

El caballo, medio de producción bélico.
 
Ya los señores romanos, la nobleza ecuestre, tenía un séquito armado (bucelarii) y los germanos su comitiva (comites), a las que proveían armas, pero la realeza visigoda estableció nuevas relaciones de clientela proveyendo armas para constituir séquitos armados de los señores. Realiza así un trabajo de organización de la empresa bélica.

Se trata, en este último caso, de la paga a un trabajo especializado, calificado.
Sin embargo originariamente el estado ecuestre fue signo de nobleza, noble y caballero fueron términos que se confundieron.
“Un largo proceso histórico había llegado a hacer de la caballería el arma fundamental en la guerra y la cualidad de combatiente montado determinó que el «noble» de la Edad Media fuese un guerrero equipado con medios superiores de combate, como el caballo […]”. (Valdeavellano, 1968: 327).

Sin embargo la caballería se fue popularizando. “[…] en el siglo X serían ya también Nobles de linaje los milites, caballerii o caballeros, que originariamente no habían sido nobles, pero que en el siglo X estaban ya identificados con ellos, fundidos unos y otros en una misma nobleza de segunda categoría. […] Los milites o caballeros habrían sido posiblemente en sus orígenes los guerreros o vasallos a quienes la cualidad de combatientes a caballo, derivada de las tierras que su señor les había cedido en préstamo o beneficio para que pudiesen costearse el equipo de caballero y estuviesen obligados a combatir como jinetes, elevó a la condición de Nobles” (Valdeavellano, 1968: 320).
“Los Nobles de segunda categoría o infanzones fueron, por lo general, pobres en recursos económicos […]” (Valdeavellano, 1968: 325)
“Pero en la España cristiana medieval no todos los caballeros fueron Nobles de linaje, antiguo o reciente […] ni todos los que poseían un caballo y combatían como jinetes accedieron a la condición nobiliaria […] las necesidades de la guerra con los musulmanes y la mayor eficacia bélica de las huestes montadas, por una parte, y, por otra, las circunstancias económicas y sociales peculiares determinadas por la repoblación de los territorios reconquistados, favorecieron la formación de una clase de caballeros, que no eran nobles, sino labriegos […] La forma de realizarse la colonización de los territorios despoblados hizo de los repobladores pequeños propietarios territoriales […] que les permitían costearse un caballo para combatir como jinetes […]. Nació una caballería popular o villana,  que, al generalizarse la concesión de privilegios a los caballeros de las villas o poblaciones, dio origen a la clase social de los llamados caballeros villanos” (Valdeavellano, 1968: 326; Pescador, 1964: 177).
Tal la importancia de este instrumento de trabajo que en el Reino de León, bajo el reinado de Alfonso IX, ya en el siglo XII, los alcaldes quedaron sujetos al deber de poseer caballo y el no poseerlo incapacitó para el desempeño de los oficios en los Concejos. (Valdeavellanos, 1968: 328).
“A medida que el caballero popular adquiere mayor importancia en el ejercicio  de la guerra mejora también notablemente en el aspecto económico […]. La elevación del caballero villano sobre el resto del pueblo no fue sólo una distinción honorífica […] solamente el estudio de su situación frente al sistema tributario puede dar una idea exacta de la magnitud de privilegios adquiridos”. La autora cita a Mayer, quien expresa que: «la exención tributaria se supone en los numerosos casos en que ésta se concede a todo el que posee un buen caballo con las correspondientes armas». (Pescador, 1963: 88) 
La posesión del instrumento de trabajo y la aplicación de la fuerza de trabajo en la industria bélica proveyó tierras a reinos, señoríos, vasallos, labriegos y villanos.
A unos para su simple sustento, a oros para obtener privilegios y a otros para disponer y organizar el trabajo excedente.


Ocupación precaria como forma de propiedad de la tierra.

Como vimos el célebre don Claudio habla de concesiones de tierras bajo el título cesiones in stipendio iure precario.
La precaria es también una vieja figura romana, como forma de posesión de la tierra.
El concepto de propiedad es, en realidad una construcción. Deberíamos recordar que hasta la compilación de Justiniano los romanos no fueron propensos a la definición de las instituciones. En realidad estas quedaban definidas en la práctica con las acciones “judiciales” que propiciaban ciertos estados de hecho. Por ejemplo las acciones que protegían tal o cual estado de posesión. Estas acciones judiciales propendían, no a la reivindicación del derecho sobre la cosa, el “título”,  sino a restablecer un goce que estaba disfrutando otro. “[…] posesión es, pues, el señorío ejercido por alguien sobre una cosa, cuando se lo valora en sí mismo, independientemente de que sea o no conforme a derecho”. (Arangio Ruiz, 1952: 299).
De allí que el concepto de propiedad se construya a través del de usufructo. El usufructo consiste en el utendi fruendi,  es decir, en el uso y la percepción de los frutos. La elaboración jurídica, para acercarse al concepto de propiedad agregará el abutendi, es decir el derecho a disponer de la cosa, enajenarla, abandonarla y hasta destruirla. Desde allí se llega a la protección del derecho frente a todos, adversus omnes.  (Arangio Ruiz, 1952: 199).
Esto significa que, en Roma, no se pueda tratar de la propiedad como una institución unitaria. En el derecho clásico se pueden distinguir varias situaciones que, consideradas en su contenido económico y protegidas erga omnes, es decir, que los demás están obligados a respetar, pueden designarse como propiedad. Estas situaciones económicas atendían primordialmente a la posesión, es decir a quien ejercía el utendi fruendi. (Arangio Ruiz, 1952: 203)
De allí que no sea fácil distinguir entre posesión y propiedad. “[…] la distinción entre propiedad y posesión es propia del derecho evolucionado, en la costumbre primitiva, a la tendencia social de presumir una base de derecho en la posesión ajena, no se contrapones una especulación jurídica capaz de separar los dos puntos de vista”. (Arangio Ruiz, 1952: 301/02).
En lo que se refiere a la propiedad de la tierra “soberanía y propiedad fundiaria eran, en la concepción originaria, la misma cosa, de manera que la tierra no podía pertenecer al particular, sino al monarca despótico o, colectivamente a los cives de la ciudad […] Para los principios de Roma, en efecto, no nos resulta probada la existencia de una propiedad privada de los fundos cultivables […] El territorio que queda fuera de la ciudad se destina al pastoreo o a la agricultura extensiva, principales fuente de vida de las «gentes» patricias: se trataba, en su mayor parte, del territorio del cual se habían apoderado los etruscos […] de manera que cada uno de ellos (patricios) lo podían ocupar […], salvo que su derecho era precario y revocable por la ciudad a su arbitrio (y por eso se le llamaba possessio). (Arangio Ruiz, 1952:203/04).
“[…] el ager publicus, al que también se fueron agregando nuevas zonas con cada extensión notable del territorio romano, siempre permaneció objeto de simple posesión, aunque la precariedad de la ocupación llegase a ser un puro nombre, y el señorío de hecho sobre vastas zonas territoriales formase parte notable del patrimonio de las grandes familias”. (Arangio Ruiz, 1952: 205).

Como vemos, entonces, en lo fundamental, el concepto de propiedad o, quizá mejor, dominio, se confunde con la soberanía de la ciudad, pero su ejercicio efectivo con la posesión. Posesión que, dada esa soberanía “política”, al menos en principio, era siempre precaria y revocable.
Sobre esta base es que surge el instituto de la precaria, que los romanistas, con muchas dudas, tratan como un contrato innominado.
Se trata de un ruego a un possessor,  es decir a alguien que ejerce ya un señorío, cuya propia precariedad, como vimos, a veces era “un puro nombre”, para poseer precariamente un fundo. Se trataba de una especie de préstamo de uso o comodato. 
Pero tampoco esta misma precariedad del precarista era del todo tal. Aunque, en principio, tenencia temporal y revocable, no era tampoco fácil de revocar por el concedente, dada la propensión a la protección de toda posesión de hecho.
Los juristas sostienen que la acción para revocar la concesión no tenía por objeto recuperar la tierra sino su uso. (Arangio Ruiz, 1952: 306)
La tierra es útil cuando es usada. Interesaba más que fuera trabajada que el “derecho” del possessor al que le había sido adjudicada.
De allí que los labriegos plebeyos, en algún momento, tuvieron las tierras a título de propietarios plenos, contra las prerrogativas de los “patricios”.
Esto sucedió cuando se impuso la agricultura intensiva y, con ello, el poder político de los plebeyos.
Parece evidente que, es de las características del bien fundamental, que derivan las formas de su propiedad. “Después de todo las formas de posesión no son tantas y los métodos de explotación no son tan numerosos […]” (Boutruche, 1973: 86)

De esta, para nosotros hoy extraña, figura de la precaria, derivarán otras formas de “propiedad” de la tierra durante la Edad Media. Hasta aparecer en forma invertida: el pleno propietario o posesor adjudicatario de tierras conquistadas, renunciará a su propiedad. Rogará casi, y pagará por ello, convertirse de propietario en precarista. “En efecto, para que los «patro­nos» pudieran intervenir en su favor en cuestiones fiscales, tenían que aparecer como propietarios de las tierras de sus protegidos. El campesino, que quería ser cliente de un poderoso, abandonaba pues su tierra en sus manos; el poderoso se la devolvía a ruego suyo, es decir, la recuperaba en «precario», con lo que de hecho pasaba a usufructuarla contra el pago de un pequeño censo en moneda, signo visible del reconocimiento de la propiedad del «patrono». (Doehaerd, 1974: 84)
Boutruche habla de una sociedad “invadida por la práctica de subordinaciones provechosas” con “multiplicación de juramentos” de fidelidad. (Boutruche, 1973: 154).

Pero las tierras conquistadas tanto por los francos, los visigodos o, luego, en la “reconquista”, por los hispano-romanos, seguirá siendo adjudicada de manera revocable y temporal. Entre los francos al menos hasta los comienzos de la disolución del sistema feudal con el proceso del renacer del comercio y la manufactura; luego las tenencias por beneficios fueron transformándose en hereditarias. (Boutruche, 1973: 191).
Entre los hispano-romanos, fueron casi siempre revocables hasta la necesidad de repoblación de los territorios recuperados a los árabes. Aunque las tierras seguían gravadas por algún canon. (Valdeavellano, 1968: 246, Pastor de Togneri, 1967: 90).

Los nombres de esas formas de propiedad, para nosotros “anómalas”, fueron el de precaria data, precaria oblata, precaria remunetoria, atondos, prestamum, commodatum,  praestimonium, presura, beneficio, homenaje, feudo. (Boutruche, 1973: 140/41/42, 174; Valdeavellano, 1968: 241, 249, 386, 387; Grassotti, 1959: 170, 171). En fin muchos nombres para una posesión en la que, lo que importaba, era el uso y los frutos del bien o de su uso. La subsistencia.
Propiedad anómala para nosotros, porque, en principio, terminaba con la vida del poseedor. Pero era la propiedad útil.

Se trata, en todos los casos de una concesión, no de un contrato. El contrato supone la igualdad, aunque sea formal, de las partes. Estas formas evidencian claramente una dependencia personal: sus elementos son la protección y la fidelidad. Elementos que aparecen manifiestos en el juramento vasallático del beneficiario, muchas veces como condición previa del otorgamiento del beneficio o del feudo
El concesionario debía al concedente (dans, en la precaria romana) el deber de fidelidad, durante largos períodos, de por vida, y el estar dispuesto para el servicio de armas, como vimos, en muchos casos, con el caballo. El concedente, señor, conde, duque, obispo, debía protección al concesionario, precisamente, porque la “propiedad” (lo que hoy llamamos nuda propiedad o propiedad desnuda) de la que desprendía su uso, era un acto de soberanía. Soberanía que envolvía su capacidad de organizador de la guerra de conquista. Empresario. Mantenía la huella de la entidad comunitaria de la ciudad-estado romana o de la asamblea popular germana o del déspota, pero se trataba ahora del rey, príncipe guerrero, o sus comites (condes), duces (duques, seniors (señores), u abades y obispos. Todos, hasta éstos últimos, armados. 

Me detendré en la figura del praestimonium.
“El «beneficio» o prestimonio, en su estricto sentido de cesión beneficial […] era en la España medieval la concesión hecha a un noble por el Rey, o por un magnate seglar o eclesiástico, de la tenencia temporal de una tierra o localidad […] a cambio de determinados servicios de índole noble”. El servicio de las armas (y a caballo) era el principal servicio de los nobles de Castilla y León.
“Característica del prestimonio era la temporalidad de la concesión […] aunque posiblemente esto no significase que la concesión se hiciera por un plazo fijo, pero sí que no era perpetua sino revocable en cualquier momento a voluntad del concedente y no transmisible por vía hereditaria […] en la mayor parte de los casos los prestimonios eran vitalicios, o sea por el plazo de duración de la vida del concesionario […]”. (Valdeavellano, 1968: 387).
Grassotti atempera el criterio de Valdeavellano, aportando una lista sistemática de distintas formas de concesiones. No obstante, entre ellas menciona las otorgadas por instituciones religiosas. Así se refiere a las “otorgadas a algún miles o caballero, de alguna importante fortaleza para que tuviera y defendiera haciendo guerra y paz al prelado de quién la recibía” y acota en nota que “La obligación de hacer «guerra y paz» es típica de las concesiones señoriales, incluso cuando se otorgaban en plena propiedad. Es decir, pesaba sobre quienes habían recibido del rey el señorío hereditario de una ciudad o de una tierra”. (Grassotti, 1959: 183).
Es decir que por “plena propiedad” se entiende que, a diferencia de la posesión o tenencia, ésta es hereditaria, pero no plena en el sentido de absoluta, como lo habían construido los juristas de Justiniano y, luego, lo rescata la codificación de Napoleón, para la “propiedad privada” del régimen mercantil. Propiedad, no absoluta, porque estaba gravada con la obligación de las armas, aun en el caso de que no existiese un vínculo vasallático.
Grassoti sostenía la tesis de que la precaria de origen romano había coexistido con el prestimonium. Se fundaba en un documento de 1251 que alude a la obligación de “guerra y paz” a favor del concedente. Sostenía que la perduración de tal servicio, en una concesión ya tardía, indicaba – contra la opinión de su maestro Sánchez Albornoz – que el carácter precario había persistido aun para posesiones no derivadas del prestimonio. “[…] perduraban entre ellas [las concesiones] algunas que recordaban, por su plazo incierto y dilatado y por su revocabilidad, a las concesiones iure precario”. (Grassotti, 1959: 184).
Esto es, hasta el siglo XIII la revocabilidad y temporalidad no afectaba solamente a las concesiones a los nobles, sino a muchas otras que Grassotti enumeraba.

Creo, entonces, que se puede decir que ese carácter generalizado tierras en concesión, no nos permite, para un largo período histórico, hablar de propiedad de la tierra, en el sentido elaborado por tardíos juristas romanos de unidad del utendi, fruendi et abutendi. Y que, cuando se habla de plena propiedad, debe entenderse ésta como abutendi, disposición adversus omnes, como acto de soberanía armada.
Cualquier extensión, hacia atrás o hacia delante, del concepto moderno de propiedad que, en la modernidad, como decía Hegel, sólo se adquiere por contrato, es un abuso conceptual.

El Doctor Carlos Astarita, estudioso marxista del medioevo, me ha facilitado su archivo del trabajo publicado en Studia Historica. Historia Medieval, Salamanca, 25, 2007, pp. 247-269, “Construcción histórica y construcción historiográfica de la temprana Edad Media”.  De dicho trabajo recojo algunas afirmaciones que, entiendo, no son incompatibles con lo aquí sostenido.
Astarita sostiene que “La sociedad de base campesina permite comprender también la propiedad condicionada de los señores”. Hasta el siglo XII “coexisten diversas formas de propiedad”. Son “[…] concesiones, revocables, se realizaban como una consecuencia de la función política”, “En virtud de un teórico derecho de propietario de lo conquistado (que no implicaba su íntegra posesión), y como máxima autoridad de un Estado idealmente patrimonial, otorgaron a algunos de sus fieles distritos para que ejercieran el mando (ad imperandum)”. “La propiedad absoluta sólo se consagró jurídicamente a partir de la Baja Edad Media, […]”. “Lo que se encuentra […] son jefes ejerciendo poder político sobre los productores directos, y esto debió derivar de formas socialmente diferenciadas de «instalación».” [Subr. E.L.]



Sospechas.

Eludí concientemente referirme a otras clases de bienes, los bienes muebles, animales y esclavos, que pudieron ser apropiados con otro modo, el comercio, y que dieron lugar a otras formas de propiedad. 
Esquematicé y omití deliberadamente, tanto la división social del trabajo, como lo que podemos llamar modo de producción cultural, existente ya en esta instancia de hipótesis. Es evidente que ya puede hablarse allí de especializaciones, en las actividades primarias sobre los bienes dirigidas tanto al sustento como a la apropiación. Como, asimismo, que ya están presentes los modos de representación mitológicos y religiosos. De la división del trabajo derivarán otros bienes que ocuparán el papel de fundamentales y, por lo tanto, otras formas de propiedad y relaciones sociales. Las formas representativas estarán condicionadas y re-condicionarán el propio modo de producir y de apropiación.
Pero éste no es el objeto de mi trabajo, que, quizá pudiera sintetizarse diciendo que no es lo mismo apropiarse del suelo que de del uranio enriquecido, de una fórmula matemática o de un título representativo de valor. Y, por lo tanto, tampoco lo será la forma de propiedad, ni las relaciones que se establezcan entre los hombres. Ni las relaciones que se establezcan entre los mismos subconjuntos.
Razón por la cual, entre otras cosas, no podemos utilizar la expresión “propiedad privada” livianamente.

Pero esto nos conduce a pensar en formas todavía vigentes, no sólo para la propiedad inmobiliaria, de “fragmentación” del derecho de propiedad (por ejemplo, la propiedad o titularidad de un título-valor y su disposición efectiva en los fondos de inversión) o de propiedad revocable (como el dominio fiduciario). Sólo que estos dispositivos se generan de forma contractual, no ya como actos de soberanía armada.
No obstante, tanto el que uno sea titular y otro disponga o que exista una propiedad revocable, parece síntoma de asimetría en la posición de las partes contratantes.
Todo ello gracias a una organización del modo de producción de apropiación, no armado, sino ideológico.   

No ha sido mi intención realizar una investigación histórica, sino, de los historiadores aprehender una lectura. Apropiarme, trabajando, de los productos de un terreno ya cultivado por ellos, ajenos. Sin ejercicio de ninguna violencia, pues las ideas son un bien no susceptible de posesión física.
De este tipo de bienes, entiendo, hoy se conforma lo fundamental de la riqueza. Si la propiedad sobre ellos se ejerce, creo, es porque perdura el dominio. No por las armas, fundamentalmente, sino por merced al edificio ideológico de la contractualidad.
Sabemos que no existe el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, que la fuente de la riqueza es el trabajo humano, físico e intelectual. Sabemos que la dominación se asienta en la apropiación del trabajo ajeno excedente.
Pero, si mi trabajo tiene cierto grado de acierto, probablemente sería útil reflexionar sobre el carácter de estos bienes fundamentales para arrimar a las formas de dominación que constituyen los modos de apropiación y las formas de propiedad. Modos y formas que no son únicos ni exclusivos, aunque los haya predominantes conforme sea el carácter de los bienes fundamentales.
No valen las similitudes de nuestro presente con los ejemplos históricos. Cada vez menos. No podemos tentarnos pensando en el saqueo cuando constatamos la apropiación de los fondos provisionales por los grupos financieros. Pero, quizá sí, sea útil pensar en la combinación de los modos de apropiación del trabajo ajeno y no reducirlos todos a la explotación salarial.
Quizá pueda ser fecundo reflexionar sobre el carácter intangible de los bienes fundamentales imposibles de poseer. De los productos científicos, de la inteligencia artificial, de los títulos representativos de valor, de la representación del trabajo futuro. Del papel de instrumento de producción-apropiación de las comunicaciones instantáneas.
No nos podemos tentar con la similitud de las cadenas de enfeudamientos y protección. Pero quizá sea útil reflexionar sobre el modo de apropiación-producción realizado a través de la cadena de garantías de contratos, que sostienen el edificio financiero. 
Quizá reflexionar sobre los distintos papeles jugados por el suelo, que pasó de condición de vida a medio de pago, nos conduzca a  pensar las distintas funciones que puede jugar no sólo un bien físico, sino una actividad cultural, como el consumo. Así, éste, concebido como finalidad y fin de la producción en general, puede actuar de medio, de vehículo, de la actividad financiera. Generando, en las formas de las relaciones sociales, así como la tierra generó la forma histórica de la individualidad del campesino-soldado, la de nuestro actual consumista. A la vez que, así como la conquista generaba clanes de no-propietarios, la ingeniería financiera genera los “no-consumidores”, masas ingentes de excluidos, indigentes. Ni siquiera esclavos.

La tierra está aun ahí, se nos está agotando. Quienes disponen de ella y de sus frutos, y de los frutos del trabajo humano, gobiernan la vida humana, de muy diversas formas, a través de modos de producir bienes y apropiación. Impersonales dependencias que constituyen un dominio, en el que la precariedad de los dominados ni siquiera es adjudicataria de la posesión. Los resultados del trabajo humano son efímeros, su función es el consumo inmediato o la obsolescencia, como vehículo de la ganancia financiera, que no es ficticia. Concluye en el enfeudamiento del trabajo de muchas generaciones, a través de la deuda y en el saqueo del trabajo pasado en los bienes sociales.

No se si el rodeo habrá valido la pena. Pero ya no confío en los atajos.

  


Edgardo Logiudice
Mayo 2010.
  




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