jueves, 27 de diciembre de 2012

Marx espigado.


Espigó, pues, en el campo hasta la noche, y desgranó lo que había recogido, y fue como un efa de cebada. Ruth 2, 17.

Se me hace que las lecturas son como siegas.

Julein Dupré fue un pintor realista de la segunda mitad del siglo XIX. Admirador de Jean-François Millet; como él, pintó la vida campesina de la Normandía y sus tareas. Entre ellas la siega donde las mujeres aparecen recogiendo el cereal para emparvarlo. Con una horquilla. Son las segadoras, erguidas en pleno día.
En el conocido cuadro de Millet las mujeres, encorvadas, recogen espigas con sus manos para guardarlas en el arremangado mandil. Son las espigadoras, ya cerca de la hora del ocaso. Al fondo se recortan las parvas y se van alejando los cosecheros y sus cargas.
Tan viejo o más que el exilio de Babilonia parece ser el derecho a espigar. El cuadro de Millet es de 1857 y en Italia, como una huella, legisla aun sobre él el Código Penal: hasta un año de reclusión si se espiga antes de que esté concluida la cosecha, como si fuera un hurto (art. 626).
Derecho de los huérfanos, de las viudas y de los pobres a recoger las espigas volcadas en la melga después de la cosecha.
Esto era mucho antes de la siembra directa. Y antes de que se declarara ilegal al chacarero guarde parte de su propia cosecha para sembrarla.
Derecho de los más pobres y desvalidos cuando aun entre el alimento de las gentes y la tierra no existían las distancias de Wallmart o Carrefour. Cuando éstas ya existen apenas se puede espigar cartón.
Sin embargo los Stallman espigan. Y bien que hacen.  
Pero no es necesario ir tan lejos. Todavía están los viejos libros.
El pensamiento, una vez expresado, es difícil de cercar y fácil de apropiar. Por ello decía Hegel que la propiedad del intelecto y el plagio eran sólo una cuestión de honor. 
Marx ha sido cosechado muchas veces, al punto que parece ya agotado. Engels, Kautsky, Lenin, Trotsky, Gramsci, Lukács, Marcuse, Althusser y tantos lo han trillado sin medida.
Sin embargo quizá no sea vano el uso de espigar. No está probado que alguna semilla no llegue a ser útil para la bolsa blanca.

Con respecto a los alimentos, algunos muebles, los remedios y algún techo, no se puede andar espigando alegremente por ahí. Por lo común esas cosas se compran, se pagan con dinero contante presente o plástico futuro. Y, por lo común también, si uno no lo tiene ya por lo que sea, habrá de procurárselo, si quiere ladear el código penal, trabajando. Entregando temporalmente su fuerza, habilidades o conocimientos a cambio de ese dinero. Este precio, en cualquier modalidad que lo cobre se llama salario.

¿Qué diríamos si a alguien se le ocurriera decir que ni el trabajador vende su fuerza de trabajo ni compra sus alimentos y demás enseres?
Pues bien, ese alguien fue Marx. Lo dijo cuando tenía veintinueve años, poquito antes de que viera la luz el manifiesto de los comunistas. Y lo ratificó veinte años después, ya madurito.
Los obreros no espigan, pero tampoco compran ni venden nada.
Decía Marx en 1847[1]: “¿Qué es el salario? […] al parecer, el capitalista les compra a los obreros su trabajo con dinero. Ellos le venden por dinero su trabajo. Pero esto no es más que la apariencia. […] Con el mismo dinero […] el capitalista podía haber comprado dos libras de azúcar o una determinada cantidad de otra mercancía. […] Al entregarle dos marcos, el capitalista le entrega, a cambio de su jornada de trabajo, la cantidad correspondiente de carne, de ropa de leña, de luz, etc. […] el capitalista no paga este salario del dinero que ha de obtener […] sino de un fondo de dinero que tiene de reserva. […] [El obrero] no pertenece a tal o cual capitalista, sino a la clase capitalista en conjunto […].”
Resumiendo el salario aparece como un contrato de compraventa del trabajo, pero se trata de una apariencia: el precio del trabajo no es otra cosa que las mercancías para el consumo de subsistencia, que ya están en manos de la clase capitalista industrial. Por lo tanto el obrero pertenece desde el vamos a la clase capitalista. De allí que el capitalista pueda decir sin ruborizarse que, cuando lo emplea le da de comer.
 Y, ya en El Capital: “[…] desde el punto de vista social, la clase obrera, aun fuera del proceso directo de trabajo, es atributo del capital, ni más ni menos que los instrumentos inanimados. Hasta su consumo individual es, dentro de ciertos límites, un mero factor en el proceso de reproducción del capital. […] El cambio constante de patrono y la fictio juris del contrato de trabajo mantienen en pie la apariencia de la libre personalidad”[2].
Si la clase capitalista es dueña de los obreros y, por lo tanto, no hay venta de la fuerza de trabajo sino manutención, entonces, tampoco hay compra sino apariencia de compra. El consumidor cree  que compra, lo están embuchando como a un pavo de Navidad. Con un voucher.
Una especie de criadero de aves, que también termina en el desplume.
“[…] el obrero lejos de poder comprarlo todo, está obligado a venderse a sí mismo y a vender su condición de hombre”[3].
“La escala mínima –la única necesaria- para establecer el salario es la subsistencia del obrero durante el trabajo, más el necesario excedente para poder alimentar una familia y para que la raza de los obreros no se extinga”[4].
“[Adam Smith] Nos dice que […] en realidad, lo que vuelve al obrero es la parte más pequeña y estrictamente indispensable del producto; justo lo necesario, no para que exista como hombre, sino para que exista como obrero; no para que perpetúe la humanidad, sino para que perpetúe la clase esclava de los obreros”[5].
“El cebo del ganado de labor no deja de ser un factor necesario del proceso de producción porque el ganado disfrute lo que coma. La conservación y reproducción constantes de la clase obrera son condición permanente del proceso de reproducción del capital”[6].

El capitalista industrial productor de alimentos no vende alimentos sino que compra obreros. No sólo como mano de obra sino como consumidor. No le vende los alimentos sino que compra su capacidad de comerlos. Paga con los mismos alimentos en forma de mercancías. El obrero no compra medios de subsistencia, le pagan con ellos, en forma dinero.
Marx citaba a Adam Smith: “Como los hombres, al igual que las demás especies animales, naturalmente se multiplican en proporción a sus medios de subsistencia, siempre hay mayor o menor demanda de alimentos. Siempre el sustento podrá comprar […] una cantidad más o menos grande de trabajo, y siempre ha de hallarse alguien dispuesto a hacer algo para ganárselo”[7].
El obrero no compra ni vende, es vendido y comprado. Enajenado, por otros hombres.
Mantenido mientras es útil, para el capitalista vale por su valor de uso: mercancía viva que transforma, genera nuevas formas a la materia. Si el obrero ni compra ni vende, nunca puede ser propietario sino en apariencia. Esa apariencia no es una ilusión religiosa sino una ilusión jurídica.
“El esclavo romano se hallaba sujeto con cadenas a su señor: el obrero asalariado se halla sometido a su propietario por medio de hilos invisibles. El cambio constante de patrono y la fictio juris del contrato de trabajo mantienen en pie la apariencia de su libre personalidad[8]. El dinero, la forma dinero, es el cebo, la carnada que tragó en el contrato de salario y que ahora, por el contrato de compra (la factura del supermercado), devuelve a su dueño. La contraseña, el vale, que se llama ticket.
Estas espiguitas quizá nos hagan dudar de algunas naturalidades que a veces escandalizan. El éxito de los shoppings en La Matanza, San Justo o González Catán donde, a pesar de haber disminuido el índice de propietarios de viviendas y aumentado el índice de hacinamiento, se venden bien las zapatillas de marca a mil pesos. Consumismo de pobreza, el ciudadano cliente. Como en Roma va todas las mañana a saludar a su patrono y recibe la sportula en dinero. Después el LCD, colgado, enganchado al palo, espigando la luz. La libre personalidad del que compra y el que vende, acompañada por otra ficción: la tarjeta Naranja. "Somos Tarjeta Naranja, la principal emisora de tarjetas de crédito de Argentina. Una empresa que brinda servicios orientados al consumo con calidad y calidez, a través de colaboradores alegres, capaces y motivados", dice su presentación. Producir consumidores, clientes y deudores. Que es necesario mantener y conservar. Fidelizar, fiel al patrono, como el cliente de la antigua Roma. La clientela, que era (es) signo de poder. Compuesta primero de hombres libres y luego de proletarios, para quienes además del pan estaba el circo. Hoy, la industria del entretenimiento[9].   

¿El capitalista me puede explotar porque es propietario privado o es propietario privado porque me compra?
¿Qué diríamos si nos dijesen que un obrero es un esclavo que se vende a sí mismo? Que nos dijesen que no es la propiedad privada la causa de la venta del trabajo sino que vender el trabajo genera la propiedad privada.
Podemos seguir espigando.
Para ser libre en la sociedad moderna, decía Hegel, otro susceptible de espigar, hay que ser propietario. Sólo el esclavo no es propietario. Si yo vendo mis capacidades y habilidades es porque soy propietario de ellas y con ellas hago lo que quiero. Pero para seguir siéndolo no las puedo vender íntegramente, mi personalidad es invendible, inalienable. Si vendiera mi personalidad, toda mi libertad, sería un esclavo. Por eso cuando vendo mis capacidades lo hago por períodos de tiempo y entonces sigo siendo libre.
La idea de Marx parece ser algo distinta.
Mientras yo aparezco vendiéndome en cuotas, en realidad me están vendiendo a mí. "[...] el obrero libre se vende él mismo y, se vende en partes”[10]. Pero, “La producción produce al hombre no sólo como mercancía, como mercancía humana, el hombre definido como mercancía […]”[11]. Una mercancía que, como cualquier instrumento de trabajo que se compra, hay que conservar mientras sea útil. Y eso significa un gasto.
“Las necesidades del obrero sólo son para ella […] la necesidad de mantenerlo durante el trabajo, pero de mantenerlo sólo de una manera que impida que la raza de los obreros de extinga. El salario posee, pues, en un todo la significación que la conservación o mantenimiento en servicio de cualquier otro instrumento productivo […] De modo que el salario forma parte de los gastos necesarios del capital y del capitalista […]”[12].
El trabajador moderno es un siervo. Los esclavos eran alimentados para trabajar y eran comprados y vendidos en el mercado al mejor postor. Un instrumento de trabajo que habla.
Porque habla, en condiciones históricas determinadas, es que puede contratar como si fuera un comerciante, dueño de sus fuerzas. Porque entrego mis fuerzas como si fuera una venta (salario) es que me declaran propietario. Es cuando me dan el alimento, o la zapatilla o el plasma, en forma de dinero que me convierten en propietario.

Marx decía una cosa aparentemente extraña: “[…] el salario y la propiedad privada son idénticos […]”[13].
En la contabilidad del capitalista el fondo destinado a salarios es el resultado de la venta de los productos que produjeron los trabajadores que se destinará a ese fin: alimentar a aquéllos.  “[…] desde el punto de vista capitalista los medios de consumo  de la fuerza de trabajo [son] la forma natural de su capital variable”[14]. Pero el capital es también la forma dinero de la propiedad privada del capitalista. De modo que la forma salario y la forma propiedad privada son la misma cosa porque es la forma dinero del trabajo. Y la forma dinero de la manutención del esclavo trabajador es la que le da carácter de venta, de salario.
Lo que da carácter de propietario a ese esclavo es que el alimento lo recibe en moneda, lo que lo hace aparecer como propietario: “porque el salario –en el que el producto, el objeto de trabajo, remunera el trabajo mismo- no es más que una consecuencia necesaria de la venta del trabajo"[15].

¿Nos sorprendería que Marx hubiese dicho que un capitalista industrial es un obrero y que, como él, está sometido al capital? ¿qué explotar es un trabajo?
Pues parece que lo dijo: “El capitalista industrial […] no aparece […] sino como funcionario […] como simple exponente del proceso de trabajo en general, como obrero y, concretamente, como el obrero asalariado[16].
“Frente al capitalista dueño del dinero, el capitalista industrial es un obrero […]”[17].

El “proceso de explotación aparece aquí como un simple proceso de trabajo, con la diferencia de que el capitalista en activo realiza un trabajo distinto al de los obreros. Por donde se identifican como dos modalidades de trabajo el trabajo de explotación y el trabajo explotado. El trabajo de explotación es trabajo exactamente lo mismo que el trabajo al que se explota[18]. [Subr. EL]
“El salario que reclama y percibe [el capitalista industrial] por este trabajo equivale a la cantidad de trabajo ajeno que expropia, […] siempre y cuando que se someta al necesario esfuerzo de la explotación […]”[19]. [Subr. EL]
“La explotación del trabajo productivo cuesta un esfuerzo, lo mismo si corre directamente a cargo del capitalista que si se efectúa por otro en su nombre. Por oposición al interés, la ganancia del empresario aparece pues, ante él como algo independiente de la propiedad del capital, y más bien como resultado de sus funciones de no propietario, de obrero[20].
“El capital a interés es el capital como propiedad frente al capital como función[21].
¿Sirve lo anterior para pensar la relación de los capitalistas industriales frente al capital financiero, hoy hegemónico?
¿Es útil para pensar las distintas formas de propiedad privada de acuerdo a la función que cumplen, no como un derecho definido y natural del hombre?
¿Sirve para pensar la propiedad privada como una ilusión producto de relaciones históricas muy específicas?

En los idílicos  cuadros de Dupré y de Millet la explotación de la tierra daba de comer a unos con su trabajo y a los excluidos del mismo con la sobras. Viudas, huérfanos y pobres sin hoces, ni horquillas, ni martillos Si estos sobrevivían o no espigando poco importaba. Lo importante era que sobrevivieran los cosecheros necesarios hasta que terminara la cosecha. Nosotros conocemos el trabajo golondrina y el que cobraba con latas. No es nuevo pero es demostrativo. También para el trabajador industrial. Pero también para el nuevo trabajador del conocimiento, tan esclavo del capital como cualquiera. Si no lo es más. Eso sí, si no se asumen como propietarios, lo suelen hacer como emprendedores.

Please Marx, replay. Que pueden haber quedado otras espigas olvidadas.

Edgardo Logiudice
Noviembre 2012



[1] MARX, Carlos. Trabajo asalariado y capital. En MARX, Carlos; ENGELS, Federico; Obras Escogidas, Buenos Aires, 1957, Cartago. Págs. 48, 49, 50.
[2] MARX, Carlos. El Capital. Crítica de la Economía Política. Buenos Aires, 1956, Editorial Cartago, Tomo I, Págs. 462, 463.
[3] MARX, Carlos. Manuscritos de 1844. Economía política y filosofía. Buenos Aires, 1968, Editorial Arandú, pág. 43.
[4] MARX, Carlos. Manuscritos de 1844. Economía política y filosofía. Op. Cit. Pág. 50.
[5] Íd. Ant. Pág. 55.
[6] MARX, Carlos. El Capital. Crítica de la Economía Política. Buenos Aires, 1956, Editorial Cartago, Tomo I, Págs. 462.

[7] MARX, Carlos. Manuscritos de 1844. Economía política y filosofía. Op. Cit. Pág. 94.
[8] MARX, Carlos. El Capital. Crítica de la Economía Política. Buenos Aires, 1956. Op.cit. Pág. 462.
[9] En Argentina representó en 2008 el 1,7% del PBI. CRETAZZ, José. El entretenimiento, una industria en expansión. Diario La Nación, 22/3/2009.
[10] MARX, Carlos. Trabajo asalariado y capital. En MARX, Carlos; ENGELS, Federico; Obras Escogidas, Buenos Aires, 1957, Cartago,  pág. 49.
[11] MARX, Carlos. Manuscritos de 1844. Economía política y filosofía. Segundo Manuscrito. Op.cit. pág. 129.
[12] Íd. ant., Pág. 128.
[13] MARX, Carlos. Manuscritos de 1844. Economía política y filosofía. Buenos Aires, 1968, Editorial Arandú, pág. 122.
[14] MARX, Carlos. El Capital. Crítica de la Economía Política. Buenos Aires, Carrtago,1956. T. II, Pág. 395.
[15] Íd. Ant.
[16] MARX, Carlos. El Capital. Crítica de la Economía Política. Buenos Aires, 1956, Editorial Cartago, Tomo III, pág. 346.
[17] Id.Ant. Pág.350.
[18] Ibid. Pág. 347.
[19] Ibid. Pág. 351.
[20] Íd. Ant. Pág. 345.
[21] MARX, Carlos. El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo III. Op. Cit. Pág. 344.

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